jueves, 31 de julio de 2008

FE DE ERRATAS

Una muy diligente lectora me ha hecho notar por mail que, en el cuento "Tigre Mc Laren: Una cultura por otra", puse en boca de Leo Carrera expresiones erróneas. Admitiendo que la dama tiene a la razón de su parte, procedí a corregirlas. El Canal Encuentro no comenzó sus emisiones en el año 2005, lo hizo en el 2007. Y depende del Ministerio de Educación, no del Ministerio de Cultura que no existe como tal y es una Secretaría de la Nación. Sucede que algunos, ya veteranos jugadores con varias sotas en la mano, seguimos creyendo que Educación y Cultura deberían ser el mismo ministerio.

Pude omitir las correcciones, pues al fin y al cabo Leo Carrera es un billarista de ficción (aunque con su nombre pretendo homenajear al quíntuple campeón mundial de billar Pedro Leopoldo Carrera, 1914-1962, nuestro Leo es Leonardo, detalle que pensaba tratar en algún otro cuento de Tigre) chamuyando con un amigo en el café del barrio, no un conferencista que deba ser exacto en los datos que trasmite. Sin embargo me doy cuenta que no son la clase de errores que puedan tomarse como libertades literarias, así que para despejar el camino al fondo de la cuestión lo corregí de inmediato.

Hecha la aclaración, agradezco una vez más los correos recibidos.

TIGRE MC LAREN: UNA CULTURA POR OTRA.




Las publicidades dirigidas al comprador compulsivo que por televisión alientan la adquisición de las más sofisticadas estupideces nunca dejan de sorprender. Lo último en entrenamiento personal para físicos consumistas, destruidos por la pereza, el sedentarismo y la falta de voluntad para cambiar los malos hábitos que impone la sociedad de mercadeo masivo es un verdadero prodigio: tecnología de vibración con acción potenciada de ocho grados. Dice la publicidad que diez minutos de estar parado en ese artefacto soportando el tembladeral bajo los pies equivale a una hora de ejercicios aeróbicos, y hay que ver lo bien torneadas que se ven las piernas del muchachote aceitado y la joven atleta que hacen la demostración. ¡En Hollywood todos quieren tenerla!, asegura la voz en off. Sin transpirar, sin el agotamiento de acudir al gimnasio, sin rigurosas rutinas y en forma entretenida es posible moldear, afirmar y tonificar pantorrillas, muslos, glúteos, abdomen, pecho y brazos. Casi puede sentirse la tentación de levantar el teléfono y comprarlo antes que se agote. Pero entonces aparecen esas inevitables fotos del antes y el después. Tienen un dejo de álbum familiar: la del antes remite a grandes comilonas, asado con tinto de fin de semana en la quinta del abuelo, cuando ya sólo quedan cenizas en la parrilla y algún tío pipón es fotografiado con la panza afuera jactándose de necesitar el uvasal; la del después es el mismo tío pero de vacaciones, posando en la playa a pecho inflado y ocultando el abdomen.

Tigre Mc Laren, dedicado a pintar un mural que hace años no termina, escucha desde el andamio el siempre agradable sonido de las bolas del billar premiando en carambolas el tacazo preciso. El billar sobrevive en el café del barrio, acaso formando cofradía con los adoquines que todavía no tapa el asfalto y el antiguo aviso de los edictos policiales. No es de extrañar que en ese ambiente castañeano de Café La Humedad, aunque fuera de los límites de la General Paz, sea parte de la charla mofarse de ciertas quimeras del confort. Mientras pone tiza y pita el Marlboro estudiando el próximo tiro, Leo Carrera mira de reojo el estado de la obra que, adivina, seguirá inconclusa por mucho tiempo, quizá por siempre. Deja el pucho en el cenicero de Cinzano, camina acariciando el paño y encorvándose sobre la banda dice:

- Imaginate, Tigre, que si eso de las vibraciones pudiera funcionar La Gorda Beto no sería gordo, ni llevaría el culo arrastrando por los talones.
- ¿Por?
- Porque desde que lo dejó el chongo ese que tenía… ¡Otra que diez minutos de vibrador! Pero es así, ¿viste?... Hay gente que compra cualquiera.

