miércoles, 3 de septiembre de 2008

LA PROXIMA PELÍCULA DE SANTIAGO SEGURA

LA PRÓXIMA PELÍCULA DE SANTIAGO SEGURA


Madrid, 3 de Setiembre de 2008. (Reuter, EFE, EP, Télam) El actor español Santiago Segura confirmó ayer mediante un comunicado de prensa que a mediados del año entrante volverá a filmar en la Argentina. Segura, quien rodó “Torrente 3” en el país sudamericano, manifestó su entusiasmo por este nuevo proyecto cinematográfico con el que, en su doble función de protagonista y director, llevará a la pantalla grande “Flatulencia”, un cuento de Ariel Corbat. Aunque no está confirmada aún la totalidad del elenco, Nancy Dupláa y Pablo Echarri interpretarán en la película a una pareja de policías.

¿Santiago Segura filmando una historia de Ariel Corbat? Nahhh!

No es cierto, claro. Demasiado bueno para ser cierto. Igual, soñar no cuesta nada. Escribir es a veces un ejercicio de ensueño, algo así como esas experiencias oníricas programadas para darse un rato de deleite. Un grano puede hacer un silo (esto no lo van a entender todos, sorry). Sólo que en vez de poner la cabeza en la almohada –“el lugar de la mejilla”, según el dulce significado en el origen árabe de la palabra-, se la deja casi suspendida en el aire, levemente inclinada hacia delante para escuchar el clickear de los dedos golpeteando el teclado y ver las letras estamparse en la pantalla. Y sin embargo no son los sonidos del teclado lo que se escucha, ni las letras en la pantalla lo que se ve. Al escribir se está inmerso en eso que se cuenta, sin importar mucho lo que pueda haber de verdadero o falso en cada palabra. Se ve, se escucha, se toca, se huele y se percibe lo que se cuenta. Y entonces: ¿Qué es más importante, la historia en sí, o las palabras que la cuentan?

Creo evidente que las palabras deben quedar subordinadas a la historia, pero quizás sea eso muy sencillo y la gracia pueda estar en las complicaciones de giros extraños con rebuscadas frases insinuando inexploradas aristas. Confieso mayor disfrute en la lectura de pasquines veraniegos, por caso esos libritos con aventuras de cowboys que estaban de ofertas en las librerías de San Clemente, que en obras recomendadas por supuestas virtudes literarias. Recuerdo claramente que mientras hurgaba entre los pasquines escuché a un señor algo mayor, con tono que se fingía murmullo pero aspiraba a que todos lo oigan, decir: “Que desperdicio gastar papel en estas porquerías”. El petulante llevaba un libro de Gorostiza en la mano, algo acerca de palomas. Lo leí. Otra crónica de vidas estúpidas. Aburrido. Ni punto de comparación con las andanzas de Joe Coltman vengando la muerte de su hermano Tim. No registré el nombre del autor ni el título del western, pero la acción que aparecía en el primer renglón se mantenía creciendo concienzudamente hasta el espectacular y previsible final. Lo previsible no era en ese caso demérito, página tras página uno iba queriendo que aquello ocurriera así, con la bala de oro, tal cual debía ser.

Como sea, la verdad de la literatura es inalcanzable para mí; salvo por una certeza: literato es una de las tantas cosas que no soy ni seré. Supongo que no califico. En cualquier caso no importa porque la historia que con modestas palabras me apresto a contar, es totalmente banal, lisa y llanamente escribir un rato al pedo. El pedo nunca será lindo, pero puede ser divertido. ¿Quién no ha reído alguna vez a causa de un flato?

¿El arte es belleza? Me inclino a creer que sí, por eso este relato no tiene nada que ver con el arte, intencionalmente eludo la belleza. ¿Y la cultura es lo elevado del espíritu? No sé lo que es la cultura de los culturosos, seguramente excede mis pobrísimas capacidades la facultad de comprenderla. Son tan sublimes, tan elevados, tan pero tan… Sí, ellos son dueños de otra sensibilidad, y reconozco que aunque lo intentara yo no podría jamás convertirme en uno de ellos, apenas tengo pies para andar sobre la tierra. Ni más ni menos que un caminante, eso soy, y a los tumbos sobre las gastadas suelas de mis viejas botas. Así es que tras estas breves declaraciones de dudosas jactancias, advierto a los puristas del idioma que la van de artistas y cultos, terminantemente, se abstengan de leer en este mismo punto. Punto.

La historia surgió de mi enferma imaginación, entonces es necesariamente escatológica, por ende de inocultable mal gusto, al ras del suelo y profundamente antiliteraria, casi como la realidad misma. Aunque, desde luego, cualquier parecido con ella es mera coincidencia.

A los que se atrevan a seguir leyendo, les sugiero se plieguen a mi fantasía imaginando estas líneas como el borrador de una película dirigida y protagonizada por el extraordinario Santiago Segura. Una película que podría titularse: “FLATULENCIA”.


FLATULENCIA


Y comenzar así, con el conductor de un auto que se desplaza por la avenida acelerando y frenando para no perder la onda verde de los semáforos. Es noche de invierno, sin mucho tránsito. Al conductor, un pulcro y bien vestido Santiago Segura, le duele el estómago. Las facciones del rostro aceptan el dolor con resignada dignidad, lo sabe consecuencia de la ingesta desmedida de café y los nervios de largas reuniones por negocios que no van bien. Además no ignora que la mala alimentación, exceso de grasas y dulces, viene castigando desde hace años su aparato digestivo. Promete comenzar dieta el lunes, pese a que cada lunes incumple la promesa. La normalidad de los gordos y las dietas funciona así. Hoy en especial siente los gases corretear por sus intestinos. Suben y bajan, se juntan y separan, buscan fuerzas para salir por algún lado o reventarle las tripas. Alguna vez leyó en el diario el curioso caso de la vaca que había estallado esparciendo pedazos de sus entrañas por todo el establo para sorpresa y terror de los cuidadores. No faltan reportes científicos que acusan a los gases vacunos de tener responsabilidad en el calentamiento global. Como para arrimarse a una vaca con el pucho entre los labios. En fin, no cree que lo suyo sea para tanto. Los fluidos intestinales calman los salvajes arrebatos en determinados momentos, se le ocurre que lo hacen para repensar estrategias de fuga. Como queriendo pactar tregua se acomoda en el asiento aflojando el cinturón del pantalón. Durante toda la tarde estuvo cuidando que no se le escaparan y ahora los siente atrapados, vencidos, dispuestos a vagar eternamente por su laberinto gástrico. Hubiera sido fatal arrojar flatulencias cuando exponía frente a dubitativos inversionistas, gastando saliva en convencerlos de la existencia de un plan y tratando de disimular con mentiras los erráticos destinos de la empresa. Para peor debió estar de pie caminando de un lado a otro en la comparación de complicadas gráficas con costos, ventas y proyecciones. En cada paso apretaba las nalgas, comprimiendo el orificio y evitando el escape escandaloso que hubiera marcado el indecoroso final de su presentación. Crujían sus entrañas por la ardiente agitación de líquidos, sólidos y gases. Y eran los gases los que arremetían frenéticos hacia posibles salidas. Ahora, en la soledad del auto, comprende que los trae domados y quebrados. Tanto que ahí permanecen, igual que esos animales doblegados en sus ímpetus salvajes que se acostumbran a la correa del amo hasta el punto que al quedar sueltos no se alejan más de lo que la correa les hubiera permitido. Suben, empujan, estrujan, bajan; aires con aire de chistecito alemán para decir “colectivo”. Pero no salen. No señor.

