domingo, 16 de agosto de 2026

SIEMPRE QUE DIGAS "LAS MALVINAS SON ARGENTINAS"

Es la cuarta o quinta vez que intento escribir este artículo. Ya perdí la cuenta de los intentos fallidos. No me resulta fácil procesar la contradicción de mis propios sentimientos, racionalizarlos para poner perspectiva política a la emotividad futbolera sobre la cuestión Malvinas, exacerbada durante el Mundial de Fútbol por la victoria 2 a 1 del seleccionado argentino sobre la selección de Inglaterra y el salto a la fama del trapo con una verdad que decirle al mundo: Las Malvinas son argentinas.


Sucede que, por momentos, me seduce la imagen de las tres estrellas coronada con los contornos de Malvinas en el lugar de la cuarta celebrado volver a ganarle a los ingleses en un mundial de fútbol.


Pero también lo vivo con recelo, como si se estuviera cruzando un límite que debiera ser sagrado. Porque solamente se jugó y ganó un partido de fútbol, no se libró otra guerra (que ni siquiera estamos en condiciones de intentar, dato que por sí dice bastante sobre lo que se declama y lo que se hace), ni se alcanzó el éxito diplomático. Lo que pretendo discernir, entonces, es si la repentina ola malvinera que disparó el Mundial viene a sacar a relucir algo muy profundo en la conciencia nacional o nada más es un superficial y pasajero aluvión destinado a convertirse en otra capa de olvido.

Estaba aún en el secundario cuando fui por primera vez a un acto en homenaje a los combatientes de Malvinas. Tuvo lugar en la Plaza San Martín de Retiro y por toda concurrencia cinco personas, los dos que habían organizado, uno al que habían invitado, el padre de un soldado caído en combate y yo, que había tomado nota del acto por un afiche en la calle. En la tristeza con que aquel padre miraba la Plaza, vacía e indiferente, dolía la desmalvinización. Lo recuerdo y voy a recordarlo siempre.

La desmalvinización fue y sigue siendo la respuesta más fácil para "resolver" (comillas de ironía) la cuestión Malvinas: se perdió la guerra olvidemos este asunto. Afortunadamente esa idea nunca llegó a perforar niveles de conciencia colectiva que permitieran a la dirigencia política celebrar en sus discursos la comodidad de la claudicación. Pero esa claudicación que no declaraban abiertamente la sostenían debilitando al país. Desde 1983 la política antepuso el interés de los políticos al interés nacional. El "retorno de la democracia" comenzó con un Presidente que recitaba el Preámbulo de la Constitución Nacional pero que despreciaba el articulado. Tanto así que 1994 tranzó en un espurio Pacto de Olivos, darle a su sucesor la posibilidad de la reelección presidencial a cambio de unos cuantos senadores. 


Pour la galerie, metieron en la Constitución un artículo transitorio que si bien reafirma como "irrenunciable" el reclamo sobre las Islas Malvinas sugiere la cancelación definitiva de la vía militar, lo que en los hechos fue acompañado por el debilitamiento progresivo del brazo armado. Y digo brazo armado con el valor de la metáfora, porque en definitiva el instrumento militar es el brazo que sostiene la mano con la que firma la diplomacia. Sin Fuerzas Armadas que puedan ser percibidas como una mínima amenaza por el adversario, la diplomacia se reduce a la hipocresía estéril del entendimiento para no resolver nada.

Podríamos aventurar que el día del Pacto de Olivos la dirigencia política se propuso convertirse en casta política acaparando todos los privilegios posibles. Es un hecho corroborable que sus intereses quedaban por encima de la Constitución Nacional y el resultado está a la vista de todos: daño institucional, degradación cultural, pobreza económica y hasta miseria intelectual. Extremos que, como la infeKtadura, la última dictadura padecida por los argentinos, no se hubieran alcanzado nunca si existiera una mayoría de jueces honorables, porque la casta política es un sistema de corrupción del que no participan sólo políticos.

