Escribo este párrafo luego de escribir, leer y releer los que siguen, a modo de prefacio para aclarar que no se trata de un artículo propiamente dicho sino de unas reflexiones que escribo para mi propio entendimiento. Con cierta insatisfacción las percibo incompletas. Justamente por eso dudé si publicarlas o no, pero al fin de cuentas el lema del blog La Pluma de la Derecha es: "Quiero que mis convicciones sigan siendo auténticas, que sean puestas a prueba por las razones del otro y por las dudas propias. Ayudémonos a pensar". Así que aquí van, acompañadas de versos de desahogo político que he ido escribiendo y publicando a lo largo del tiempo, para abrir un dialogo que las enriquezca. Ayúdenme a pensar.
Acaso, hermosa palabra la palabra "acaso", sea: ¿Y dónde queda la honestidad?, la pregunta a la que debemos dar respuesta en este momento político de la Nación Argentina. Claro que todo interrogante acarrea otros, por ejemplo sobre la capacidad de esta sociedad que produjo una democracia cuasi fallida por su pésima calidad para llegar a comprender el valor de la honestidad afrontando los esfuerzos que supone.
En las décadas del régimen kirchnerista se hizo de la deshonestidad la religión del Estado a partir de la mentira de los 30.000 desparecidos. Sobre esa burla a la historia y las matemáticas victimizando a terroristas se llevó adelante un proceso orwelliano de adoctrinamiento colectivo con el uso faccioso de los recursos del Estado.
Como resultado, esa mentira se convirtió durante un largo tiempo en la verdad dogmática a partir de lo cual un aluvión de falsedades terminaron de corromper al ya corrupto Poder Judicial, lo cual dejó al país a merced del delirio totalitario del kirchnerismo como gobierno de, por y para la delincuencia. A vista de todos está el daño institucional, la degradación cultural y la miseria intelectual que adquirieron la magnitud de lo que se teme irreversible.
Pero esto es Argentina y la reacción llegó a fuerza de hartazgo. Sucedió que cebado en la falta de oposición real, con los progres temerosos de ser llamados "fachos", el propio régimen kirchnerista no supo contener su estupidez y tan exageradamente la militó que, tal vez por los abusos de la infeKtadura (la verdadera última dictadura argentina), los imbéciles con cargo hablando de "las, les, los", los privilegios desmedidos, la prepotencia callejera del zurdaje, el descaro de reconocer que robaban justificándolo en que hace falta dinero para hacer política y que finalmente robaban para asistir a los "más humildes", todo ello, abrió los ojos a las mansiones, los bolsos revoleados, las joyas, los yates y las parrandas de los benefactores de los humildes. En esa pendiente pronunciada, tiempo hubo en el que cotidianamente nos reíamos de las estupideces que decía Nicolás Maduro en Venezuela, hasta que de un día para otro dejamos de reír. No porque Maduro hubiera dejado de decir estupideces cada vez mayores, sino porque al escuchar las estupideces de Alberto Fernández ya no tenían ninguna gracia.
Para entonces ya no quedaban partidos políticos relevantes con vida institucional basada en principios y el voto de los afiliados en elecciones internas. En su lugar operaban (y operan) sellos de goma con personalismos y camarillas de obsecuentes funcionando como agencias de colocaciones en cargos del Estado. De ahí que inventaran las PASO con la única finalidad de fingir una representatividad inexistente. La política se redujo a la vocación de servirse en lugar de servir.
Ese contexto de hartazgo permitió la llegada del discurso encendido que encarnó Javier Milei, porque cada una de sus propuestas y críticas traía bajo su histrionismo exacerbado el elogio de la honestidad en la superioridad ética de las ideas de la Libertad. Un fenómeno disruptivo que como tal avanzó entre la improvisación del nuevo entusiasmo y la necesidad de contar con los sellos de goma del propio sistema. Era impensable, por lo tanto, que pudiera organizarse en términos de pureza idílica.
Logró lo que otros durante todos los años de resistencia al régimen no pudimos: romper el cerco del auditorio conocido. Y lo apoyamos. Algunos con reservas (como en mi caso, por su postura en relación a los presos del prevaricato que convalida la corrupción judicial) y otros plenamente. Tan plenamente en algunos casos que se fanatizaron al punto de parecer no buscar otra cosa que cambiar el apellido al ismo. Y así como para los cerdos de Orwell "Napoleón siempre tiene razón", igual que para los acólitos K Cristina siempre tiene razón, surgieron mileístas para los cuales Milei (cualquiera de los dos) siempre tiene razón.