Abundante tinta se ha regado sobre gases escapados en inoportunas circunstancias. El humor burdo chabacano y soez no ha dejado de fatigar el recurso. Menos utilizada ha sido la circunstancia inversa, casi dramática, de tenerlos en puerta y no poder expulsarlos. ¿Se imaginan las caras de Santiago Segura afrontando ese penar? Veámoslo en la pantalla:

Acomoda el cuerpo barrigón una vez más, buscando desde el asiento que entiendan dentro por donde salir. Ya no los reprime y trata de comunicarles el indulto o la amnistía. Uno conoce su propio cuerpo y el modo en que responde. De a poco los gases van comprendiendo que la resistencia ha cesado. Bajan, se juntan, esperan, es como si ninguno se atreviera a ser el primero en atravesar el anillo musculoso que se ofrece, lubricado por el sudor de una jornada terrible, cual portal hacia la libertad. Se agrupan expectantes, compartiendo la ansiedad de los grandes momentos. Contorsiona el tórax recostándose sobre la ventanilla y levanta la nalga derecha, apuntando directamente el agujero expulsor hacia el centro del habitáculo. Otra vez es el dueño de la situación. Están ahí. Los tiene donde los quería tener. Contiene la respiración al hacer fuerza intentando que recuerden sus reblandecidos abdominales la condición de músculos. Y responden, las fibras de su pared abdominal siguen estando ahí, aunque aplastadas bajo la prominente grasa de la barriga. Irremediablemente atrás han quedado los tiempos de la esbelta juventud y el deporte, pero no hay tiempo para lamentaciones. Ha sido larga la lucha para contenerlos y en una última rebeldía, cual paracaidistas temerosos de gritar “¡Jerónimo!”, aferrados a la puerta sobre el abismo, se niegan a salir. Presiona más, bufa inflando las mejillas, aferrándose al volante, casi colgándose, y pisando inconcientemente el acelerador a fondo en la tensión del instante. Un gruñido lacerante escapa de su boca, guiña involuntaria y repetidamente un ojo en el titánico esfuerzo por expulsar la molestia. Acelera peligrosamente, sin caer en la cuenta de los riesgos viales, reconcentrado en su tarea al punto de no advertir que viene cruzando semáforos en rojo. Apenas reacciona cuando ve que se le viene encima una camioneta. Asustado pega el volantazo y retrae sus pedos camino arriba por los intestinos, guardados por salvar la vida en intempestiva maniobra.

"Me salvé de pedo", piensa paradójicamente -pues no ha liberado ni un pedito minúsculo-. Al mismo tiempo adivina las puteadas del otro conductor. Los gases, tras el violento repliegue rompen filas desordenadamente. Las tropas desbandadas siempre son proclives al vandalismo. El susto los ha afectado. Suben y esta vez, decidido a librarse de ellos, presiona con la mano sobre el vientre para forzarlos a bajar. Reacomoda el cuerpo, vuelve a levantar el upite y contraer los músculos del abdomen. En el camino no hay nadie, todos los semáforos le cantan verde. La larga cinta de asfalto es su oportunidad. Fuerza su voluntad corporal aferrándose otra vez al volante, pisando sin asco el acelerador. Gruñe reviviendo atávicos idiomas guturales. Ya lo tiene. Viene. Sí. Lo va a lograr. Ya está presintiendo el alivio y sí, sí… ¡Lo logra! El ano se abre relajándose con la sorda vibración del éxtasis, mientras los gases salen calientes en el torrente placentero que lleva al punto de ignición las telas del calzoncillo y el pantalón. El gruñido evoluciona embelezado hasta florecer en suspiro de gozo montándose sobre el grave sonido de la larga flatulencia. Finalmente ríe completamente aliviado. Es feliz con la felicidad del divino pedo. Volviendo el cuerpo a posición normal de manejo decide coronar el momento con música empujando displicentemente el disco al interior del estéreo. Es un segundo y una eternidad en la gloria más sublime que la intimidad puede alcanzar. Pero con los primeros acordes de su canción preferida le llega a las narices el olor ácido, fétido, nauseabundo. Ahora son sus gases los que dueños de la cabina se vuelven contra él dispuestos a continuar la batalla desde el exterior. Rodean su cuerpo, ese mismo cuerpo que los apresaba y sometía apenas segundos atrás. Batido de gas mostaza y huevos podridos, ya quisiera Saddam Hussein haberlos tenido en su arsenal. ¡Que otra muy otra hubiera sido la guerra del Golfo!

Obvio que esas meditaciones no están en su cabeza nublada por la desesperación, nada más la puteada que larga asqueado de semejante inmundicia horrible, aunque entre tanto asco no deja de sentir orgullo, su pedo ruidoso también ha sido oloroso, la combinación perfecta, infecto, criminalmente grandioso. La criatura inconcebible surgida de sus tripas supera ampliamente la resistencia olfativa del creador. Ni apelando al orgullo por la pertenencia puede soportarla. Es demasiado fecal, huele a letrina de leprosario con presencia expansiva, opresiva, dañina, táctil hasta sentirse manoseado por ella. Intuye que, acaso potenciada por el oxígeno, quiere volver a entrar en su cuerpo invadiéndolo por la nariz o la boca, por los poros si pudiera ser. Apresuradamente intenta bajar los vidrios de las ventanillas, el frío es preferible al hedor invasivo de su pestilencia. Que vaya al mundo correteando en libertad hasta diluirse mansamente entre tantas podredumbres sueltas o encuentre congéneres de su misma especie para salir al universo, -¡el infinito y más allá!- por el agujero de ozono. Pero las ventanas están trabadas. El encierro es culpa del defectuoso sistema de alarma que desde que lo instalaron provoca fallos eléctricos y no deja de causar problemas. Urgido por la necesidad de aire limpio abre la puerta sin detener la marcha. La conmoción no acaba de pasar aunque lo reanima el aire frío que le cachetea la cara. Es tarde para sentir alivio. Una parte se la ha introducido por la boca y se aloja en su garganta. Es como tener una burbuja de mierda caliente que cobrando vida y forma de bulldog le muerde por dentro la nuez de Adán. Jadea tratando de quitársela, pero solo logra profundizar el malestar. La sensación de repugnancia lo obnubila. Frena intempestivamente y baja del auto cayendo de rodillas sobre el asfalto a vaciar el estómago en indómitas arcadas.

Un largo hilo de baba lo mantiene unido al espeso vómito. Humea, y el vapor avinagrado parece llamar a la parte que todavía permanece en el estómago. Queda más. Retrocediendo gatea por el asfalto procurando no tocar esa cosa exiliada de su estómago. Otra arcada, un sonido grave que se expande en la noche con el eco largo de su propio aliento y nuevos borbotones de sopa caliente se estampan sobre la mancha de alquitrán. Se pregunta cuándo irá a terminar; reniega porque encuentra la causa en la mala sangre que se hace por los negocios, mezquindades de oficina, recesión y números que ni Mandrake podría quitar del rojo.