El punto es que la casta política explota las emociones populares demagógicamente y siempre en beneficio propio. Está claro que la Nación Argentina conserva un sentimiento puro respecto de Malvinas, algo por demás meritorio frente a tanto intento por hacer sentir a la Guerra de Malvinas como una vergüenza nacional. Los que falseando la historia hicieron de los derechos humanos un grotesco y gigantesco negociado, haciendo pasar por víctimas a terroristas y por genocidas a los que evitaron el genocidio camboyano de un millón de argentinos que planeaba el terrorismo castrista para imponer el socialismo en Argentina, son los mismos que quisieron quitar la honra de los veteranos de guerra para presentarlos como pobres víctimas de los militares que vencieron al terrorismo castrista. Tan evidente fue el intento de hacerle creer a la población que el patriotismo de Malvinas era el "patriotismo" (otra vez comillas de ironía) de los terroristas del ERP y Montoneros que el régimen kirchnerista puso el Museo Malvinas en el predio de lo que fue la ESMA. Y ello con la tibia complicidad de los amarillos del PRO, que montaron en la Costanera un muro al que con suprema hipocresía llamaron "Parque de la Memoria" (nuevamente comillas de ironía). Y cabe recordar que llevaron a  Obama a tirar flores al río, un homenaje tan absurdo como absurdo sería un Presidente argentino depositando flores por Osama Bin Laden en el National 9/11 Memorial & Museum. ¿Cómo podrían defender el interés nacional los que romantizan y rinden homenaje a terroristas que quisieron hacer de la Argentina otra dictadura comunista con pretensión de eternidad? 

La casta política no tiene integridad, tampoco valores compatibles con la Constitución Nacional, ni es su objetivo fortalecer la República desde sus instituciones, mucho menos recuperar Malvinas, porque carece de la elemental vocación de servir a la Patria, sólo tiene vocación de servirse. Cuando veo que repentinamente vienen militantes de la casta a embanderarse de malvineros desconfío.


Malvinas es una cuestión delicada para la que no basta con aguardar las marcas en el almanaque y decir "Las Malvinas son argentinas", en tal sentido celebro que se haya ido generando una corriente de cultura malvinera que lleva a lo cotidiano el anhelo de concretar un objetivo nacional. Considero positivo el merchandising patriótico, en tanto no se deforme a patrioterismo o mera pose. Y esa deformación es el riesgo que veo en el modo en que la cuestión Malvinas afloró en el Mundial. 

Lo que señalo con preocupación es el contexto y lo que revela. A la par que se disputaba "la justa deportiva sin igual" (sin ironía esta vez), bajo reglas de la FIFA y amparada por el derecho canadiense, estadounidense y mexicano según fuera la sede de cada partido, en Argentina se discutía el proyecto de ley de inviolabilidad de la propiedad privada que contemplaba un mayor acceso a la propiedad de tierras por parte de extranjeros. Veamos las dos cuestiones y trataré de mostrar que la relación entre ambas es la incapacidad para entender contextos normativos.

Vamos por la primera. La ministro de Seguridad Alejandra Monteoliva intentó tener una figuración innecesaria y pudiendo no haber dicho nada pretendió comunicar, sin sensibilidad para ello ni saber cómo hacerlo, algo que de tan básico no debiera resultar difícil de explicar ni de entender: el Mundial de Fútbol se juega bajo normas dictadas por la FIFA a las que adhiere la AFA, por lo tanto si uno quiere ser parte de la competencia hay que cumplir con su normativa. Y esa normativa impone a los asistentes a los estadios ciertas limitaciones como la de no utilizar sus eventos para difundir mensajes políticos, considerándose tal las alusiones a la Guerra de Malvinas y a la disputa por su soberanía. Por supuesto la FIFA no se priva de imprimirles sus propios mensajes políticos, pero esa es otra cuestión. Ante el partido con Inglaterra, no era ni podía ser el gobierno argentino quien impidiera a los argentinos expresar su sentimiento por Malvinas, la sola insinuación de esa posibilidad es una estupidez. Sin embargo hubo quienes no sólo lo insinuaron sino que militaron esa mentira como verdad, igual que siguen haciendo con los "30.000 desaparecidos" (ya una ironía de humor negro), como la "desaparición forzada" (otra ironía pura) de Santiago Maldonado o "la inocencia de Cristina Fernández" (me desternillo de la ironía). A más de estar totalmente fuera de la jurisdicción argentina, tampoco podían impedir llevar alusiones a Malvinas las autoridades de los Estados Unidos, país en el que la libertad de expresión es un valor fundacional, pero ya desde las proximidades del estadio, por aquello bien tutelado de que la casa se reserva el derecho de admisión, lo que aplicaba era la normativa de la FIFA; finalmente burlada por un grupo de hinchas y exhibida al mundo por jugadores del seleccionado. 