Desde la barra, franeleando los vasos tras empañarlos con su propio aliento, el dueño del boliche, Gallego de sobrenombre aunque con sangre de otras europas en las venas, deja salir la risa. Otra carambola sobre el verde, una pasada de pincel en el detalle bajo el cielo raso, alguien que pide cerveza con maníes. Y Carrera que sigue filosofando:

- Es así, compramos cualquiera Tigre. Nos llevan para donde quieren. A veces de modo chocante, con esas publicidades que están hechas para gente que ya no se resiste y se deja arrear como ganado con la tarjeta de crédito en la mano. Pero, otras veces, con asuntos mucho más jodidos, son más sutiles.
- ¿Por ejemplo?
- Un día te tirás en el sillón a ver la tele, vas cambiando de canal y te encontrás que desde el 2007 el Ministerio de Educación de la Nación emite un canal que se llama “Encuentro”, y tiene un logo que está ahí, como queriendo pasar desapercibido, y no le das mucha bola. Hasta que lo ves bien y decís: “Eso… ¿Qué es?” Lo que parece te hace pensar que no debe ser lo que parece. Pero muchas veces las cosas son lo que parecen, y sí, cuando lo ves bien te das cuenta que es nomás eso que parece: un espejo con dos rayas de cocaína. Porque una E enfrentada con otra E invertida es un espejo, y si encima tiene dos rayas de tiza eso no es un pizarrón, es que para algunos “Encuentro” significaría yunta para darse saques de blanca.
- ¿Desde el Ministerio de Educación?
- Suena loco, ¿no?
- Bueno, ahora que lo decís…
- ¿No te habías dado cuenta?
- No, no veo mucho cable. Pero tenés razón, pensándolo un poco parece eso que decís. ¿Será casualidad?
- No, no existen este tipo de casualidades Tigre. Pensá esto, primero te ponen como emblema del canal cultural un espejo con dos rayas de merca, y lo dejan ahí, instalándose como si tal cosa, en medio de la indiferencia general. Otro día te enterás que anda circulando una revista de cultura marihuanera, y que no es apología del delito sino ejercicio de la libre opinión. Después, en medio del despelote que armaron contra el campo, escuchás a la máxima autoridad del país decir que la soja es un yuyito que crece en cualquier lado.
- ¿Y eso qué?
- Esperá que hay más. Ahora que la cosa se distendió por el voto del Vicepresidente Cobos, pero cuando todavía no se resolvió, este mismo Gobierno se lanza con todo a plantear la despenalización del consumo de drogas.
- Bueno, Leo, es evidente que la falopa anda suelta por la calle, no está mal replantearse las políticas a seguir.
- Juntá los datos: El Ministerio de Educación tiene por logo de su canal un espejo con dos rayas de cocaína, la soja es un yuyito que crece en cualquier lado, hay que despenalizar el consumo de drogas… ¿Sabés cómo sigue esto?
- Decime, pero estás mezclando lo del campo con la falopa, creo que son dos cosas distintas.
- Eso es lo que quieren que pienses. El próximo paso, y me parece muy claro, es terminar con esos chacareros amargos que “no entienden” las buenas intenciones de los gobernantes para reemplazarlos por jamaiquinos onda Bob Marley, que en lugar de soja cultiven sus fumos y no anden rompiendo las pelotas con tractorazos y esas yerbas. Un yuyito por otro, una cultura por otra. “Todo bien, todo piola”.

Tigre Mc Laren revuelve las cerdas del pincel en la pintura negra. El taco va y viene buscando el punto de impacto. El Gallego arroja a la calle la tapita de otra cerveza. Alguna voz en las mesas dice extrañar el fútbol. Hablan de pases, de ventas millonarias y clubes quebrados. Tigre pinta en silencio, Carrera susurra: “Nada es casualidad”.



Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
Estado Libre Asociado de Vicente López

sábado, 19 de julio de 2008

BREVE ANECDOTARIO DE PRESIDENTES Y VICES.

BREVE ANECDOTARIO:

SOBRE LA FIGURA DEL VICEPRESIDENTE
Y CIERTAS AMBICIONES PRESIDENCIALES.

Mi voto no es positivo”. Jornada histórica la del 17 de Julio de 2008, propicia para intentar algunas reflexiones sobre el rol institucional de la Vicepresidencia de la Nación y las ambiciones presidenciales.

La figura del Vicepresidente contribuye a dar expectativa de continuidad a la gobernabilidad del sistema presidencialista, es un cargo de la mayor responsabilidad que cobra relevancia en situaciones de crisis, por ende sumamente ingrato.

Acaso haya quedado en evidencia tempranamente, cuando el Presidente de la Confederación Argentina Santiago Derqui, jaqueado por Buenos Aires y la deserción de Urquiza, se vio obligado a abandonar el país el 08 de Noviembre de 1861. En ese contexto le tocó al Vicepresidente Juan Esteban Pedernera, en acuerdo de Ministros, firmar el acta de defunción del Gobierno Nacional declarándolo en receso “hasta que la Nación reunida en Congreso, o en la forma que estime más conveniente” pudiera salir del atolladero.

Sin embargo nadie arrojó suspicacias sobre segundas intenciones en Pedernera. No correspondían.