Está en eso, sobre eso, y a punto de hacer más de eso, cuando escucha la frenada de otro auto deteniéndose a la par del suyo. No hay nadie más en la calle y supone que alguien se ha interesado por su salud al verlo en tal estado de calamidad. Vomita violentamente y siente el calor de su estómago volcándose sobre sus manos, lava ardiente pasando entre sus dedos. De reojo, entre arcada y arcada, alcanza a distinguir a su lado el par de piernas forradas en jean. Intenta presentar una imagen medianamente digna y para ello se limpia en el antebrazo los hilos, sogas mejor dicho, de baba espesa que le cuelgan desde los labios. Procura recomponerse respirando profundo y exhalando suave, para poder decirle que se encuentra bien, que gracias por detenerse pero que está en condiciones de seguir por sus propios medios. Mentira, claro. Dobla la cabeza para decirlo exactamente con esas palabras y alguna frase extra de agradecimiento por el buen espíritu samaritano en estos tiempos de crisis que es también moral. Fundamentalmente moral, diría si fuera el caso de ponerse a disertar. El egoísmo está carcomiendo a la sociedad y eso hace más meritorias las acciones de quienes se interesan por los demás. Gira la cabeza y lo ve. Ve al extraño apropiarse de su auto, subirse, cerrar la puerta y sobre el chirrido de las ruedas marcharse a toda velocidad. Desde el otro auto, ese del que descendió el ladrón, el cómplice le grita algo que el sonido hiriente de la bocina deja oculto para siempre. Putea. Putea y vuelve a vomitar. Nunca robar un auto ha sido tan fácil. Los chorros se pierden en la lontananza citadina y el pobre tipo queda hecho la piltrafa que gateando, entre estupor e indefensión, logra subir a la vereda.

No puede creer su exceso de mala suerte, que por echarse un pedo de morondanga esté sintiendo que va a morirse y que, encima, le hayan afanado el auto. Se incorpora apoyándose en un árbol, aprovechando la corteza áspera para limpiarse las manos. Escupe tratando de quitarse el sabor agrio de los rastros de vomitada que le quedan en la boca. Tiene ganas de dejarse caer y llorar mares de impotencia. Ni tiempo de lamentarse. Camina buscando un teléfono para llamar a la Policía. Ve adelante la estación de servicio, allí podrá pasar al baño para enjuagarse la boca, echar una meada y dar aviso del hurto.

Llega hasta el despacho de combustibles y pregunta por el baño al playero. El tipo lo mira con cierto desprecio y extiende el brazo señalando el lugar a la vuelta del minimarket. El empresario supone que esa mirada cargada de asco es por su aspecto. Debe estar peor de lo que suponía, piensa. O tal vez el olor de la vomitada es demasiado fuerte y resulta lógico que el hombre lo vea con repulsión. Se mete en el baño donde hay dos lavabos y cuatro gabinetes. Lava las manos y la cara. Hace un buche. Se mira al espejo notándose pálido de estropeado. Nota también, por la imagen reflejada de lo que hay a sus espaldas, que sólo uno de los retretes tiene la puerta abierta. Se introduce y encierra buscando minutos de sosiego al refugio de la segura intimidad del baño. Grata sorpresa percibir la higiene del cagadero. Por las dudas presiona el botón del depósito renovando el agua del inodoro, luego levanta la tapa con el pie, se baja el cierre y libera el pito para mear. Antes de llegar a sentir la vejiga aliviada escucha un gran suspiro que proviene del inodoro vecino. Piensa que alguno está moviendo el vientre a gusto y le vienen ganas. Limpia la tabla con papel higiénico, se baja los lienzos y se sienta para vaciar heces él también. El de al lado lanza otra exclamación de gozo. Le parece un tanto desmesurado pero lo entiende. Ocurre justo cuando la pequeña sólida inmundicia empieza a liberarse, pero no está de humor para vanagloriarse del alivio con ninguna expresión alusiva. El soretín cae en bloque sobre el agua, con el ruido seco del impacto algunas gotas salpican sus glúteos provocándole molestas cosquillas. Alertado por los posibles gérmenes habitando ese estanque, tributado por dudosas vertientes, su costado hipocondríaco se aterra. Al lado se escuchan ruidos. Supone que quien está allí ha terminado de defecar y se está incorporando con alguna torpeza, al fin y al cabo los gabinetes son muy estrechos, pero escucha que no es sólo una la voz, sino dos. Y ambas masculinas. Además los sonidos tienen ritmo inconfundible de coito. Detrás del tabique no hay nadie cagando, sino dos que están de meta y ponga. Se queda petrificado con los ojos abiertos de par en par viendo el tablado divisor que oculta la para él –materia de gustos, claro- repugnante escena de dos masculinos copulando. Le queda claro que están a punto de lograr el éxtasis porque, desprovistas de todo recato, esas voces graves se entrelazan en palabras descriptivas del mutuo aliento. Pero el escándalo no queda circunscripto al retrete de junto, como si se hubiera desatado un efecto dominó otras voces, gruesas hasta en el amaneramiento, surgen de los restantes cubículos.

En ese preciso instante entiende la mirada de asco que le propinó el playero cuando preguntó por el baño. Otro bufa reventado yendo al cogedero de los osos, habrá pensado. Presta atención y repara en los mensajes escritos en la puerta y en la pared, los que no dejan lugar a dudas. "Arturo: me gusta ponerte duro”, ha escrito un tal Mario, y entre tantas otras historias reflejadas en frases de intencionada obscenidad, se destaca la altiva consigna de Román definiéndose: “Puto sin mariconadas ni placard”. Quiere irse de allí. Se limpia el culo a toda velocidad, tanto que no pone el debido cuidado y en el apuro se enmierda un dedo. No le importa, desconociendo aquella sabía y añeja advertencia de que la mierda no es pintura ni el dedo pincel, hace la de los hijos de puta fregándolo por la pared. Entiende por la gritería que todos están eyaculando y sintiéndose acorralado acomoda los lienzos ajustando el cinturón cual si dependiera de ello conservar su virtud. Va a abrir la puerta y escucha que las otras puertas se abren. Están saliendo de los retretes y le da vergüenza pasar entre ellos. Espera que se vayan. Pero no se van. Hablan entre sí, prenden cigarrillos. Parecen prepararse para renovar la orgía. Hace de tripas corazón y deja el gabinete. Suda incomodidad y aunque casi no se atreve a mirarlos no puede evitar hacerlo. Los tipos, corpulentos, peludos, toscos, lo desvisten con la mirada y dicen cosas a su paso igual que si fuera Robert Redford deambulando perdido por los camarines de Village People. Le exhiben risueñamente el deseo de sus invertidos apetitos sexuales con piropos de franca procacidad. Se sonroja y acelera los pasos como una tímida colegiala lo haría ante el acoso procaz de la barra brava de Nueva Chicago. No puede creer que el baño sea tan largo y atravesar la puerta le sabe a libertad. Por un momento olvida el auto que le robaron. No alcanza el frío de la noche para recuperarlo del sofocón. Confundido recobra noción de su indeseada situación. Tiene que llamar rápido a la policía, hacer la denuncia y meterse en el taxi que lo lleve a su casa para ducharse y dormir. Esos son sus planes. El teléfono está del lado de los surtidores, cerca de la puerta del minimarket. Se dirige hacia allá y al pasar junto al playero, que carga nafta en un auto, lo mira con ganas de decirle que él no, que no es lo que parece que está pensando. Pero antes que se decida a hablar el tipo lo anticipa con sarcástica agresividad.

- ¿Qué mirás? ¿Te gusta mi manguera?

