viernes, 8 de mayo de 2026

TARDE DE TOROS EN MADRID



La antigua metrópoli del imperio español ofrece una agradable tarde de sol, con algunas nubes que irán llegando para brindarnos sus oportunas sombras. El día inicial de Mayo de 2026 por primera vez en nuestras vidas acudimos con Inés a una corrida de toros y la Plaza de Toros de Las Ventas aparece ante nosotros con su bella arquitectura de estilo neomudéjar. El tono de los ladrillos resulta apropiado para el fin que fue construida e inaugurada en 1934. Se conserva impecable. Rodearla es un paseo agradable que permite apreciar la practicidad de sus portales y empezar a reconocer, en las esculturas por allí desperdigadas, un fenómeno cultural complejo.    


Nos acercamos a un puesto de Vox montado cerca del ingreso donde reparten cartones a modo de abanicos y pulseras que con los colores de España llevan escrito “Reconquista”. Muchos se acercan a por ellos, nosotros también. 


Somos conscientes que vamos a presenciar un evento que requiere despojarse de prejuicios para siquiera comenzar a entender de qué se trata. En esta, como en tantas otras cuestiones, la simpleza del prejuicio dictando a priori sentencias absolutas es el refugio para la ignorancia de los que no se quieren reconocer ignorantes. Con impronta socrática nos adentramos a la plaza: No sabemos nada. 

Nuestros asientos son bajos y al sol, en la barrera junto al estrecho pasillo que separa las gradas del círculo de arena.  


Entonces lo escucho. Es un murmullo de público que escuché antes, pero que no logró discernir donde. No se parece a lo que pude oír en las previas de estadios de fútbol o de cualquier otro deporte, ni siquiera en las veladas boxísticas del Luna Park en la Ciudad de Buenos Aires. Es distinto y sin embargo lo conozco, aunque recién lo identifico con el repentino y estridente sonido del cuerno y los timbales: es el mismo sonido con que las viejas películas de Hollywood ambientaban escenas del Coliseo Romano. Y si bien puede ser una impresión estrictamente personal, me queda claro que de algún lado surgen esas cosas.


Puntualmente inicia la primera de las seis corridas que veremos. La arena ha sido alisada y dos círculos pintados sobre ella, las gradas con mucho público, los toreros que cumplirán distintas funciones se despliegan a sus puestos y entre aplausos sale el toro. Cada corrida es un ritual de tres actos. La sangre aflora pronto. Y a la vanguardia va la del toro. En el tercio de apertura, tras unas breves azuzadas de capas, uno de los jinetes, montados sobre caballos que llevan los ojos vendados y visten una suerte armadura para protegerlos de las embestidas del toro, habrá de picar con su lanza el lomo del toro. En el segundo tercio hay un poco de toreo con capa, pero el protagonismo es de los banderilleros, que yendo de frente a los cuernos del toro deben clavar un par de coloridos pinchos sobre su lomo. Y finalmente el último tercio es donde el torero debe desplegar su arte con elegancia y osadía antes de matar al toro con su espada, en lo que debe ser un lance frontal y efectivo.


Cada tanto la afición reacciona al unísono. Contemplo el desarrollo el evento con asombro y expectativa. Sin entender plenamente los significados del arte taurino, reconozco gracia y belleza en algunos movimientos de esa danza fatal entre hombre y animal.  Sí capto que se trata de un fenómeno cultural complejo y me llevará tiempo procesarlo. Lo que estoy presenciando es mucho más que matar a un animal. Hay algo atávico que, como en tantas tradiciones, nos conecta con los instintos primarios que hicieron al ser humano sobrevivir en la crudeza de la naturaleza y la barbarie entre todos los pueblos de nuestros ancestros. No me cabe duda alguna que se trata de un arte en tanto, más allá de la estética ritual de gestos, vestimentas, sonidos, etc., comunica una visión del mundo que la modernidad de los cómodos tiende a olvidar: el ser humano ha sabido prevalecer violentamente a fuerza de coraje frente a los elementos. Es mejor, digo, recordarlo en la teatral puesta de una plaza de toros que entrando de prepo a cualquiera de las guerras que hoy mismo se libran en el planeta. Porque la civilización, mal que le pese a tantos, es fruto de la barbarie. Y resurge en cuanto los sensibles "civilizados" olvidan que su origen no es la bondadosa utopía sino la cruel naturaleza. Si vis pacem para bellum.