La obsecuencia es la forma más artera de la traición, porque la falsa lealtad envilece hacia arriba y hacia abajo. Así las contradicciones de Javier Milei, muchas de las cuales pueden justificarse en las imposiciones del ejercicio pragmático de la política (comenzando por el necesario acuerdo para ganar el ballotage), se tornan reprochables cuando ante cualquier análisis aparecen como fruto de un capricho irracional, que aún marcando clara oposición con la esencia de las ideas y valores que dice representar es aplaudida por la claque de obsecuentes.
No puede descuidarse el oficialismo ni permitirse debilidades morales. La fuerza del gobierno del Presidente Milei depende de la honestidad que exhiba, tanto así que fue votado por decir verdades incomodas y no mentiras complacientes, a sabiendas que venía por delante un esfuerzo descomunal, un esfuerzo tan grande que sólo puede ser tolerado si se conduce con la ejemplar convicción ética de un cruzado.
No basta, de ninguna manera, saber que los otros fueron, son y serán peores, es imprescindible estar libre de toda mácula, hasta de la más insignificante. Con estos antecedentes en claro, cabe meditar la pregunta del inicio: ¿Y dónde queda la honestidad?
Con toda certeza no está en el kirchnerismo, ni en su dirigencia, ni en su militancia, ni en sus votantes. En la primera vuelta de las elecciones presidenciales Sergio Massa, el candidato del régimen y uno de los de la casta, obtuvo el 36,78% de los votos, posicionándose primero de cara al ballotage. Y en el ballotage su caudal electoral subió al 44,35%. Es decir que casi la mitad del electorado votó una propuesta de tan franca deshonestidad que paradójicamente podría considerarse honesta en sus propósitos deshonestos. Nadie, absolutamente nadie, pudo votar a Massa esperando honestidad. Porque además Massa ya era presidente de facto ante el descrédito irremontable de Alberto de la Fernández.
Atento a ello, descartemos por completo que pueda encontrarse honestidad en el kirchnerismo, que (en mi personal opinión) es una asociación ilícita antes que cualquier otra cosa.
Si el régimen kirchnerista tenía a Massa como único candidato, la casta política a más de Massa tenía a Patricia Bullrich, quien obtuvo el 23,81% de los votos. No diré que los amarillos tienen el mismo grado de deshonestidad que los kirchos, porque admito que entre su dirigencia, militancia y electorado hay que gente valora la honestidad, pero no son todos y en conjunto han demostrado tener tal infección de progresía que en el extravío de su deriva ideológica han sido reiteradas veces los idiotas útiles del kirchnerismo. Hoy, después de Milei, aunque sin mucho convencimiento hablan en términos de perfilamiento ideológico, pero durante muchos años pregonaban que lo importante no era la ideología sino la gestión. Esa muletilla revelaba la intención de ocupar cargos sin interés alguno por cambiar nada, de ahí la apatía a la hora de plantarse frente al kirchnerismo en la batalla cultural. Téngase presente que la casta política es más amplia que el kirchnerismo, la integran también el PRO y otros espacios de progresía. Me ahorro el comentario sobre el radicalismo, porque si Alem viviera se vuelve a suicidar. La vergüenza en que se han convertido no necesita agregados.
Tenemos entonces un 23,81% de dudosa honestidad política, no sé en que porcentaje pueden dividirse allí los honestos de los deshonestos, pero estimo que es lo suficiente como para que pueda considerarse que más del 50% del electorado no es reactivo a la deshonestidad y que incluso la prefiera.
La honestidad más pura, aunque no impoluta por el mismo funcionamiento del sistema político viciado de casta, estuvo en el voto de primera vuelta a Javier Milei. 29.99% del electorado. Casi un tercio. Ese voto no avaló ninguna forma de corrupción, ninguna deshonestidad, ninguna resignación de la que lleva a optar por el mal menor en la certeza de tener que elegir entre malos y peores. Ese voto que vomitaba hartazgo y asco hacia la casta política, clamaba por la superioridad ética de las ideas de la libertad para poner fin al sistema viciado.
La alianza con Bullrich para el ballotage, después de todas las barbaridades con que estúpidamente se atacaron en la campaña, inevitablemente enturbió de pragmatismo político a la honestidad base, porque se estaba pactando con parte de la casta. Aquella consigna de "no puede haber una Argentina distinta con los mismos de siempre" se colgó para el olvido en alguna percha de algún oscuro placard mucho antes del 10 de Diciembre de 2023.