En otro momento, en algún momento de cualquier día normal, hubiera montado en cólera y puesto en su lugar al negro de mierda que moviendo la pelvis, a lo Elvis o a lo Sandro, se atreve a tratarlo de puto. Pero no es un día normal. Se traga la indignación y va al teléfono. Pone moneda y marca. Ocupado. Vuelve a marcar. Ocupado. Insiste una vez más. Ocupado. No se rinde. Ocupado. Va a intentar otra vez y ve acercarse un patrullero. Deja el teléfono y corre hacia él haciendo aspaventosos gestos con los brazos. Los policías, un hombre y una mujer, detienen el móvil y atropelladamente les cuenta que se descompuso y le hurtaron el auto. Al menos en algo ha tenido suerte, los dos policías son amables, intentan calmarlo y le piden que suba al móvil para llevarlo a la seccional donde podrá hacer la denuncia. Antes de arrancar le piden los datos del auto y los trasmiten por la radio. La comisaría está cerca. El oficial al volante le dice a él y a la mujer que lo aguarden un par de minutos porque tiene que ir al baño. El empresario se sobresalta, quiere evitarle al policía una situación desagradable como la que vivió él al entrar en ese lugar.

- Pero mejor vayamos a la Comisaría, -le dice- si estamos cerca.
- Discúlpeme caballero, no puedo esperar.
- No le conviene oficial.
- ¿Cómo que no me conviene? ¿Qué quiere? ¿Qué me haga encima? ¿O tengo que pensar que me está amenazando acaso?
- No, no, nada de eso, es que la higiene de este lugar deja mucho que desear.
- Lo dice porque no vio todavía lo que es el baño de la Comisaría. Quédese tranquilo que ya vuelvo.

Le da vergüenza delante de una mujer decirle lo que pasa en ese baño. Prefiere callar y que el policía se percate por sí mismo de lo que acontece allí. Pasan cinco minutos y el policía no vuelve. Pasan diez minutos y el empresario está intranquilo.

- ¿Estará bien su compañero?
- Supongo que si. ¿Por qué?
- Me parece que tarda mucho.
- ¿Vio que sí? Después dicen que somos las mujeres las que nos quedamos mucho tiempo en el baño.
- ¿Entonces no le preocupa que tarde?
- No, siempre se toma su tiempo cuando va de cuerpo.
- ¿Y son de hacer ronda por esta zona?
- Ajá, es nuestro barrio.
- O sea que conocen bien el lugar...
- Como la palma de la mano.
- Y también ese baño.
- No le entiendo.
- Digo… ¿Su compañero siempre usa ese baño?
- Sí, sí. Lo que pasa es que en la Comisaría siempre andamos haciendo algo y en cualquier momento tenemos que salir a las apuradas, en cambio afuera se está más tranquilo.

El empresario ha visto lo que ocurre en ese baño e intuye que hay algo de su compañerito que la oficial desconoce. La mujer, que sentada en el lugar del acompañante tuerce el cuerpo mirando hacia atrás, advierte pensamientos extraños en el semblante del empresario. La intuición femenina siempre esta pujando por hacerse valer, aunque a veces ese sentido sea conciente o inconscientemente adormecido por la racionalidad o el corazón.

- ¿Le preocupa algo?
- No, no.
- Vamos, me doy cuenta que está pensando en algo.
- No es nada.
- ¿Tiene que ver con mi compañero?

Supone que la pregunta no es inocente, seguramente ella sabe algo más. A la intuición femenina esas cosas no se le pueden pasar por alto.

- ¿Acaso usted no lo sabe? -pregunta esperando de la oficial diálogo franco.
- ¿Saber qué?
- Bueno, ahora es usted la que no quiere hablar.
- No sé porqué lo dice.
- ¿Me va a decir que no sabe lo que pasa en ese baño?
- Es un baño de hombres, no los frecuento.
- ¿Un baño de hombres?
- Si
- ¿Un baño de hombres?
- Si. ¿No?

El empresario levanta las cejas y engrosando los labios al pronunciar las palabras, vuelve a preguntar afinando la voz.

- ¿Un baño de hombres?

La mujer se sorprende con un gesto tan femenino, propio de haber captado el chisme, que ni el uniforme lo disimula. El empresario comprende al ver el desencanto en la cara de la joven que si bien la intuición femenina nunca falla, a veces el amor la obnubila.

- ¿Usted quiere decir que en ese baño?
- Hombres -contesta el empresario dejando caer la diestra en el clásico gesto de quiebre de muñeca.

Ella estira una “A” hasta el infinito abriendo los ojos al punto de asemejarse a cualquier fémina de dibujo animado japonés.

- No, no puede ser –dice negando lo evidente.
- Yo entré a ese baño sin saber lo que era después que me robaron, y créame que por poco no me salpican esos degenerados –piensa decirle también que con el policía ya deben haber completado el equipo de Village People, pero calla, ella está dolida y sin humor para sarcasmos.
- ¿Pero eso fue recién?
- Si, y todavía estarán ahí.
- ¿Ahora mismo?
- La estaban pasando muy bien y no parecía que pensaran irse.
- Mire que lo que está diciendo es muy grave.
- No es delito ser marica.
- No lo digo por eso, sino porque él me gusta y ahora entiendo porqué no me da bola.
- ¡No me diga! –exclama sorprendido aunque confirmando sus sospechas.
- Si, yo pensé que no le gustaba, y que era porque estaba un poco gorda ó que a lo mejor no era todo lo femenina que él esperaba de una novia.

Ella resopla frustración y los ojos se le llenan de lágrimas. El empresario le alcanza su pañuelo.

- No llore, por favor.
- ¿Cómo no quiere que llore? Mi mamá decía: “Nancy, la Policía no es trabajo para una mujer”. Todavía me dice que es cosa de marimachos, y debe tener razón porque desde que uso uniforme los hombres huyen y el único policía que me gusta resulta trolo.

Rompe en llanto y se le corre el rímel. El empresario le dice que ella no tiene nada de marimacho y que tampoco es fea. No miente porque, efectivamente, es una mujer agradable. Pero ella no para de llorar, hasta que se percata del regreso de su compañero. Lo ve venir y se apresura a limpiarse la cara. No es posible ocultar la irritación en sus ojos, la nariz enrojecida y el dolor en la mirada.

- Se va a dar cuenta -le dice el empresario cuando el otro está a unos pasos.
- No - responde Nancy. Si ni siquiera me mira.

Pero se equivoca, apenas entra al auto la ve y se sobresalta. Preocupado le pregunta qué sucede.

- Me entró algo en un ojo y me dio alergia.
- ¿Querés algo?
- Traeme un agua mineral, que esté fría, y unos pañuelos de papel.
- Ya.

El policía no pierde tiempo y se dirige al minimarket. En el ínterin que vuelve el empresario y la chica apenas alcanzan a comentar que aparentemente se creyó lo de la alergia. Regresa enseguida con el agua y los pañuelos. Ella agradece y cruzan algunas otras palabras sin importancia. Un gracias, un de nada, un “¿estás bien?”, un sí. Esas cosas.

La comisaría está cerca, la mujer se recompone y el auto arranca con ambiente tenso, muy tenso, en su interior. Ella lo mira a él. El empresario los mira a los dos. Él mira alternativamente al empresario por el espejo retrovisor y a ella de reojo. Se da cuenta que algo pasa, pero no sabe qué. Todos guardan silencio.

- ¿Qué? -pregunta él a mitad de camino.
- ¿Qué de qué? -responde ella.
- ¿Qué pasa?
- Nada.
- Vamos, díganme… Acá pasa algo raro.
- No sé de qué habla -contesta el empresario.
- ¿Qué podría ser raro? -Pregunta Nancy con algo de sarcasmo, pero mucho más de fastidio y despecho.
- No sé, ustedes están raros.
- ¿Nosotros somos raros? -Se enoja ella.
- No dije que sean raros, dije que están raros; y vos, que te conozco, estás rarísima.
- ¿No será que vos sos el raro?
- ¿Qué querés decir?
- Eso.
- No te entiendo.
- ¿Falta mucho para llegar? -pregunta el empresario tratando de distraer la atención y calmar los ánimos que, en ese silencio corto entre los uniformados, se van exacerbando. No sirve de nada. Él clava los frenos, voltea el cuerpo para ver de frente a los dos y grita.
- ¡No sigo hasta que no me digan qué carajo está pasando!
- Adiós Roberto -contesta ella y se baja del auto para seguir a pie.
- ¿Adónde vas? -dice él también bajando del auto.