Vamos ahora por la segunda. El Artículo 20 de la Constitución Nacional otorga a los extranjeros los mismos derechos que reconoce a los argentinos, incluyendo (por supuesto) el derecho a la propiedad. No hay ninguna limitación explícita establecida por los constituyentes que ponga límite a la cantidad de tierras que pueden ser propiedad de extranjeros. Las limitaciones, a más de la genérica sujeción a expropiación por causa de utilidad pública, surgen de las lógicas prevenciones en función de la seguridad nacional. Pero, ciertamente, la lógica de esas prevenciones no es inmutable, varían a la par que evolucionan los instrumentos para garantizar el efectivo control del territorio asegurando su integridad. En el pasado la tierra en zona de frontera bajo propiedad de algún extranjero tenía una significación mayor que hoy, sencillamente porque se dispone de medios técnicos más que suficientes para prevenir e impedir posibles daños a la soberanía nacional. 

Mientras de discutía el proyecto de ley de inviolabilidad de la propiedad privada, que contemplaba modificaciones a la ley de tierras, sin ninguna noción del ridículo se alzaron voces de queja argumentando con deshonestidad que ese proyecto tenía por finalidad "vender la Patria". Un amplio abanico de críticos se desplegó entonces, queriendo apropiarse del furor malvinero que despertó el partido contra Inglaterra. Por supuesto, acepto que haya quienes realmente crean que las restricciones a la propiedad de la tierra en manos de extranjeros tienen alguna utilidad, pero mayormente los que protestaban eran una comparsa de hipócritas impresentables: izquierdistas que no cantan el Himno porque sueñan arriar la Generala Albiceleste para reemplazarla por un trapo rojo, nazis residuales con la fantasía del Plan Andinia cuya mayor muestra de "coraje" (otra vez comillas de ironía) fue comprar una bandera inglesa para quemarla (un método infalible para expulsar a los ingleses de Malvinas), kirchneristas que facilitaron el enclave chino en Neuquén, como un radar inglés en Tierra del Fuego, los mismos que en su odio a las Fuerzas Armadas como a la Gendarmería Nacional militaban poner la Patagonia bajo dominio mapuche, y otros personajes que embriagados de progresía harían de la Nación Argentina un Estado Plurinacional en nombre de la diversidad. 


El patrioterismo, siendo la deformación del patriotismo, siempre es execrable y al mismo tiempo apátrida, porque cuando una Nación deja de honrar sus valores fundacionales su identidad se degrada hasta ser una caricatura de sí misma y finalmente no ser nada. 

El patriotero es más parecido al traidor que al patriota, por caso no veo diferencia entre el falso nacionalismo y la incalificable anglofilia de la diputada Sabrina Ajmechet. Nadie que sostenga que "las Malvinas no son y nunca fueron argentinas" debería ocupar un cargo electivo. Me pregunto si ocupa esa banca porque hay suficientes votantes creyendo que Argentina debe renunciar al reclamo de soberanía, o simplemente porque la casta política hizo en su exclusivo provecho del sistema representativo una farsa carente de toda legitimidad.


Cabe en todo esto una mención particular a la postura asumida por la Vicepresidente Victoria Villarruel oponiéndose a la venta de tierra a extranjeros. Me sorprende que alguien que ha puesto el foco de su gestión en fortalecer la institucionalidad asuma una postura que choca de plano con la Constitución Nacional. Y más me sorprende viniendo de alguien que supuestamente conoce de Defensa y Seguridad.

Dije arriba que iba a intentar exponer la incapacidad de entender contextos normativos como el trasfondo de lo ocurrido en el Mundial y el rechazo a la propiedad de tierras por parte de extranjeros.

La conducta humana se rige por normas de distintas clases. Normas de carácter endógeno, como la ética que cada quien se dicta para sí mismo. Normas exógenas, que con distinto grado y tipo de coacción no obligatoria nos son impuestas por el entorno social, como la moral, la religión o la costumbre, y la más alta categoría de todas ellas que son las normas jurídicas cuya característica principal es que en tanto ordenan y le dan significado al poder tienen la capacidad de imponerse coercitivamente por parte del Estado. De allí que el Derecho sea norma jurídica y el Estado conserve para sostenerlo el monopolio de la violencia. Porque, en definitiva, el Estado es un orden jurídico. 