Y nuestra barbarie ancestral se representa en la escenificación sobre la arena, con sangre de verdad. El sexto toro, cuando ya había teñido con su sangre la protección en el caballo del picador y la vertía desde su lomo sobre la arena, quedó frente a frente con el banderillero Raúl Ruiz. Jugando con el mito que dice que el toro embiste contra lo rojo, cuando banderillero y torero quedaron a unos pasos le comenté a Inés: “Este es el único que está vestido de rojo, así que el toro tiene oportunidad”. Lo dije por decir, jocosamente, pero vertiginosamente ambos aceleraron sus pasos achicando la distancia y un oportuno movimiento de cabeza por parte del toro acertó con una severa cornada en la pierna del banderillero. En las anteriores faenas hubo algunas embestidas que golpearon a los toreros, pero ninguna de gravedad. Esta, supimos luego, atravesó la pierna afectando la femoral debiendo ser operado con anestesia general en la enfermería de la misma Plaza de Toros. Sus compañeros lo evacuaban de la arena tan presurosos como manaba la sangre. Era tal la urgencia que, cuando corrían hacia donde estábamos nosotros, queriendo apurar el paso los toreros se tropezaron entre ellos arrojando al herido al piso. Se recompusieron y los vimos pasar a centímetros distinguiendo el rojo de la sangre por sobre el rojo del traje. Del toro o del torero, la sangre es la mayor emoción  que agita a la multitud. Y me incluyo. Sería un hipócrita si pretendiera fingir que aquello no me atraía. Lo disfruté y a rigor de verdad celebré esa victoria del toro sobre el banderillero.

Raúl Ruiz, recorte de una foto publicada
por el diario La Razón de Madrid.

Pregunté al aficionado más cercano cómo se pide por la vida del toro, ya que para mí el toro había ganado y quería hacer lo que sea que debiera hacerse para pedir por él. Me explicó que en tal caso se sacan unos pañuelos, pero me desanimó diciendo: “Se pide indultar al toro como premio a su bravura, en otras plazas se da bastante, pero no aquí”. Luego el toro siguió dando pelea y me apenó su muerte, aunque aplaudí al torero que le puso fin.


Tomé conocimiento en las noticias de al menos tres toreros con heridas graves ocurridas recientemente. Evidencia que el riesgo, aunque atemperado por la preparación y la experiencia, es real. Obviamente el coraje también.

Acaso, hermosa palabra la palabra “acaso”, por ser Argentina un país que dejó caer al olvido su colonial afición por los toros, tienen más difusión entre nosotros las críticas hacia las corridas que los elogios. Luego de esta experiencia a esto que tantos se empeñan en descalificar lo llamaré simplemente “arte taurino”, porque así lo viven con orgullo y tradición muchos españoles y es lo que me trasmitió estar allí. 


Mis impresiones tras una tarde de toros pasan por la constatación de un fenómeno cultural complejo, en el que se sacrifican animales pero no por nada sino por mantener una identidad con clara voluntad de ser y prevalecer. Esa misma voluntad que irrumpió en medio de una silenciosa pausa, cuando desde las gradas alguien gritó: “¡Viva España!” y el atronador “¡Viva!” con que respondieron las gradas me hizo saber que estaba en el corazón de la Madre Patria. 

Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía.




¿Qué es la Derecha?

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La Derecha, soy yo.

Ariel Corbat

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