El empresario queda en el auto y ve a los policías alejarse. El intenta tomarla del brazo, ella se desprende. Insiste varias veces. Discuten en medio de la calle. El empresario presiente que ella le dirá que fue él quien lo puso en evidencia. Se recrimina no haberse callado la boca, imagina que el tipo puede ponerse violento y descargar la ira sacando el arma que lleva en la cintura. El temor lo va invadiendo mezclando ansiedad con culpa. Desde el asiento trasero del auto, a una cuadra ya del punto exacto en que los dos policías discuten, no escucha lo que se dicen y la radio de la patrulla deja oír voces en esa jeringoza incomprensible que mezcla letras con números. Ve los brazos agitándose como molinetes, y de repente la quietud, ninguno de los dos se mueve. Están paralizados, congelados. No es un segundo, ni un minuto, ni horas, es una eternidad el tiempo que permanecen así. Ya no le parece que haga tanto frío. Algo le dice que debe correr, pero sus piernas temblorosas se sienten débiles, incapaces de llevarlo a ningún lado. Parpadea nerviosamente tratando de ver mejor. Siguen quietos tal cual estaban, solo que él tiene las manos en la cintura y el torso inclinado hacia adelante. No hay sonido de sus palabras pero adivina que está escuchando atónito el relato de lo ocurrido en la estación de servicio. Piensa que está en problemas. Se descubre sintiendo lo mismo que cuando chico el boletín con malas notas llegaba a casa, la madre advertía: “Vas va ver cuando esta noche llegue a casa papá”, y ni bien regresaba del trabajo dejaba el boletín en manos del padre, como exigiendo el rigor del castigo. Ese ritual previo al sermón, la eventualidad de algún cachetazo y la pérdida temporal de algún privilegio, exacerbaba los temores de su imaginación. Revive esa tortura dándose cuenta que nunca debió haberse tirado ese maldito pedo en el auto, que nada le hubiera ocurrido fuera de lo planificado para esa noche si no hubiese hecho el esfuerzo de lanzar fuera la horrible flatulencia. Caminan de regreso hacia él, ahora es ella la que intenta tomarlo del brazo y es él el que se desprende sin detener la marcha. A cada paso lo ve con mayor claridad. Enojado, muy enojado. El empresario siente que el corazón se le acelera y sin moverse de su asiento lo invade el vértigo de una caída libre. “Ay, Papá nunca me miró como me mira este tipo”, se dice mientras se le viene encima, ya a un paso de abrir la puerta. Suda frío y el olor del miedo le brota de toda la piel por debajo de las ropas. La puerta se abre y el policía lo saca violentamente del interior del auto.

- Pará Roberto, calmate –le dice el empresario intentando detener la golpiza inminente.
- Yo no me llamo Roberto, tarado –contesta ofuscado al tiempo que lo empuja contra el parante trasero del patrullero.
- Pero si ella te dijo Roberto...
- Me lo dijo por la película esa de los putos, me gasta por tu culpa… Me llamo Pablo. ¿Así que según vos yo me la lastro?
- No, no. Es un malentendido, por favor calmate. ¡Calmate!

Vanos intentos las súplicas del empresario, los golpes comienzan por el estómago y aunque intenta cubrirse van subiendo en una intensa sucesión de uno dos. Al fin la quijada recibe el trompazo del knockout. Alcanza a ver el cielo entre las ramas de un árbol y las estrellas que bajan hasta él. No hay dolor. Cae derritiéndose sobre la carrocería de la patrulla, ajeno a los gritos de ella. Los dos policías se dicen cosas que no entiende cuando llega de traste al asfalto y se queda sentado con la rueda como respaldo. Cual si fuera un boxeador desvaneciéndose contra las cuerdas, los gritos a su alrededor se alejan rápidamente y la noche se vuelve plácidamente oscura, sosegadamente protectora en su nada espacial. Son segundos, tal vez un par de minutos, no más, lo que dura su agradable estancia en ese limbo. Vuelve de su excursión a la antesala de la muerte y la confusión se va clarificando. Las luces lo ciegan, los sonidos le aturden y su cuerpo dolorido se niega a cumplir los mandatos más elementales. Por la boca pastosa se enseñorea el gusto metálico, la lengua recorre los labios captando el gusto inconfundible que habilita la pasada de mano para confirmar. Sangre. La sangre le devuelve la memoria y la conciencia. La calle está vacía. Solo algunos autos pasan lejos por calles transversales. No hay peatones, no hay nadie más. Pero… ¿Dónde están los policías? Se pregunta todavía sin tratar de incorporarse. El motor de la patrulla sigue apagado, y aunque sus ruedas están firmes al piso hay movimiento en el vehículo. Se da cuenta porque el borde del guardabarros le da golpecitos en la espalda. Entonces se esfuerza por levantarse, y al intentarlo le llega clara, brotando de los gruñidos entremezclados, la voz de él.

- ¡¡¡Yo no soy ningún puto!!!
- Puto, puto –responde ella.
- ¿Ah si? Vas a ver... Vas a ver... –promete él.

Están peleando, se dice el empresario al levantarse, pero al hacerlo ve por la luneta trasera y se da cuenta de su error. Sobre el reclinado asiento delantero, el del acompañante, la pareja arde en frenesí sexual; así, cual guión de Corín Tellado filmado por Almodóvar con actores del porno, se entregan descaradamente al descontrolado fuego de la pasión, Reclinada el asiento delantero, ella se ha soltado el pelo y sus piernas desnudas rodean la cintura del policía que acreditando su hombría la bombea sin descanso, decantando gritos en medio de incesantes jadeos mutuos. Él le muerde el cuello sin dejar de moverse y gemir. “Puto, puto”, repite ella. El empresario retrocede algunos pasos antes de dar vuelta la mirada. Toda la noche lo desborda de irrealidad en una seguidilla de sopapos mentales signados por la incredulidad y el desconcierto. A su espalda se encienden en el patrullero las luces con la sirena y no puede creer la desolación de la calle que lo deja convertido en el forzado único testigo. Es un instante y se acaba. Todo acaba. El ulular y las luces.

La pareja sale del auto acomodando sus ropas. El policía se acerca al empresario encendiendo un cigarrillo, y cuando queda a su lado le dice:

- Disculpe los golpes, me violenté.

Lo dice y arroja una gran bocanada de humo hacia el costado.

- No es nada –responde el empresario con la mandíbula entre dolorida y adormecida.
- Fue un malentendido.
- Si.

Los hombres se miran sabiendo que no tiene sentido decir nada más, justo cuando se escucha la voz de ella.

- Vamos, suban que tenemos que ir a la Comisaría.

Los dos hombres obedecen mudamente. Cuando el policía se introduce por la puerta del conductor, ella asoma la cabeza por sobre el techo y mirando al empresario forma con sus labios, pero sin emitir sonido alguno, una sola palabra que acompaña mostrando ambos puños como futbolista que celebra un gol: “¡Gracias!”.

Dentro de la cabina la radio corta el silencio y la voz nasal del controlador pregunta por la ubicación del móvil.

- Llegando a base –responde Nancy.