En el caso de la FIFA ningún país tiene obligación de participar de sus competencias, pero si quiere participar debe adherir a sus reglas. La FIFA no es un Estado, es un ente sin autoridad propia para imponer por sí sus reglas, pero al igual que en cualquier contrato entre privados encuentra respaldo en algún orden jurídico para imponer sus condiciones a los adherentes. Es lo que quedó demostrado cuando Andrew Giuliani, vocero dispuesto por la Casa Blanca para eventos relacionados con el Mundial de Fútbol, declaró que no hubo violación alguna del Derecho estadounidense por parte de quienes exhibieron la pancarta con la leyenda "Las Malvinas son argentinas". Eventualmente la FIFA podría imponer las sanciones establecidas en sus convenciones y llegado el caso un tribunal estatal hacerlas cumplir.  Tal como sucede cuando una parte reclama a otra el cumplimiento de lo firmado en un contrato. No más que eso.

Nadie que comprenda el contexto normativo puede ver en esa situación una decisión del gobierno argentino. 

También en el caso de la propiedad de la tierra en manos de extranjeros, entender como funciona un orden jurídico le quita el dramatismo a la cuestión. Quien compra tierras en argentina conforme a Derecho reconoce la soberanía del país y se subordina a lo que dicten nuestras normas jurídicas. No hay pues ninguna lesión a la soberanía, ni podría haberla en tanto que la inviolabilidad de la propiedad privada no significa un vale todo, pues como todo derecho está sujeta al cumplimiento de las leyes que reglamentan su ejercicio (Artículo 14 de la Constitución Nacional). 

Una cuestión que ha dado lugar a mucha rasgadura hipócrita de vestiduras es el caso de Joe Lewis, un inglés que compró cerca de 12.000 hectáreas en la provincia de Río Negro durante los 90. Curiosa, patética y graciosamente, izquierdistas como el sindicalista de ATE Rodolfo Aguiar realizan todos los años marchas a Lago Escondido protestando por lo que consideran un "enclave inglés", con el único resultado de molestar a los vecinos de Lewis que, en celebradas ocasiones, no han tenido más remedio que montar sus caballos y expulsar a rebencazos a los zurdos que intentaban violentar sus propiedades. Dicen que con sangre la letra entra y algunos aprendieron que con El Foyel no se jode. 


Lewis jamás ha cuestionado la soberanía argentina sobre su propiedad, por lo que cualquier disputa relacionada con ella la dirime en nuestros tribunales. Contrario a Lewis, los autodenominados mapuches usurpan tierras argumentando que se trata de "territorios ancestrales" donde no rige el Derecho Argentino sino el Az Mapu, pero jamás se ha visto zurdo alguno protestar contra el secesionismo mapuche que ambiciona hacer de la Patagonia el Wallmapu.


Comprender el funcionamiento del orden jurídico y entender el contexto normativo, a la par que quita dramatismo a cualquier cuestión aporta racionalidad para resolver con eficiencia eventuales conflictos. El Derecho es poder y en tal sentido la soberanía no es otra cosa que la irrestricta supremacía de la Constitución Nacional. Cualquier intento de restar soberanía a la Nación Argentina sobre su territorio se previene y evita con instituciones fuertes. Justo lo que no quiere la casta política. No es relevante si hay estancias propiedad de extranjeros en cualquier provincia o incluso en zonas de frontera, ni si son muchas o pocas, lo relevante es tener los instrumentos suficientes para que la aplicación del Derecho sea contundente y llegado el caso expeditiva. 

Y aquí otra cuestión importante: Ninguna ley puede cumplir su finalidad declamada si las instituciones de la República son saboteadas por políticos, jueces y la propia población. Los constituyentes tomaron el sistema republicano sabiendo lo relevante del componente humano y confiando que la política estaría impulsada por el anhelo patriótico del bienestar general. Ahora bien, la generalidad de nuestros políticos como de nuestros "jueces" (comillas de desprecio más que de ironía) que claramente carecen de la vocación que los constituyentes proyectaron por varias generaciones no son paracaidistas polacos, son algo que generó esta misma sociedad, tal vez por la capacidad de los peores para apropiarse de la política y/o la incapacidad de los mejores para defender el sistema.

Acostumbro referir Malvinas como el mejor cristal para evaluar la realidad de la Patria. La pregunta es simple ¿qué estamos haciendo para recuperar la integridad de nuestro territorio? Y en la respuesta no caben sentimentalismos ni fantasías. Sólo la pura verdad de discernir en que punto estamos entre ser una broma de país y un país en serio; ser o no ser capaces de alcanzar objetivos nacionales. Yo tengo mi respuesta, pero no la voy a repetir aquí, prefiero que quien lea piense la suya. 

En esa reflexión de conciencia que requiere ser profunda, anida la necesidad de no mezclar los tantos, de entender los contextos normativos y asumir la responsabilidad de hacer racionalmente lo necesario, sin ahogar los sentimiento en la vulgaridad, ni el coraje en la bravata estéril. 

