jueves, 13 de noviembre de 2025

EL RIDÍCULO MARCA LA IDIOSINCRASIA DE LOS POLÍTICOS ARGENTINOS


Vi la imagen y me pareció ridícula. Ridícula sin atenuantes. Ridícula por el protagonismo desmesurado, sin decoro ni noción del ridículo. Ridícula por la falta de originalidad en la copia. Ridícula como ridículo es tomar cualquier cosa de los gringos con la desesperación por mostrarse parecidos. Ridícula como la obsecuencia del entorno que aplaude el bochorno como si fuera una genialidad. 

Ridículo como fantasear rayos X para buscar a Loan en la panza de los yacarés. Ridículo como la bravata inconducente advirtiendo a Maduro y Diosdado Cabello de consecuencias que hasta el día de hoy nunca llegaron por el secuestro del gendarme Nahuel Gallo. Ridículo como confundir talco para pies con cocaína. Ridículo como jactarse de detener a supuestos terroristas que luego son liberados. Ridículo como brutalmente lo ha sido Patricia Bullrich haciendo honor al apodo de "Pato", lo que se dice un pato criollo. 

Ni ella ni sus asesores dan muestras de tener alguna mínima noción de lo ridículo, ni de la importancia del decoro institucional. Pero zafa. Zafa porque lo ridículo está tan asociado a la política, son tantos los que cultivan el ridículo, que al fin de cuentas la disimulan. Aunque a sus disfraces de combate para su guerra imaginaria sume el disfraz del Tío Sam reclutando tropa. 

En las revistas de Patoruzú y otras había páginas de publicidades que nadie tomaba muy en serio, incluyendo algunas para recibirse de detective por correo. Lo que ha hecho Bullrich es degradar el mensaje institucional de reclutamiento y formación a ese mismo nivel, como si la Policía Federal hubiera dispuesto la apertura de una academia para detectives por correspondencia.


Más allá del personaje, cabe observar la imagen y preguntarnos: ¿Qué esperamos de la política? ¿Políticos serios para un país serio? ¿Cómo se inventan políticos serios en un país como el nuestro? La cuestión es bastante más engorrosa que superar un papelón, o diez, o cien, o mil.

A lo largo de la vida hacer el ridículo en algunas ocasiones, esto es quedar expuesto a la burla bajo la mirada de los demás, es parte de la naturaleza humana.

Quien más quien menos, todos en alguna situación experimentamos la sensación o la certeza de estar haciendo el ridículo. O sea que sabemos de lo que se trata. Por regla general hay algo cómico en la observación de lo ridículo, al punto que quienes protagonizan un evento ridículo suelen reírse de ello cuando lo advierten. 

Pero acaso, hermosa palabra la palabra "acaso", lo que el ridículo tiene de jocoso se desvanece a pura tristeza cuando alguien hace el ridículo sin tener ni cobrar siquiera noción de estar haciendo el ridículo.

Se requeriría un tratado y no un artículo de blog para abarcar, analizar y clasificar el abanico de circunstancias que definen el universo de lo ridículo, tan extenso como la conducta social.

Sin embargo hay una clase de ridículo que es particularmente significativa ya que sólo puede ser provocada por personas que ostentan poder y en particular alguna función de gobierno, la clase de ridículo a la que podríamos llamar "del rey desnudo" en homenaje a aquel cuento de Hans Christian Andersen. 

Por supuesto la noción de lo políticamente ridículo no es universalmente uniforme, está condicionada por elementos culturales, relaciones de poder que determinan predominio de libertades o sus restricciones y el curso de la historia que da contexto a los actos del político y la mirada de esa misma sociedad a su respecto.

El dictador de Corea del Norte, por caso, es en sí mismo la personificación de lo ridículo visto desde Occidente, pero seguramente no es percibido así por muchos, demasiados, de aquellos que viven bajo su dictadura. Si lo fuera, su poder no sería tal. Algo parecido puede decirse de Maduro en Venezuela, como de tantos otros. Esto indica que hay sociedades que se vuelven ridículas y allí son muy pocos los que conservan alguna noción de lo ridículo.