El auto da vuelta en una esquina y metros más allá vira atravesando el portón de la seccional. Lo estacionan junto a otros dos vehículos, la parejita intercambia sonrisas y los tres bajan distendidamente, del mismo modo que si fuera santuario en donde nada malo pudiera ocurrir. La gente decente tiene ese sentimiento respecto de las comisarías, y el empresario lo es, además la calle lo ha maltratado demasiado en una sola noche. Deja atrás el garaje y respira aliviado con el paso que lo coloca dentro de las oficinas. El Comisario está allí, esperando. Sin preámbulos de ninguna especie le pregunta si su nombre es tal y si es propietario del vehículo cual.

- Sí –contesta el vapuleado empresario iluminándosele los ojos al pensar en la posibilidad de que su auto pudiera haber sido ya recuperado.
- Bien –dijo el Comisario-, entonces queda arrestado por homicidio.

Grita un “¿Qué?” indignado, y otro más cuando le ponen las esposas. Después se deja llevar ganado por risitas nerviosas que brotan de su garganta mientras los párpados se repliegan dejando los ojos abiertos en la inmensidad de lo inaudito. Escucha que la pareja de policías intercede por él, y otros policías se lo llevan levantándolo por los codos. Es como volar, los pies flotan sobre el piso y los hombros le duelen como al pájaro inexperto que agita las alas por primera vez. Ríe sin querer y siente los ojos a punto de estallar. Intenta, pero no puede parpadear ni dejar de reír. Se ve a sí mismo amarrado, dentro de un chaleco de fuerza, y se repite que lo que está pasando no puede estar pasando. Pero van quedando atrás las puertas y las luces al paso cada vez más veloz de los policías que le llevan por el pasillo. Bajan escaleras y en el sótano se huele el olor a carne encerrada pudriéndose entre las húmedas paredes de los calabozos.

Al fondo las rejas que alguna vez fueron blancas marcan el límite entre la luz y la oscuridad. Sus pies tocan el piso y su nariz un frío barrote. Le quitan las esposas, abren la puerta y lo arrojan dentro. Escucha la llave dar vueltas y los pasos deshaciendo el camino. Se daría vuelta para gritar su inocencia, pero entiende que sería inútil y se queda allí, viendo al fondo, y su sombra proyectada en un cono de grises que se tornan la negrura más inmensa allá donde su alargada silueta debería tener la cabeza. Ya no ríe, pero sus ojos siguen sin pestañar.

Sabe, nada más porque sí, que en esa oscuridad aguardan otros presos. Sabe, nada más porque sí, que esos presos no son amigables. Sabe, nada más porque sí, que aquel baño de la estación de servicio era un lugar de alegre inocencia comparado con los criminales que lo observan desde la sombra. Porque sabe, solo porque sí, que lo están estudiando y que cada gesto de su cara emite un mensaje que alentará, o no, las más aviesas intenciones de esos hombres embrutecidos y sanguinarios. El miedo se vuelve sudor hediondo impreso desde siempre en las paredes de los calabozos. Tiene ganas de gritar, de girar sobre sus talones y sacudir los barrotes al grito de “¡Guardias!”, pero sabe, porque alguna película ha visto, que no serviría de nada. Entonces se serena, al fin y al cabo es un empresario, un hombre de negocios que ha negociado cosas importantes sin dejarse intimidar por los tiburones de la city. Entre un operador de mesas de dinero, endurecido por los saques de la coca, y cualquier cosa que sea lo que alberga esa siniestra oscuridad, no hay mucha diferencia. Piensa dándose ánimos mientras sus ojos se van habituando a las tinieblas y empiezan a distinguir contornos en las profundidades cavernarias. Repasa situaciones de su vida en las que el peligro le congeló súbitamente la sangre y otra vez ese financista se cruza por su cabeza. El tipo estaba fuera de sí, duro de merca y amenazándolo con la pistola amartillada mientras él le trataba de explicarle que la firma en la que, por ese tiempo trabajaba, no le iba a pagar ni un centavo de lo adeudado. Ser empresario y querer producir en la Argentina tiene esas cosas de riesgo extremo. ¿Qué miedo puede tener? Además, ¿quién otro podía estar detenido ahí?, únicamente algún perejil, otro boludo como él o un ladrón de gallinas.

Se sentía un tanto mejor mientras maquinaba esas cosas en su cabeza. Pero cuando apenas comenzaba a afianzarse en el papel de duro que emergía de flaquezas, por esa suerte de resortes activados ante la psicología del miedo, una voz profunda, ronca, rea, cargada de noches, saturada de mishiadura, brota enérgica y segura desde la misma boca del lobo. Como el tango mismo le llega el sonido e imagina el aliento a vino, el gusto a muerte, las noches eternas masticando rencores viejos.

- ¿Por qué te trajeron?

Interroga y no es una pregunta simple, es una orden y un presagio de que en la respuesta se juega todo. Y el empresario sabe, solo porque sí, que no es lugar para discursear de honrado, ni detenerse en explicaciones que pudieran pasar por debilidad.

- Homicidio.

Responde impostando la voz como los guapos vistos y escuchados en viejas películas argentinas, y librado a lo que tuviera que ser se imagina haciendo el papel de Rodolfo Bebán en “Los Muchachos de Antes”. Casi que la música milonguera de lo de Hansen suena en sus oídos.

- ¿Y a quién mataste?

El homicidio es chapa. Ya es otro el tono de voz. No tan imperativo y algo más respetuoso, pero aún claramente inquisidor. El empresario acomoda el cuerpo como si en cualquier momento pudiera sacar de su cintura un puñal, casi con la fiereza de Alfredo Alcón en “El hombre de la esquina rosada”, pero sin olvidar que su referente es Bebán.

- A uno que no era nadie.

Un silencio hondo se hace escuchar desde la oscura garganta del diablo. Luego de una larga meditación la misma voz, pero con tono ya más curioso que inquisidor pregunta:

- ¿Cómo lo hiciste?

Y con extraordinaria sinceridad el empresario, devenido caricatura de malevo con pretenciosos aires de clonar a Bebán, sin salirse del personaje y metiéndose peligrosamente cada vez más en un traje que no le iba, replica:

- Lo único que hice fue tirarme un pedo.
- ¿Eso significa que le pegaste un cuetazo?
- No, significa que me tiré un pedo… ¡Qué digo un pedo! Un señor pedo, un pedo tan tremendo que por eso estoy acá.

Lo mismo que con esas estrellas del espectáculo que se la creen, el empresario se deja fagocitar por el personaje y harto de todo, de las preguntas, de tener miedo y de su mala fortuna, agrega enfáticamente y en un grito:

- Y ya me cansé de tantas preguntas, así que salí de una vez maula para que te pueda ver la cara.

El silencio se ahoga trémulo, alargando elásticamente cada segundo que pasa en las tinieblas. Al fin un ruido como de fleje de cama al que se libera de peso, seguido del otro, inconfundible, de los pies que golpean el piso al caer de una cucheta alta. El terror súbito acaricia con mano helada y húmeda la sensible piel del empresario. Otra vez silencio creciendo al punto de escuchar sus propios latidos y adivinar en el fondo de la oscuridad la respiración jadeante, espesa aunque dubitativa, de las bestias. El miedo flota en el aire y se respira de a sorbos calientes que condensan el ambiente agudizando el encierro, acercando las paredes y las rejas a cada uno de los prisioneros.

