Leyendo varios posteos de amigos paracaidistas celebrando el día de su especialidad (11 de Octubre), recordé una anécdota que tenía olvidada.
Siempre tuve ganas de saltar pero no se dio y en su momento tomar un curso no estaba disponible para mi bolsillo. Hoy y desde hace mucho tiempo ya ni lo intentaría. De hecho cuando ocurrió lo que paso a relatar ya no tenía ningún deseo de saltar, pero a veces lo que uno desea, o no, deja de tener importancia.
Revistaba yo en Inteligencia y como tal acudí acompañado de mi segundo a un evento protocolar organizado por una fuerza (voy a omitir cual). Luego, café mediante, conversando distendidamente con un grupo de oficiales surgieron bromas de pica entre ellos y nosotros. Todos nos divertíamos, nadie tomaba a mal ninguno de los chistes, y en ese contexto el oficial de más rango (un tipazo, debo decir), decidió subir la apuesta tomando como excusa una ocurrencia risible sobre el coraje de unos y otros. Entonces dejó caer que tenían previsto realizar una serie de saltos en paracaídas, para con premeditada picardía soltar la desafiante invitación:
- ¿Quieren saltar con nosotros?
Confieso que no la vi venir, pero si noté la sonrisa sarcástica esperando la previsible escapatoria de mi parte.
- Sí -respondí-. Con muchísimo gusto -mentí-, cuente con nosotros.
- ¡Ah! ¿Ustedes son paracaidistas también?
- No, pero somos de Inteligencia, aprendemos rápido. Más rápido que otros. Nos explican cómo y saltamos.
Mi segundo se había puesto en modo póker: la leve sonrisa contemplativa en su cara con fantástica capacidad para no trasmitir absolutamente nada. Nos quedamos todos viéndonos de tal forma que el chiste había dejado de ser un chiste.
- Listo, nos dice cuando y estamos.
- Me encargo -dijo el oficial y nos dimos un apretón de manos.
Saliendo del encuentro mi segundo me dice:
- No tengo ninguna gana de saltar en paracaídas y muchas de matarte.
- Sabés que no podía decir otra cosa.
- Sí.
- Y si tenemos que saltar vamos a saltar, esperemos saber disimular el miedo.
- Haceme acordar un día antes del salto que los compre.
- ¿Qué cosa?
- Un par de pañales para adultos.
- Que sean grandes…
En lo inmediato no volvimos a tener noticias de la "invitación", pero a los dos días, por otra cuestión, tuve una reunión con el jefe de esa fuerza. Resuelto el asunto que había convocado le señalé que esperábamos recibir la invitación para saltar en paracaídas. Para mi alivio el jefe comenzó a explicar que por razones de responsabilidad ante cualquier accidente no podía autorizar que participara del salto personal que no sea de la fuerza. Le dije que estábamos dispuestos a firmar que saltábamos bajo nuestro propio riesgo, pero aún así se mantuvo firme. Por suerte…
Más tarde me encontré con el oficial que lanzó la invitación: "Para que conste, arrugaron ustedes no nosotros", le dije y reconociendo que la humorada no había salido como esperaba contestó con una jocosa puteada al jefe de la fuerza por haber negado el permiso.
Vaya en esta anécdota, de humoradas cruzadas por orgullos profesionales, mi respeto y admiración hacia quienes tienen el coraje de lanzarse desde el cielo confiados en la tela y en su fe.
Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía.

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