martes, 20 de noviembre de 2007

"LA LEYENDA DEL EMPUJADOR". Un cuento de terror.

LA LEYENDA DEL EMPUJADOR:

La homicida no huye. Permanece al filo del andén contemplando el torso en las vías.

Impresionado por la sencilla e incomprensible secuencia que acaba de presenciar, el testigo pregunta: “¿Por qué?”. Es simple verborrea de nervios crispados y no espera respuesta. Sin embargo, mientras la esposan, ella responde: “Por nada”.

Descuartizado por nada. Últimamente Buenos Aires llena páginas policiales con crímenes sin motivo. Más atemorizantes que aquellos de los que uno puede prevenirse y justifican pasiones o intereses.

“Por nada”, dijo con el desdén de quien da limosna. Y la mirada agria le erizó la nuca haciéndole sentir frío a lo largo del espinazo.

Morir por nada siendo la vida tan preciada. Qué horror. Que una mujer corriente, hermana, madre o esposa de familia normal, decida en un tris convertirse en el temido empujador del andén. ¿Quién lo sospecharía?

Con historias de ese tipo los padres enseñan a sus hijos a no pararse en la línea amarilla. Inocente charlatanería, como el poder hipnótico de los ventiladores capaz de despertar, en quien mire fijamente, el deseo irrefrenable de meter los dedos entre las paletas y verlos volar al tracatrak de los huesos. ¿Quién puede creer esas cosas? Y de súbito, la leyenda urbana se corporeizó a su vista. “Por nada”, repite esa voz en su cabeza con vocación de letanía.

Teme pedir ayuda y que lo tomen por loco. El miedo empieza a desbordar con sudor gélido, con el asma recrudeciendo y la creciente desconfianza activando suspicacias. Días, semanas, meses, hundiéndose en la paranoia de saberse la siguiente víctima.

Un paf tras otro de Ventolín procurando acallar ese silbido persistente y delator, yendo por las calles a pie, pegado a las paredes, lejos de andenes, estribos y las posibles trampas del empujador. Volver temprano y refugiarse en noches de insomnio. Atento y vigilante, prevenido que la maldad viste de inocencia. Recuerda el origen de la palabra “asesino” sabiendo que cualquiera puede beber el haxix de los antiguos persas de la secta de los ismaelitas, que mataban por el designio azaroso del viejo de la montaña. Cualquiera y sin necesitar de ninguna secta. Sólo porque sí, al modo del nuevo milenio. Y la vida es tan preciada...

Lo acorrala el temor. Tan preocupado por ver la sin razón, se distrae de las razones y aparece a mitad de cuadra. Obnubilado de insomnio tarda en distinguir dentro de la mancha azul a la Guardia de Infantería. Quiere desandarse y comprende la ratonera, a sus espaldas vienen haciendo desmanes grupos de activistas desprendidos de la manifestación. “Por nada”, repite la voz. Entre los palos de unos y otros se figura el muerto en la trifulca. Sí, estúpidamente, por no haber leído los diarios ni visto los noticieros. Y la boca del subte se abre para la salvación.

Duda, pero piedras, gases y balas de goma no dejan opción. Corre escaleras abajo sin soltar la baranda. De buenas a primeras está en el andén rodeado de extraños. No se puede confiar en extraños, nunca.

Del túnel brota el murmullo acerado que anuncia la llegada de la formación. Al chirrido agudo imagina una enorme cortadora de fiambre, acaso algo desafilada por la grasa y la sangre. Espantado retrocede dos pasos pisando sin querer a esa anciana desagradable que por toda reacción contrae el rostro multiplicando arrugas. ¿Su asesina? La estudia midiendo distancias por si ella lo empuja, entonces la risita a su lado le hace girar en el haz del farol entrando a la estación.

El mocoso de blanco guardapolvo ríe. ¿Se burla del pisotón involuntario en el juanete de la vieja? ¡No! Festeja su engaño. Lo embaucó. Ríe eléctricamente, con ojos que no son de niño.

Cuando se descubre a merced del verdadero empujador, esa criatura de risa insidiosa y cabellos lacios, todo se acelera. En la mortal certeza de su vulnerabilidad, le cierra los oídos el vertiginoso silencio dentro del cual estallan los zumbidos que provocan sus músculos obrando sin reflexión. Asir al escolar de los pelos superando la repugnancia de palpar las babas del diablo y en continuo movimiento arrojarlo a las vías, es menos de un segundo. El grito, el golpe en el parabrisas del maquinista, y ya. No huye. Contempla desde el andén la ausencia del chico.

Impresionado por la sencilla e incomprensible secuencia que acabás de presenciar, preguntás: “¿Por qué?”. Es simple verborrea de nervios crispados y no esperás respuesta. Sin embargo, antes que llegue la Federal, te mira a los ojos hondamente y responde: “Por nada”.

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Ariel Corbat

Ariel Corbat
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