De un momento a otro verá la cara del hombre de las tinieblas, y no tiene ni la más remota idea de cómo reaccionará al quedar frente a frente. Instintivamente se mueve inquieto, asemejando esos muñequitos que llevan la cabeza sostenida por un resorte y que algunos taxistas suelen llevar junto a la infaltable franela arriba de la guantera. “Dale, vení”, piensa impaciente y ya sin pesarle cualquier posible exageración en su papel, jugado a que sea lo que el destino disponga.

Al fin puede verlo. No supera el metro sesenta de altura. La cabezota hidrocefálica, el cuerpo delgado y los brazos largos de fragilidad colgando inofensivos hubieran movido a risa de no ser por su cara. Una rata portadora de todas las pestes sería mejor compañía que aquel engendro diabólico de los estropajos. Las facciones agudas, los ojos vivaces montados sobre anchas y oscuras ojeras que delataban, sin dudas, la propensión al vicio, la nariz prominente, los enormes pabellones de sus orejas y apenas un puñado de pelo oscuro y desordenado, tieso de suciedad, coronando su miserable humanidad; todo, todo sin ninguna excepción, hace del Ratón Pérez un individuo temible. Algo monstruoso, dominando el nervio de su escasa presencia, lo carga de una repulsión que inspira temor. Asco y repugnancia exacerban la prudencia de cualquiera ante su vista, en nada similar a esos pobrecitos contrahechos que despiertan piedad. No. Ver al Ratón es como sentir entre los dedos del pie el juguito espeso y amarillo de las cucarachas por el solo hecho de pensar en pisarlas. No despierta misericordia ese infeliz, sino el deseo de que alguien, otro, vaya a pisotearlo como a cualquiera de esos infames insectos.

Pérez trae bien estudiado el efecto que causa en los demás, tanto que es esa y no otra la razón por la que respira por la boca dejando flojo el labio inferior. Ese modo anormal de respirar, ignorando los borbotones de saliva que se esparcen por su mentón, da el toque final, el trazo fino de su elaboración sobre el grosero error de la naturaleza. Mira fijo a los ojos de los demás, y destellan los suyos un brillo peculiar al percibir en las evasivas el rechazo por lo inmundo de su ser. Cada gesto de incomodidad ante lo nauseabundo, hasta el más mínimo mohín de revulsión, es celebrado en el interior de ese prodigio de las aberraciones humanas, puesto que de leños tales se alimenta la hoguera de sus maldades.

- Soy el Ratón Pérez.

Se presentó sabiendo que, todavía bajo el efecto de la primera impresión, el nuevo compañero de celda es incapaz de decir palabra alguna.

- Yo también estoy preso por homicidio. –Y tras una inquietante pausa corrige- Varios homicidios.

Sus palabras van cobrando una jactancia desmesurada.

- Lo mío es el cuchillo, un solo puntazo directo al corazón. Precisión a falta de fuerza. La hoja limpia y de canto para que pase entre las costillas. Pero lo mejor viene después, cuando les arranco los dientes con el mismo cuchillito, uno por uno, hasta que no queda ninguno. Cuando termino de quitárselos les lleno la boca de monedas, porque no es casual que la madre naturaleza me haya hecho así como soy yo, ni que mi padre haya sido un tal Pérez, ya ve que el nombre marcó mi destino, soy el verdadero Ratón Pérez, y descubrí que aquellos que de chicos celebraban mi llegada dándome sus dientes a cambio de unas pocas monedas, de grandes piden por sus dientes mas de lo que valen. Y es por eso que se los saco, soy el guardián que protege al país de la inflación.

Demasiada revelación para el atribulado empresario. Al diablo la compostura de Bebán o de Alcón, presa de la desesperación se aferra a los barrotes para desgañitarse en un escandaloso pedido de auxilio. Y entre grito y grito de “¡Guardias! ¡Guardias!”, trepa por los barrotes para alejarse de la bestia del mismo modo en que los simpáticos monos del zoológico lo hacen en sus jaulas. Enardecidos, todos los detenidos se lanzan frenéticos a un aquelarre de gritos y golpes sobre cualquier objeto que provoque ruido. Algunos empiezan a incendiar colchones. El motín, con el que siempre amenazan los presos, ha estallado antes de planificarse.

Casi de inmediato las luces del corredor se encienden y armas en mano, a través del humo lacrimógeno, irrumpe en las celdas la improvisada y brutal requisa de los policías. Palos y mangueras, acallan quejas e incendios.

La enfermería del hospital es blanca, y radiante la luz del sol que la inunda al entrar por la ventana. La claridad del suave ir despertando le produce alivio y el enorme sosiego se extiende por su cuerpo en cosquilleos alegres. Aún antes de abrir los ojos, cuando los primeros intentos por hacerlo duelen en sus retinas, piensa que todo ha sido una pesadilla. Se estira en el bostezo, hundiendo los talones en el colchón y la nuca en la almohada con una breve contorsión de su cintura. Si, la placidez inconfundible de recobrar la razón luego de haber soñado esas incoherencias imposibles, que sólo pueden darse en los brazos de Morfeo, le provoca una sonrisa burlona dedicada a sí mismo por el modo en que cree haberse autoembaucado mientras dormía. Las sábanas huelen a limpio y la claridad es de una intensidad que no recuerda en su cuarto. Se pregunta qué hora será, tarde seguro –se dice- porque siente haber dormido mucho tiempo. Y dispuesto ya a abrir los ojos intenta girar el cuerpo para manotear en su mesa de luz el relojito dorado que, a fuerza de manotazos y caídas perdió mucho tiempo atrás la función de despertador. El ruido metálico lo frena en seco causando agudo dolor en su muñeca. Abrir los ojos, ver las esposas, el tubo del suero entrándole a las venas y ese cuarto de hospital que no es su dormitorio, lo expulsa ríspida y brutalmente del relajante letargo cayendo en la cuenta de la dura realidad.

Quiere gritar y se contiene. Se queda tieso, sin saber si llorar o reír. Esperando resignado la próxima calamidad. Apenas se atreve a mover los ojos, y hasta por ahí nomás. Presume que cualquier movimiento de su parte, cualquier cosa que intente, se volverá en contra suya como los orines de quien descarga la vejiga contra el viento.

No pasa nada. Cada tanto una enfermera revisa el suero, o el policía de guardia se asoma sin cruzar la puerta. El empresario siempre en silencio, a lo sumo ensayando una mueca con aires de sonrisa cuando la enfermera le pregunta si se siente bien, lo que él asiente respondiendo con leve movimiento de cabeza. Eso y nada más, silencio y quietud. Al cabo de un tiempo, imposible ponderar las horas, comienza a distenderse respirando profundo con intensidad propia de superación. Quizás lo peor ya pasó.

El alivió definitivo llega cuando el policía le quita las esposas y un oficial del Juzgado le comunica que todo se ha clarificado. Ni siquiera hubo homicidio. El muerto era el mismo delincuente que le había hurtado la camioneta. Los investigadores no dudaron en un principio que fuera homicidio porque dentro del vehículo había seis impactos de bala, además de la séptima que quedó alojada en el cráneo del sujeto. Todo a muy pocas cuadras de donde se había producido la sustracción del automotor. El malhechor, que dicho sea de paso tenía un largo prontuario de robos a mano armada, fue visto por testigos frenar intempestivamente y comenzar a moverse como si estuviera padeciendo convulsiones dentro de la cabina. Con alguno de esos manotazos debió haberse activado el sistema de alarma de la camioneta y las puertas quedaron trabadas de modo que no pudo salir. Justo cuando algunos transeúntes, creyendo que ese conductor estaba sufriendo un ataque de epilepsia, se aproximaban para intentar auxiliarlo, comenzaron los disparos. Instintivamente se arrojaron al piso y sólo al cesar los se acercaron a ver qué había pasado. Viendo el cadáver allí dentro les causó estupor el rostro aterrado y con profundo malestar decidieron alejarse del lugar. Después, cuando estuvieron mejor, decidieron contar lo que habían visto.

