"¡NO CAERÁ!"
(En memoria de los combatientes de Curupaytí, 22 de Septiembre de 1866)
Después de horas de feroz matanza, el estruendo de la batalla ha dejado de oírse sobre los ensangrentados lodazales de Curupaytí. Sin haber logrado perforar las trincheras paraguayas, los argentinos se retiran del campo de batalla cargando centenares de muertos. Mientras, la banda de algún regimiento toca el Oíd Mortales. Lo cantan quienes no llevan un nudo en la garganta. La arrogancia argentina que vestía de gala para el combate, a pesar del dolor, se mantiene en la derrota, latiendo bajo los uniformes empapados de barro y sangre, destellando en cada lágrima que rueda por las caras tiznadas. La retirada es a cada paso la confusión de la furia y el alivio, de la culpa por sobrevivir y el deseo de volver a casa, del miedo y el coraje, de todas las contradicciones que nos hacen humanos.
A las cinco de la tarde el clarín paraguayo anuncia la victoria y gritos de algarabía estallan entre los defensores. La celebración será larga y se hará escuchar toda la noche en el campamento argentino, donde con sepulcral silencio se atienden heridos y se hace lista de los muertos. Una muy larga lista. Luego se conocerán las cartas que soldados caídos dejaron a sus familias. A sus madres principalmente. Así el subteniente Cleto Mariano Grandoli, abanderado del Batallón Santafesino con tan sólo 17 años, como el Capitán Domingo Fidel Sarmiento, joven de 21 años, enlistado en el Batallón 12 de Línea, escribieron anticipando que el resultado de la batalla sería adverso, una percepción que muchos compartían, pero que incluso siendo diezmados sabrían morir cumpliendo su deber para con la Patria. Honrando su palabra cayeron combatiendo.
Luego de cenar el teniente coronel George Thompson, un ingeniero británico que se enroló como oficial del ejército al comienzo de la guerra, camina por las líneas del frente que detuvo a los argentinos. Él fue quien las diseñó, devenido militar por amor al Paraguay se especializó en construir fortificaciones prácticamente inexpugnables. En su caminata contesta efusivos saludos de cada grupo de soldados que festejan la victoria. Las defensas permanecen intactas, ha hecho un muy buen trabajo.
A punto de volver sobre sus pasos alcanza a distinguir, un poco más allá, en lo que había sido puesto de mando táctico avanzado, la brasa de un cigarro. Sospecha quién podría estar allí y no se equivoca.
El capitán Ramón Giménez Vera, sentado sobre el terraplén, fuma con la vista fija en el campo del honor. Sus soldados lo aman a fuerza de admiración por dar el ejemplo. Desde el inicio de campaña muestra un coraje temerario, siempre entre la tropa, siempre cuidando de los suyos, no aflojando nunca, ni cuando le tocó ser herido. A Thompson le cae particularmente bien, tiene una mente despierta además de valentía. Pueden hablar con franqueza porque cualquier cosa que hablen quedará entre los dos. El ingeniero sube al terraplén, permaneciendo de pie a su lado.
- No se levante -dice cuando Ramón intenta pararse. Y de inmediato pregunta- ¿No celebra con sus soldados, capitán?.
- No creo que haya mucho que celebrar.
- ¿Por qué lo dice? Fue una victoria aplastante.
- Sí, lo fue. Muy poco inteligente que se empecinaran en atacar de frente.
- Estúpido, diría.
- Mucho. Un día extraño para los que cruzaron Los Andes. ¿No le parece?
- Mitre no es San Martín. Otra razón para celebrar, si van a sostener ese criterio estratégico hasta podríamos pasar a la ofensiva nuevamente.
- Mi teniente coronel... Los dos sabemos que eso no va a pasar.
- No. No va a pasar. Pero nuestro mariscal está muy contento, ganó la batalla desde Paso Pucú, apenas a unos kilómetros de acá...
La ironía en la voz de Thompson hace que los dos se miren sonriendo, con la complicidad de pensar aquello que no puede decirse: Francisco Solano López no es afecto a involucrarse en las batallas. El capitán suspira como quien se ahorra el comentario y vuelve sobre el desacierto táctico de los argentinos.
- Debo decirle que en esa estupidez de los curepas noté algo más que antes de hoy no tenía tan en claro.
- ¿A qué se refiere?
- Van a volver, no importa cuántos matemos, van a estar viniendo una y otra vez.
- En ocasiones la valentía se confunde con la idiotez.
- Todos corremos ese riesgo en esta guerra. Ellos, nosotros... No hace falta que nos pongamos a enumerar idioteces, ¿no?
- No. Se enumeran solas, mi amigo.
Con un dejo de resignación, Thompson alza las cejas llevando la vista a la profundidad de aquel lodazal mortal. Entiende el punto en la consideración del capitán. Encendiendo su propio cigarrillo por un momento imagina a los casi mil muertos argentinos levantándose como fantasmas. Conoce el valor de Giménez Vera y sabe que no habla por miedo.
- ¿Me quiere contar qué cosa observó que lo hace pensar así?
Lanzando el resto de su cigarro luego de una última pitada, toma el capitán su catalejo y lo usa como puntero para señalar el lugar al que va a referirse.
- Concentré el fuego de artillería sobre los que venían por allí. Yo arengaba a mis hombres en cada ronda de disparos gritando: "¡No caerá, Curupaytí no caerá!".
- Y no cayó.
- No fue lo único que no cayó.
- ¿A qué se refiere?
- Cuando los curepas se lanzaron al ataque divisé un abanderado, me propuse entonces capturar esa bandera que hacía flamear en alto. Dirigí el fuego sobre él. Y le dimos, alguna esquirla lo hizo caer de rodillas, pero no dejó de sostener la bandera. Otro la tomó de sus manos antes que se desmoronara ya muerto de cara al barro. Ese otro siguió avanzando. También le dimos. ¿Y sabe qué? Otro más tomó su lugar antes que sucumbiera. Seguimos disparando y también cayó. La bandera iba directo al lodo, por fin estaba suelta, pero cuando el paño ya acariciaba el suelo se volvió a levantar altiva. Perdí la cuenta de cuantos fueron, hasta que el último llegó bastante cerca. Por acá nomás. Fue cuando por fin decidieron parar la carnicería y tocaron retirada, le juro que ese último sosteniendo el asta con las dos manos y sacudiéndola de un lado para el otro, nos gritó desafiante: "¡No caerá!". Y retrocedió sin darnos la espalda hasta donde lo cubrió la humareda. Ordené que no le disparen dando la voz de alto el fuego. Ya habían muerto demasiados y esa bandera no merecía ser trofeo.
Emocionado, el capitán se toma el tiempo de prenderse otro cigarro. El humo al pasar por la garganta afirma la sentencia en la voz.
- Ya ve, por eso no celebro. Curupaytí no fue hoy lo único que no cayó.
A MODO DE EPÍLOGO:
EL SOLDADO CARRANZA EN CURUPAYTÍ
Ayer soñé con el soldado Carranza
abanderado del Primero de Línea,
el honor en la mirada sanguinea
y en el horror de la terrible matanza
llevando el kepi hacia atrás, la furia en pie
con la bandera que no dejó caer.
El lodo, la sangre y el grito sagrado
el humo tiznando el ataque quebrado,
todo sentía perdido y sin embargo
sobre la derrota y el amargo sino
gritó su orgullo de soldado argentino.
¡Honor a los combatientes y Gloria a los caídos!


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