Por supuesto, las sociedades democráticas no están exentas de lo políticamente ridículo, pero en ellas los políticos gobernantes están expuestos a la critica satírica y las personas bromean abiertamente sobre sus puntos débiles. Las sociedades democráticas siguen siendo tales en tanto conservan la noción de lo ridículo y perciben sus propias ridiculeces. Así, cada una de esas sociedades, conocen las razones por las cuales han generado su clase de políticos tolerando sus comportamientos ridículos.

En Argentina, por ser el caso que nos interesa, el largo compilado de situaciones ridículas protagonizadas por los presidentes "democráticos", tal vez indique un camino donde cada uno que pasó justificó las ridiculeces de quien le sucedió, desde Alfonsín hasta Milei.

Si en nuestro presente alguien considerase que el mayor ridículo político es el Presidente Javier Milei cuando se desenvuelve en modo rockstar, debería reconocer que ese modo ridículo es tolerado porque antes que él hubo un Alberto de la Fernández que entre otras infinitas ridiculeces, algunas meramente estúpidas y otras realmente dañinas para la Nación Argentina, intentó también ser un rockstar cantando con su guitarra. Y ni hablar del burdo papelón que terminó siendo su "Guerra contra la Inflación".

Venimos de una campaña electoral donde lo ridículo fue norma. Podría decirse que la campaña del 2025 fue un concurso de papelones, pero lo mismo podría decirse del proselitismo de muchas campañas anteriores. Y otra vez: estos papelones por aquellos papelones, estos ridículos por aquellos ridículos, estos políticos por aquellos políticos. 

Mariano Iglesias, un viejo amigo, describió a finales del siglo pasado, el perfil de todo político en campaña con esta imagen que pretendió ser exagerada: "Un político en campaña con tal de mostrarse es capaz de dejarse filmar en la bañadera bajo la ducha y haciendo piruetas con una patineta, porque siempre va a encontrar a algunos que lo vean simpático y hasta como dueño de una habilidad necesaria para gobernar".

Podría aventurarme a decir que las campañas electorales son la temporada alta del ridículo político, debiendo reconocer que sin duda es algo que admite este electorado (que somos todos nosotros). 

El punto, creo, es que en términos políticos esta sociedad se sabe ridícula, acepta lo ridículo y se siente representada por lo ridículo. Y no es de ahora, como he mencionado arriba es una carrera de postas de presidente a presidente con toda la comparsa de los espacios políticos corriendo detrás. 

Somos desde hace mucho tiempo, incluso desde varias décadas antes de 1983, un país ridículo con políticos ridículos. Ridículos, pero tan entendibles para nosotros como inexplicables para ciertas miradas extranjeras. Nuestra constante emergencia con sus urgencias coyunturales ayudó a que lo ridículo, como el voluntarismo vacío del pensamiento mágico, se normalizara. 

En atención a ese punto, es dable decir que el fracaso constante del pensamiento mágico finalmente logró que buena parte de los argentinos empezaran a recordar que 2+2=4. Ni 5, ni 3. 4.

Es un comienzo. Es la racionalidad que hace a la Libertad tal como supo entender George Orwell en 1984. Si seguimos afianzando esa racionalidad indefectiblemente nos alejaremos del ridículo y así también de la tolerancia al ridículo de los políticos. Aunque temo que para eso faltan varias sucesiones presidenciales. 

Para terminar quiero recordar una frase hermosa que se dijo aludiendo a la memoria del Presidente Roque Sáenz Peña: "aceptaba los cargos con elegancia y los devolvía con dignidad". Ojalá, alguna bendita vez, en lugar del ridículo sean la elegancia y la dignidad, el decoro, la ética que da forma bella a la estética republicana, lo primero en lo que la conducta de los políticos nos haga pensar.

Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía.
ESTADO LIBRE ASOCIADO DE VICENTE LÓPEZ

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