Después de narrar los hechos, el hombre del Juzgado agrega:

- Lo que no queda claro es el motivo del suicidio, ni esos espasmos dentro de la camioneta. Porque del delincuente no se conoce que haya sufrido nunca ataques de epilepsia, ni otras afecciones de ese tipo.
- Estaría drogado –supuso el policía.
- No, los forenses apenas detectaron ingesta de cerveza, y no tenía más que un par de vasos todavía frescos en su estómago, aparte de eso estaba limpio.
- ¡Qué raro!
- Algunos testigos refieren haber percibido olores nauseabundos… Es una de esas tantas cosas que nunca podremos explicar.

El policía y el hombre del Juzgado miran al empresario con ese rictus indicativo de que no hay mas nada que decir pero que no es exactamente cara de póker, sino algo así como resignación. El mismo gesto que ponen en los velorios quienes deben pararse junto al finado y verlo nada más que por compromiso. El empresario no dice nada. El calor de una chispa prendiendo en su cerebro lo irradia e ilumina, al fin entiende todo. Precipitado en la revelación de su poder estalla en la violenta carcajada que llena de pavura a los otros dos.

Vuelve a la libertad, a su vida, con otro enfoque, audaz y renovado, de las posibilidades. El aplomo y seguridad que exhibe deslumbra y aterra. Es el hombre que lleva un as en la manga, habla con autoridad, dando por sentado que sus palabras convencen en las reuniones con accionistas e inversores. En pocos meses el éxito termina por coronar su cambio de actitud, sin que el excéntrico hecho de movilizarse únicamente en motos o autos descapotados, incluso en invierno o en días de lluvia le ocasione perjuicio alguno. En las gráficas de la empresa el rojo se destiñe en lejanos recuerdos; y en los encuentros sociales las mujeres no dejan de comentar que existe en él un atractivo misterioso, un magnetismo algo perverso que seduce sin dejar de infundir temor. “Es como los asesinos de las películas, tiene el atractivo del chico malo”, dice por allí una modelo novia de otro empresario y a la que nadie toma en serio. Sin embargo, cuando de alguna manera el comentario llega a sus oídos, nuestro empresario asume que esa es la mujer de su vida. En poco tiempo la seduce y rompiendo el noviazgo ella se muda a vivir con él.

Aquella soplada de dama causa un revuelo sensacional en el círculo de los empresarios que están en ascenso y a contados pasos de la cúspide. Por supuesto, ningún hombre deja pasar cosa semejante sin intentar alguna venganza. Una fusión de compañías se presenta ante los ojos del otro como el momento preciso de pasar factura. Trabajosamente fue diseñando la complicada ingeniería financiera que tiene por objeto apropiarse del control absoluto del consorcio empresario. Será su golpe maestro, la demolición moral y económica del bribón que le robó la mujer. Planeó que en plena reunión un accionista haga la moción y con la mayoría asegurada quede conformado el nuevo directorio del que será Presidente. Tendrá así facultades lo suficientemente amplias como para hacer miserable la vida del galán. El plan es perfecto, perfecto por donde se lo analice, pero empujado por la soberbia –esa consejera suicida- comete un error.

Por la mañana nuestro empresario despide a su preciosa mujer recordándole que por la tarde deben acudir al bautismo de su ahijado. Poco antes de abrir la puerta le acaricia el busto con la diestra, le recorre los labios con la lengua, la besa y con esa sensación de gloria en la piel camina hasta saltar atléticamente al descapotado. Merced al manos libres atiende los llamados de rigor por el celular y llega puntualmente al edificio de la firma. En el hall se encuentra con el otro y solos, sin dirigirse palabra, suben juntos al ascensor. 35 pisos hasta la sala de juntas, mucho tiempo y distancia si hay que sentirse incómodo por la inevitable presencia del adversario. Los primeros tres pisos pasan en silencio. Pero la sed de venganza puede más que la prudencia de reservarse la sorpresa y el otro detiene la marcha en el quinto para desafiar:

- Hoy me las vas a pagar hijo de puta –le espeta apretando los dientes.
- ¿Querés pelear? Dale, pega.
- No, voy a hacer algo mejor, cuando termine la Junta de hoy voy a ser el Presidente de esta firma, así me voy a encargar de ponerte en una oficina del subsuelo y que tengas que pedir permiso hasta para tomar un mísero café.
- De ilusiones también se vive.
- ¡Já! No son ilusiones. Tengo los votos, acá terminó tu carrera.

El otro vuelve a poner en marcha el ascensor, en seguida empieza a acomodarse la corbata sintiéndose muy recio, con autoridad para determinar cuándo se habla y cuándo se hace silencio. Nuestro empresario siente que es asunto de vida o muerte y que un fuego intenso se enciende propagándose por sus entrañas. Actividad volcánica que bien conoce, algo que finalmente aprendió a controlar. Respira profundo acumulando la ira y detiene el ascensor en el octavo, el piso de la cafetería.

- Voy a tomar café antes que tenga que pedirte permiso -lanza lleno de ironías.
- Disfrutalo mientras puedas –contesta el otro con arrogancia.

Las puertas se abren y apenas da un paso. Casi que las puertas se cerrarían pellizcándole la espalda, y ya se están cerrando cuando apretando los párpados en notable esfuerzo de concentración, comparable a la que lleva a los lamas del Tíbet a levitar, expulsa en silencio y de una sola vez la razón de su misterio, el as en la manga, su arma mortal.

Las puertas se cierran antes que el otro alcance a percibirlo. Camina hasta sentarse en una de las mesas y pide café cortado con medialunas. Ve la hora en el reloj de la barra y asume que la junta comenzará sin él. Los minutos pasan largamente y a las medialunas sigue un tostado. Se apresta a pedir otro cuando a la cafetería entran dos hombres que participaban de la junta.

- ¿Cómo no subiste? -consulta uno de ellos totalmente desencajado.
- Todavía es temprano –responde haciéndose el distraído.
- No, es tarde.
- Pero será posible –finge- esta costumbre que tengo de no ponerle alarma al reloj. Bueno, subamos entonces.
- No, se suspendió.
- Ni siquiera empezó –acota el otro de ellos.
- ¿Por qué? ¿Qué pasó?
- Tu amigo, el cornudo.
- ¿Qué hizo?
- Palmó. Tuvo un paro cardíaco, lo encontraron muerto en el ascensor.

Oportunamente encarga a su secretaria enviar flores al funeral. Algo discreto con el nombre suyo y de su mujer. La modelo entristece al anoticiarse de la muerte de su antiguo novio. Pero como le dice comprensivo nuestro empresario: “La vida es así, volátil como un pedo”.

Esa misma tarde, con la iglesia repleta de policías, el cura pregunta:

- ¿Están los padrinos?
- Somos nosotros –responde el empresario avanzando con su mujer tomada de la mano.

Los papás del niño, los dos policías que iniciaron su romance en aquella noche fatídica, se emocionan cuando el sacerdote le impone a su hijo el nombre del hombre gracias al cual se unieron.

Y colorín colorado, este cuentito ha terminado.

No hay caso, por muy guaso que intente ser, tengo predilección por la gratificante simpleza de los finales felices.


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
http://www.plumaderecha.blogspot.com
Estado Libre Asociado de Vicente López.

Ariel Corbat

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