lunes, 27 de agosto de 2018

¿CUÁNTAS MEJILLAS TIENEN LOS CATÓLICOS?



"Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. 
Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. 
Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra".

El evangelio según San Lucas: El amor a los enemigos.



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La pregunta que da título a este artículo me la he formulado muchas veces. Y al momento en que me siento a escribir confirmo que no será un tema fácil de abordar. La zona en que religión y política se superponen es siempre una zona de riesgo, aunque en rigor de verdad no debería serlo. Al fin de cuentas, como el mismo Jesús supo observar ante la malicia de los fariseos: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios" (El evangelio según San Mateo. El impuesto debido a la autoridad). 

Claro que discernir el límite entre las dos jurisdicciones, por así decirlo, ha sido controversial a lo largo de la historia. Siendo ateo, tengo por regla no cuestionar jamás la fe ni los sentimientos religiosos de los demás, sean creyentes o no. Suelo repetir que tengo un pacto tácito con cada una de las religiones, no me meto con ellas ni ellas conmigo. Por lo tanto este artículo, que pretende interrogar sobre la conducta política de los católicos y de la Iglesia como institución, no puede transitar por el camino de la espiritualidad, la creencia, la fe, el dogma cristiano de la Iglesia Católica Apostólica Romana y sus fieles. No es la religión el tema a tratar en este artículo, es la política. 

Formuladas estas necesarias aclaraciones preliminares, me vienen a la memoria distintos hechos en los cuales me hice la pregunta del título: ¿cuántas mejillas tienen los católicos? Al simple efecto de ser breve, mencionaré dos: el copamiento de la Catedral de la Ciudad de Buenos Aires, con el uso de su atrio como baño por parte de Hebe de Bonafini junto a otras madres de terroristas; y los escupitajos y pintadas con aerosol sobre jóvenes que al modo Gandhi, aunque rezando el Rosario, procuraron en resistencia pasiva evitar que manifestantes feminazis dañaran la Catedral de San Juan. 




A estos dos hechos concretos y emblemáticos de atentados contra la libertad religiosa, que es madre de la tolerancia y la sana diversidad, hay que sumarle una enorme cantidad de agravios que se suceden cual impunes cachetazos sobre las mejillas de los católicos. Hechos de esa índole, como las ofensas procaces y de mal gusto, escudadas en supuestas manifestaciones artísticas, que van de los adefesios de León Ferrari al Cristo hecho en torta de la que comió el ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires Enrique Avogadro; nos demuestran el permanente ataque de la izquierda, arreando su rebaño de progres, contra la Iglesia Católica. 

Y ahora, interpretando las apetencias de la casta política, la izquierda promueve -muy activamente al punto de organizar apostasías colectivas-, la separación de la Iglesia y el Estado. Y no es casual que esa movida sea un emergente del intento de establecer el aborto indiscriminado, ya que ambas cuestiones requieren reforma constitucional para poder materializarse. La izquierda necesita diluir la identidad nacional, tanto como la casta política necesita un chivo expiatorio, de ahí que quieran convencernos que los problemas del país requieren una nueva reforma de la Constitución Nacional; la misma que reformaron en 1994 sin tener entonces ni ahora ninguna intención de cumplirla. 

En este contexto, leo con mucha preocupación en Clarín que la Iglesia católica inició formalmente negociaciones con el Gobierno para renunciar al aporte económico del Estado, según confirmó la Conferencia Episcopal Argentina, que agrupa al centenar de obispos del país. 

Y aquí es donde debo cuestionar políticamente a la Iglesia. Porque el Artículo 2º de la Constitución Nacional es muy claro: "El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano". Hay un mandato específico de los constituyentes, que obedece a razones históricas, de participación de la Iglesia Católica en la formación de la Argentina como Estado independiente y como identidad nacional. No se trata entonces de una facultad que pueda ejercer a su antojo el gobierno, ni de una ayuda que pueda rechazar la Iglesia Católica. 

Por lo demás, acorde a la decadencia en la que se sumergió la Argentina en la década infame de la última dictadura, se ha impuesto como creencia generalizada que el verbo "sostener" en el artículo citado refiere exclusivamente la contribución del Estado al mantenimiento económico de la Iglesia Católica. Sin embargo, tal como en su "Análisis pedagógico de la Constitución Nacional", un libro tan básico como imprescindible, sostiene el Dr. Miguel Angel Ekmekdjian: "Dicho verbo tiene contenido más profundo. Expresa el reconocimiento de que la católica es la religión que profesa la mayoría del pueblo argentino, y al mismo tiempo declara la vinculación moral existente entre la Nación y la Iglesia Católica". 

Es justamente esa referencia de la moral católica como orientación social genérica, no imponible pero sí atendible, lo que busca eliminar la izquierda. Por otra parte nunca le interesó a la izquierda bajar y controlar el gasto público, al contrario, lo incentivan permanentemente queriendo que sea tanto y tan inmanejable que, en algún momento, obligue a estatizarlo todo y si es posible con violencia, para anular de cuajo cualquier posibilidad de democracia liberal. Solamente lo más idiota de la progresía puede creer que el problema sea el sueldo de algunos curas... ¡Vamos! Sin mandato constitucional alguno, el Estado Argentino dilapida mucho más dinero de los contribuyentes en inutilidades de izquierda que en misas y comuniones. 




No veo reacción católica y me preocupa. Me preocupa porque en el descuido otra vez sale lesionada la Constitución Nacional. Yo, ciudadano argentino por nacimiento y decisión, ateo por convicción, abogado por destino, no le reconozco poder constituyente al Presidente Macri ni al Episcopado para que puedan en acuerdo de partes dejar sin efecto artículo alguno de la Constitución Nacional. De ninguna manera. Que se limiten a cumplir lo que los constituyentes ordenaron en lugar de buscar congraciarse con la izquierda y la progresía.

Quizá tantas cachetadas les hayan hecho olvidar a los católicos que los humanos sólo tenemos dos mejillas. Entiendo que el Papa Francisco -y digo esto juzgando su rol político no su condición de líder de fe- no da la talla de Juan Pablo II y genere (por decirlo suavemente) poco entusiasmo, pero se están replegando en forma vergonzosa de la vida política argentina. ¿Dónde están los curas y dirigentes católicos que decían aquello de "a Dios rogando y con el mazo dando"?  ¡Vengan a pelear que los necesitamos en esta trinchera! 

Entiéndase que si barren a los católicos nos barrerán a todos. La izquierda da batalla cultural para imponer sus dogmas desde la política, y bajo el disfraz del progre no hay respeto ni espacio para ninguna otra creencia.  

Aquí y ahora, cuando la disyuntiva es muy simple: cumplir o no cumplir la Constitución Nacional. Los que bregamos por la irrestricta supremacía de la Constitución Nacional nos oponemos a cualquier reforma hasta tanto no demos muestras claras como sociedad de estar haciendo el intento de cumplirla. Si hoy nadie nos toma por un país serio es porque un país serio se explica por la vigencia real de su constitución, del mismo modo que el honor de cualquier persona se explica por el valor de su palabra. 

La Constitución Nacional es Patria y Libertad.


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha.
Estado Libre Asociado de Vicente López




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