Pero no cabe reproche por la alianza en sí pues era lo que debía hacerse para vencer al kirchnerismo y sus códigos de mafia.
El reproche, en todo caso, es por el modo en que evolucionó esa alianza, tiñendo de amarillo radioactivo al gobierno de La Libertad Avanza. No hubo intención siquiera de recuperar relevantes consignas caídas y a la alianza con los amarillos tornó todavía más imbricada a partir de la ruptura con Victoria Villarruel. Milei corre el riesgo de convertir a la primera presidencia de LLA en la segunda presidencia del PRO. Encima cobijando kirchneristas de pura casta como Daniel Scioli, felpudo de Néstor Kirchner y parásito vocacional.
Con todo esto, los porcentajes que reflejan las elecciones de 2023 indican que transcurridos estos años la honestidad sigue siendo la expectativa de una minoría. Vivimos en una sociedad que carga con demasiada historia de superviviencia forjando en su cultura que la ley hace a la trampa. La corrupción sistémica, la tradición inflacionaria, la inestabilidad institucional, la voracidad fiscal, la actuación acomodaticia de los jueces (ningún país con mayoría de jueces honorables, probos y eficientes, alcanza el grado de daño institucional, degradación cultural, miseria económica y miseria intelectual alcanzado por Argentina), son algunos entre otros factores que hacen a la nuestra una sociedad deshonesta con distintos escalones y grados que van de la mera picardía para sobrevivir al descaro para robar. Y si alguien duda que esto es así, bastará, por caso, con que se pare a observar en el tránsito automotor la cantidad de vehículos que llevan sus patentes alteradas o directamente no las llevan para evitar multas. Ese tipo de "picardías" se replican de muchas formas en otros ámbitos. Es sólo un ejemplo. Quien más quien menos, cada quien dándose su justificación, muchos hemos cruzado alguna que otra norma.
La lucha por la Honestidad, que no es otra cosa que la lucha por la Patria y la Libertad, no puede librarse sin dar ejemplo constante de honestidad desde el liderazgo en la conducción política. Esto parece una verdad más que obvia, pero la obviedad no lo es tanto en un escenario viciado de deshonestidad donde la tentación de conformarse con ser "menos deshonesto que los más deshonestos" es una constante por lo fácil.
El Presidente Javier Milei, cuando pareciera coquetear con la idea de conformarse con ser más honesto que los deshonestos, corre el riesgo de dejar de gobernar para el minoritario reservorio ciudadano de honestidad y cambiar su fuente de sustentación a la de los deshonestos de apariencia honesta.
El caso de Manuel Adorni, el vocero que anunció la prohibición para funcionarios de llevar familiares en vuelos oficiales y que siendo Jefe de Gabinete pretendió darse una excepción a sí mismo para aliviar su "deslomarse trabajando", (no tomo en cuenta acusaciones que debe resolver un juez) le hizo al gobierno un daño mucho mayor del que le hubiera hecho algo similar a cualquier otro gobierno. La cuestión debió resolverse como un simple incidente, igual que el de otros funcionarios que fueron sacados de sus cargos por faltas menores.
Y la razón es simple: a diferencia de todos los demás presidentes que hemos padecido Milei gobierna en nombre de la honestidad, por lo cual su fortaleza marca su debilidad. Se puede permitir conservar en el cargo muchos actos de outsider político, no desenvolverse en manera tradicional o confrontar abiertamente hasta en términos groseros con otros actores políticos, incluyendo a periodistas y empresarios, (si eso le facilita o dificulta sus tareas sería materia de otro análisis), pero lo que no puede permitirse es tener siquiera la sombra de avalar alguna deshonestidad. Adorni fue deshonesto, claramente deshonesto porque la contradicción entre lo que anunció y lo que hizo es blanco sobre negro, Javier Milei no debió defenderlo. Porque ya no es Javo, el amigo de Manuel, es Javier Milei el Presidente de la Nación Argentina votado para liderar una cruzada por la honestidad.
Se verá, si el Presidente aprendió la lección o si se conforma con ser más de lo mismo. Si aprendió la lección su empeño estará puesto en ampliar el escaso reservorio ciudadano de la honestidad.
Finalmente, digo, alcanzar y sostener la irrestricta supremacía de la Constitución Nacional.
Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía.














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