El Presidente Bartolomé Mitre (1862-1868) depositó la mayor de las confianzas en el Vicepresidente Marcos Paz, en quien delegó la Presidencia para dedicarse a la conducción militar de la Guerra del Paraguay. La lealtad y el honor seguían sin estar en duda, y eso que por aquellos años ya se fabricaban unas roscas de maestro panadero. Curiosamente, siendo dable suponer que por su rol de reserva el Vicepresidente debería tener una expectativa de vida mayor a la del Presidente, Marcos Paz falleció el 02 de Enero de 1868.

La aprehensión cultural hacia el Vicepresidente parece haber sido iniciada por el Presidente Domingo Faustino Sarmiento (1868-1874), quien miraba con recelo al Vicepresidente Adolfo Alsina. La única ocasión en que Sarmiento delegó el mando en el Vicepresidente tuvo lugar durante su visita a Justo José de Urquiza en Febrero de 1870. Desde antes de asumir la Presidencia Sarmiento evidenció antipatía por Alsina, dejando trascender que la función que le reservaba a su compañero de fórmula, al que calificaba de “compadrito porteño” era la de “Presidente del Senado para tocar la campanilla”. Consecuencia de ese ninguneo sarmientino, el diario La Nación satirizando con el jocoso verso “Vida del famoso moro Al Ben Razín” a Sarmiento, propenso a jactarse del origen árabe de su apellido, apodó a Alsina con el ingenioso apodo de “Alí Sinah Ben Tilín”. Desde entonces muchos presidentes argentinos han querido limitar al Vicepresidente a sacudir la campanita del Senado para llamar a sesiones.

El curso de la historia, antes de ahondar las desconfianzas de los presidentes hacia sus vices, iba a evidenciar otra arista institucional que, probablemente, también sea importante tratar de comprender: la pretensión de todo presidente que cumple mandato de encontrar en su sucesor mecanismos de continuidad de lo que –legítimamente- considera su obra. El Presidente que se va quiere, desea, aspira a que su influencia no se diluya. Así, Julio Argentino Roca pretendió en 1886 que Miguel Juárez Celman –su cuñado y delfín- actuara guardándole cierta subordinación moral. Pero ocurre también, que todo Presidente que llega a la Casa Rosada percibe de inmediato que es por él, y sólo por él, que suenan los tacos de los granaderos. Muy pronto Juárez Celman, para desazón de Roca, decidió ser el Presidente Juárez Celman. Ciertamente no fue un intento exitoso, su estilo de roquismo sin Roca quedó definido como “el unicato” y concluyó desastrosamente en 1890 tras la fallida Revolución del Parque, aquella comedia de enredos magistralmente sintetizada en la famosa frase acuñada por el Senador Manuel Pizarro: “La revolución está vencida, pero el gobierno está muerto”.

Esa vez, frente a la crisis, le tocó al Vicepresidente Carlos Pellegrini asumir la Presidencia de la Nación, ganándose para la historia el título de “Piloto de tormenta”. No iba a ser el último.

José Evaristo Uriburu se hizo cargo de la Presidencia el 22 de Enero de 1895 con la renuncia del débil Luis Sáenz Peña, caricaturizado como un pavo por los dibujantes de la época, y cuya postulación presidencial había sido una argucia fomentada por Roca y Mitre para lograr que su hijo, Roque Sáenz Peña, declinara de competir por la presidencia en representación de la corriente modernista.

El 12 de Octubre de 1898 Roca asumió su segundo mandato presidencial, llevando como Vice a Norberto Quirno Costa. Seis años después lo sucedía Manuel Quintana, quien por motivos de salud iba a entregar el cargo a su Vicepresidente José Figueroa Alcorta.

El 12 de Octubre de 1910 llega a la Presidencia de la Nación Argentina Roque Sáenz Peña. Este Presidente, que al decir de Octavio Amadeo: “No se incrustaba en los cargos públicos; los aceptaba con elegancia y los devolvía con dignidad”, es de entre todos los presidentes de la historia argentina el que mayor simpatía me despierta. Lamentablemente, su salud le impidió completar mandato, y tras pedir licencia sin término el 04 de Febrero de 1914 fallece el 09 de Agosto del mismo año, por lo que el Vicepresidente en ejercicio de la Presidencia Victorino de la Plaza asumió la Presidencia hasta cumplir mandato.

Como vemos en esta breve reseña, el Vicepresidente ejerce un cargo de expectativa que merece una mayor consideración que la pobre idea sarmientina de restringir su función al tintineo de la campanilla. Enfermedad o muerte del Presidente, crisis de toda índole, guerra, son circunstancias probables que como tales han sido previstas por los constituyentes para la entrada al juego de ese hombre sentado en el banco de los suplentes. Pesada responsabilidad la de ser Vicepresidente.