Decirle al mundo Las Malvinas son argentinas, está bien y es necesario. Pero si sólo queda en una declamación futbolera deja de tener significación, celebrar un partido de fútbol como si fuera la reconquista de un territorio usurpado es pretender darle a la épica deportiva una dimensión que no tiene ni podría tener. Varios jugadores del seleccionado argentino juegan en clubes de Inglaterra, ese sólo dato debería servir para diferenciar situaciones y contextos, pero también imaginar la situación al revés: que jugadores ingleses que revistaran en equipos argentinos al jugar con su seleccionado lucieran un trapo con la leyenda "The Falklands are British". ¿Modificaría en algo la situación de la disputa de soberanía en el Atlántico Sur? No. 

Las Malvinas son argentinas, es algo que no debe decirse con liviandad sino con convencimiento. 649 dieron sus vidas para que podamos decirlo, como otros su sangre y el buen combate, pero decirlo banalmente, sin conciencia de que es necesario hacer de la Argentina un país serio para honrar la sangre derramada constituye, de mínima, una falta de respeto. 

Luego está la cuestión de conocer las dificultades. Las dificultades que encuentra la recuperación de Malvinas y demás islas del Atlántico Sur son obvias: una potencia militar usurpa parte de nuestro territorio y hace tiempo -lamentablemente- dejó de considerar a nuestras Fuerzas Armadas como una amenaza para la continuidad de la usurpación. 

Y ligado a Malvinas está la otra cuestión de soberanía que resta resolver: la porción de la Antártida que reclamamos como propia. Hay diferencias entre ambas situaciones. En Malvinas hay un conflicto entre dos naciones y no hay otra solución posible que nuestra o de ellos. Mientras lo que durante la Guerra se conoció como TOAS (Teatro de Operaciones Atlántico Sur) siga en poder de los ingleses nuestra integridad territorial se verá lesionada, y es por eso que Malvinas es para nosotros una causa irrenunciable. 

El caso de la Antártida es distinto. Allí no existe soberanía efectiva de ningún país y los intereses en disputa no se limitan al enfrentamiento de dos países ni ha sido escenario de guerras. Desde la firma en 1959 del Tratado Antártico, firmado por Argentina, todas las reclamaciones de soberanía sobre la Antártida se encuentran suspendidas por tiempo indefinido. Por lo tanto cuando se exhibe el mapa bicontinental de la República Argentina, es preciso tener en claro que ello representa nuestra aspiración de máxima. Argentina acredita una prolongada presencia antártica y argumentos sólidos para reclamar soberanía sobre el sector que denominamos Antártida Argentina, pero en los hechos no podemos ejercer allí ningún acto de soberanía plena, por lo tanto no es territorio que esté o haya estado bajo soberanía argentina. Ni de Argentina, ni de ningún otro país. Por lo cual es muy posible que esa internacionalización convenida se prolongue por tanto tiempo que termine siendo definitiva.


A efectos de evitar que las causas nacionales se conviertan en frustraciones nacionales para las próximas generaciones, es preciso no confundir nunca aspiración con realidad. La resolución del conflicto por las Islas Malvinas sólo puede ser una: la recuperación plena de nuestra soberanía, en tal sentido deberemos vivir todo el proceso con la frustración de haber perdido una guerra. En cambio, la resolución de las reclamaciones de soberanía sobre la Antártida puede dar lugar a distintos escenarios, muchos de los cuales, aunque no fueran la aspiración de máxima, no deberían pesar como una frustración nacional. Si no, acaso, hermosa palabra la palabra "acaso", como un éxito menor, pero éxito al fin. 

Por todas estas razones, celebro el merchandising malvinero, canto las canciones de Feeed!, tengo alguna remera, algún cuadro y varios objetos que aluden a Malvinas. Malvinas forma parte de mi cultura, Es importante decirlo entre nosotros y más aún decírselo al mundo, como cuando en una base militar estadounidense, le entregué como recuerdo un pin de las Islas Malvinas al jefe de la unidad diciendo "It is a small object, but the feeling is strong" (este es un objeto pequeño, pero el sentimiento es fuerte).

Las Malvinas son argentinas. Una frase que sólo debe decirse con la disposición de servir a la Patria y no para satisfacer los caprichos del patrioterismo, la demagogia o la estupidez. Las Malvinas son argentinas, es una frase sagrada que nadie debe osar decir en vano.

Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía.




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