30 DE OCTUBRE DE 1983 Y LA ILUSIÓN DEMOCRÁTICA



Tenía 17 años y cursaba el último año del bachillerato en el Instituto Cervantes (que ya no existe) cuando el 30 de Octubre de 1983, después de dos guerras, una ganada y otra perdida, la República Argentina se aventuraba nuevamente a regir su destino a través de las urnas. Se suponía que las sociedades aprenden las lecciones que dejan las guerras, pero no fue el caso.

Desde el presente contemplo aquel pasado, que entonces era todo promesa de futuro, con un pesar que poco tiene que ver con la nostalgia. Es, casi, resignación. Y tal vez esté escribiendo "casi" por autocomplaciente.

Lejos de ser la "Generación de la Nueva República", como durante buena parte de mi juventud me gustó creer que seríamos por emular a la gloriosa Generación del 80 aquellos que siempre votamos desde el "retorno de la democracia", con el resultado a la vista de todos somos lo poco y nada que hemos sabido ser: habitantes de un país malamente administrado y subvertido en su cultura al punto que se le impuso la culpa de haber sido y prevalecido; como si alguien desde el hoy tuviera más altura moral que los que nos antecedieron en la historia. 

El mayor logro de esta democracia berreta es no haber interrumpido nunca el calendario electoral, aunque las elecciones sean una farsa donde a través de las PASO, las camarillas a cargo de partidos políticos sin vida institucional y en los que el voto de los afiliados no cuenta, fingen legitimar una representatividad que no tienen.

No cabe engaño ni ilusión respecto a lo que tenemos, una democracia trucha devenida instrumento de una casta política, cuya partida de nacimiento fue el espurio Pacto de Olivos entre Carlos Menem y Raúl Alfonsín a través del cual los políticos se pusieron por sobre la Constitución Nacional para mal reformarla al capricho de sus intereses en lugar de los intereses de la Nación. Menem quería reelección inmediata y Alfonsín se la concedió al precio vil de unos cuantos senadores. 

De allí en más sólo decadencia institucional. No les importaba otra cosa que el interés inmediato de las facciones políticas en el poder a los políticos que manosearon la Constitución. Prueba de ello es que incorporaron como gran cosa la figura del Defensor del Pueblo de la Nación, pero ese órgano constitucional apenas existe hoy como una burocracia inútil por una acefalía que inició el 23 de Abril de 2009 y se proyecta eterna. Hay quienes se van a jubilar como funcionarios de esa burocracia inútil.

17 años de incumplimiento constitucional insinúan la derogación de facto por desuetudo. No tuvimos los ciudadanos la disponibilidad de contar con ese órgano constitucional cuando con pretexto de pandemia el régimen kirchnerista, a través del decreto de Alberto de la Fernández que el 19MAR20 derogó de facto la Constitución Nacional, se convirtió en dictadura.

Y como si tampoco existieran fiscales con vocación de guardianes de la Constitución Nacional, la infeKtadura, la verdadera última dictadura que padeció la Argentina, todavía sigue impune. Asquerosamente impune. 

La razón por la que el kirchnerismo no pudo eternizarse a través de la infeKtadura fue que abusando de tomar por estúpida a la sociedad, hablando como imbéciles que no entienden el castellano, negando que dos más dos son cuatro y no cinco ni tres, provocaron un hartazgo que no pudieron controlar.  

Por eso hoy el Presidente es Javier Milei, surgido como un fenómeno disruptivo y no Sergio Massa que (siendo ya como ministro de economía presidente de facto en el final de Alberto de la Fernández) significaba la continuidad de todos los delirios que habían saturado a los argentinos. 

Y este es el presente, que no hace falta se lo explique a nadie. Está a la vista de todos. Un cambio de rumbo que hasta no consolidarse será precario, con el riesgo de volver una y otra vez a los dramáticos vaivenes del péndulo.

Un gobierno que tiene serias falencias de conducción política y que no se ha diferenciado de los demás actores políticos construyendo un instrumento partidario con vida institucional y voto de los afiliados. No voy a repetir lo que saben mis lectores elogio y critico del gobierno del Presidente Milei, baste advertir que como era previsible el país sigue en condiciones críticas.

Este 30 de Octubre de 2026, evoco al joven de 17 años siendo un sexagenario cansado que, tal vez viviendo un par de años más, ya ni sueña con ver realizada la ilusión de sentirse parte de una generación tan relevante como lo fue la del 80. Nosotros somos apenas unos que pasan.

Lo que conservo, sí, son mis convicciones. No tengo dudas que el camino para que la Nación Argentina logre ser y prevalecer es alcanzar y sostener la irrestricta supremacía de la Constitución Nacional.

Y ahí tenemos otro problema que dista de ser resuelto: el poder judicial (así, en minúsculas). Afirmo, sin que nadie haya podido refutar esta observación, que ningún país con mayoría de jueces honorables, probos y eficientes, se precipita al daño institucional, la degradación cultural, la miseria material y hasta la merma intelectual por la que desbarrancó la República Argentina.

Hay que amar a la Patria para honrar la Constitución Nacional. Y no sé cuantos políticos y jueces profesen ese amor, pero hasta ahora no son suficientes. Diría que apenas son la excepción que confirma la nefasta regla.

Cierro para dar cumplimiento a un ritual al que en ocasiones recurro para validar aquello de Borges sobre que "Siempre el coraje es mejor. La esperanza nunca es vana". 

Es un rito muy simple, echo rodilla derecha a tierra, apoyo mis manos en la rodilla izquierda, bajo la cabeza en señal de respeto imaginando estar ante los que dieron su vida para que la Patria viva, y recito la versión completa de los inmortales versos del Oíd Mortales! que nos legara el Bardo de la Libertad, Don Vicente López y Planes.

Consérvense buenos.

Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía.
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