Me hice el tiempo para ver la película protagonizada por Dennis Quaid "REAGAN", titulada en español "Ronald Reagan de Hollywood a la Casa Blanca".
Algunos críticos han definido a la película como una "hagiografía", que como siempre se aprende algo nuevo y disculpen mi ignorancia, fui al diccionario para anoticiarme que es como se llama a una biografía demasiado elogiosa.
Y ciertamente, acaso porque no cae en ninguna de esas revisiones culposas que la izquierda y los progres reclaman sobre cada personaje derechista, la película es abiertamente un panegírico del Presidente Reagan.
Convengamos al respecto que siendo Ronald Reagan el estadista que lideró a Occidente poniendo fin a la Guerra Fría empujando al colapso a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el realce de su persona que hace la película no resulta forzado, hay una franca honestidad en el elogio a su persona. Porque en rigor de verdad, más allá de la estética de la película, que puede gustar o no, para valorar positivamente a Ronald Reagan basta con citar textualmente algunas de sus frases dichas en momentos claves de la historia.
Algunas de las frases dichas por Reagan y recopiladas en la película, dan cuenta de aspectos sobresalientes en su personalidad. Por caso el humor, siempre un rasgo de inteligencia, demostrado en el quirófano luego de ser baleado cuando dijo a los médicos que iban a operarlo: "Por favor, díganme que son todos republicanos", lo mismo que su ingeniosa salida en el debate por la reelección para evitar chicanas sobre su avanzada edad: "No haré de la edad un tema de campaña. No voy a explotar, con fines políticos, la juventud e inexperiencia de mi oponente". Pero acaso, hermosa palabra la palabra "acaso", el temple revelado en muchas de sus acciones haya sido condensado en aquel desafío público que lanzó en su discurso de 1987 estando en Berlín Occidental: "¡Señor Gorbachov, derribe este muro!". Y ese muro infame levantado por la opresión comunista cayó (fue volteado en realidad) dos años después.
Reagan dejó testimoniada convicción, temple, humor, seriedad y también dignidad, porque cuando el 5 de Noviembre de 1994 comunicó en una carta abierta que padecía alzheimer la cerró con la entereza de un patriota: "Ahora comienzo el viaje que me conducirá al ocaso de mi vida. Sé que para los Estados Unidos de América siempre habrá un alba brillante por adelante".
Y sí, algunos pasajes de la película me emocionaron fuertemente.
No obstante, la frase que más me llamó la atención y que es la razón por la cual escribo este artículo no fue dicha por Dennis Quaid interpretando a Reagan, sino por Jon Voight cuyo personaje, el jubilado perfilador psicológico de la KGB que es quien narra la historia, dice respecto a la conducta de Reagan cuando tuvo lugar el recordado conflicto con los controladores aéreos: "Si estaba dispuesto a arriesgarse a que hubiera caos en su propio país, podíamos imaginarnos lo que podría hacernos a nosotros".
La escuché y pensé, qué frase tan difícil de interpretar si fuera dicha en el momento en que ocurren los hechos. Pero al mismo tiempo más fácil de decir desde fuera que desde dentro. Porque a la distancia se puede sopesar con cierta ecuanimidad la justificación de decisiones que pudieron generar caos, o que en alguna medida lo hayan generado. Pero es mucho más complicado hacerlo cuando se está viviendo el momento porque se es parte del mismo caos o el temor que su posibilidad genera.
Inevitablemente, entonces, me pregunté si esa frase podría ser dicha hoy por algún perfilador extranjero de un país enemigo en relación al Presidente Javier Milei, quien dicho sea de paso recibió un "Premio al Legado de Ronald Reagan" a fines del año pasado.
Por supuesto el contexto de quien lidera una superpotencia, tanto en aquel marco de la Guerra Fría como en el de hoy, es muy distinto al de quien lidera un país periférico, tercermundista, con instituciones corrompidas, cero credibilidad internacional, siempre al borde de la bancarrota y con su identidad nacional desdibujándose desde hace décadas. Pero, pero, siempre hay un "pero" desde que Juan José Paso tomó la palabra en aquel Mayo de 1810, pero a pesar de esa enorme diferencia, afrontar el riesgo de caos o el mismo caos para alcanzar un objetivo sin claudicar en pos de un interés mayor, es algo absolutamente imprescindible en el ánimo de un verdadero estadista.
Vale repetir la frase: "Si estaba dispuesto a arriesgarse a que hubiera caos en su propio país, podíamos imaginarnos lo que podría hacernos a nosotros".
Ahora bien, arriesgarse al caos interno no es lo mismo que generar el caos. La significación de las peleas a librar por un Presidente no está dada por su voluntad de pelear sino por el logro que se espera después de cada pelea.
El genial Sun Tzu, en "El arte de la guerra", enseña con reiteradas advertencias la conveniencia de evitar las luchas innecesarias. Así observa algo que perfectamente puede aplicarse a los términos de lucha política interna: "Los expertos son capaces de vencer al enemigo creando una percepción favorable en ellos, así obtienen la victoria sin necesidad de ejercer su fuerza". Cualquier político avezado entiende el concepto.
Sin duda, algunas de las peleas que sostiene el Presidente Javier Milei están plenamente justificadas y avaladas por el voto que lo llevó al poder para alcanzar objetivos de campaña. Si esas peleas generan caos, pues el caos deberá ser afrontado por tener su razón de ser en el después donde el objetivo alcanzado valida el esfuerzo. La reforma del Estado y la no emisión monetaria, por ejemplo, son cuestiones en las que las decisiones del Presidente pueden generar fricciones (como ocurre) que en función del mañana valen la pena.
Pero un estadista no se distrae con luchas inconducentes y el Presidente Milei es prolífico en generar otras peleas que resultan inservibles y contraproducentes, aplaudidas sólo por sus obsecuentes y fanáticos. Acaso las disfrute como un rasgo de su personalidad, o tal vez piense que pueden servirle de distracción o proselitismo, pero mientras el beneficio no se ve el costo es exponer una desprolijidad conductual impropia de un estadista. Periodistas, artistas y otros personajes de relativa relevancia, cuando no insignificancia política, no pueden ser destinatarios de tiempo presidencial consumido en la desmesura del enojo que no se condice con el decoro de la investidura presidencial.
Este esbozo de meditación sobre esa frase dicha por el personaje de Jon Voight, sugiere que el caos interno generado y afrontado por la determinación de un estadista genera temor en los enemigos externos, pero cuando ese mismo caos lo genera un político sin dotes de estadista la determinación no queda clara y los temores son internos.
El tiempo dirá si Javier Milei pasa a la historia como un estadista que supo dar sus peleas, algo que deseo fervientemente, o como un Pomelo rockstar que incursionó en política y agotándose en peleas inútiles quedó en anécdota.
Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía.