Ya dando saltos al presente, me parece oportuno ahondar en esa inercia por perpetuarse que experimentan los presidentes al dejar la función. Así como no le fue bien a Roca con Juárez Celman, tampoco logró jugar al titiritero Hipólito Yrigoyen con Marcelo Torcuato de Alvear, del que esperaba al menos un rol de consulta y obtuvo en cambio total independencia. Según palabras de Manuel Gálvez “Alvear sabe que, si nombra ministros a los fieles de Yrigoyen, no gobernará él sino Yrigoyen. Tiene el sentido de su deber, y entre la amistad o el agradecimiento, por una parte, y el deber, por otra, no vacila. Sus ministros son viejos radicales, aunque no pertenezcan al círculo hipolitista. Él admira y quiere a Yrigoyen, pero su dignidad le impide entregarse a su dominación”.

De 1930 a 1983 la lógica institucional de la política quedó profundamente acotada por la irrupción de los golpes militares y el surgimiento en la década del cuarenta del liderazgo de masas de Juan Domingo Perón. A diferencia de los presidentes del Siglo XIX, Perón no buscó prolongar su mandato mediante un delfín, sino que directamente y reforma constitucional mediante logró la reelección inmediata. Los vicepresidentes no fueron un problema para Perón en sus dos primeras presidencias, el problema lo tuvo el país cuando a la tercera en 1973 se concretó la fórmula Perón-Perón. El fallecimiento del viejo líder dejó el país en las incapaces manos de Isabel Martínez de Perón, con los resultados por todos conocidos.

Reinstaurada la democracia en 1983, Víctor Martínez fue algo así como el Vicepresidente de las campanillas, el ideal de la concepción sarmientina. El Dr. Raúl Alfonsín no experimentó ningún sobresalto por ese lado, ese cuarto de la casa siempre estuvo en orden. Con el Dr. Carlos Saúl Menem resurge la idea de la reelección inmediata y en esos juegos de poderes la figura del Vicepresidente vuelve a ser vista con desconfianza por lo que rápidamente Eduardo Duhalde renuncia a ella para postularse a la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires. Malo para la República. Tras cumplir su primer período sin reemplazar al Vicepresidente, como si fuera aquella una autoridad innecesaria, Menem inicia su segunda presidencia acompañado por Carlos Ruckauf. Tras diez años de menemismo, durante la Presidencia de Fernando De La Rúa el escándalo de los sobornos por la Ley de Trabajo en el Senado de la Nación provoca el enfrentamiento entre el Presidente y el Vicepresidente Carlos Álvarez, quien con gran daño para el país presentó su renuncia. Los constantes desaciertos del Presidente De La Rúa y sus pescados crudos (esos inútiles despreciables del Grupo Sushi) concluyó en la violenta crisis del 2001 que nos acercó peligrosamente a la anarquía del Año XX, con una acefalía de tal ingobernabilidad que costará olvidar las risas de Arnold Schwarzenegger preguntando a Marley -en medio de una entrevista por cosas del cine- cómo se llamaba el Presidente argentino de ese día.

Frente al desbande social el entonces Senador Eduardo Duhalde, ungido Presidente de la Nación por la Asamblea Legislativa, condujo el país a la normalización institucional, promoviendo la candidatura presidencial de Néstor Kirchner. La creencia popular es que esperaba, igual que Roca con Juárez Celman e Yrigoyen con Alvear, mantener una gran cuota del poder detrás del llamado Sillón de Rivadavia. Pero Kirchner entendió que los tacos de los granaderos (milicos, mal que le pese) sonaban por él, y una vez más un Presidente decidió ser Presidente (mal que me pese, para ser franco).

Se me ocurre que las líneas que a continuación transcribo, escritas por Roca en relación a Juárez Celman, bien podrían pasar por una descripción de Duhalde refiriéndose a Kirchner:

No tengo nada que esperar sino que continúe con sus maldades y bajezas conmigo. Las viles y ruines pasiones que nuestro presidente tenía en germen y medio ocultas, han florecido espléndidamente en el poder. No en balde en Córdoba el instinto público lo repulsaba y lo repulsa siempre. Sólo yo he sido el cándido que no he sospechado el egoísmo sin límites, la avidez y la falta absoluta de instintos nobles y hasta el sentido moral de Juárez. No hablaré de su ignorancia porque he podido suplirlo con un poco de sentido común (…) Pero mi pesar más grande es la responsabilidad que tengo ante el país por tanta torpeza que he cometido al servir de puente y barrer el camino a tanta inmundicia, así, todo lo que a mí me hagan es merecido por bruto”.

El notorio maltrato al que como Presidente sometió Néstor Kirchner a Daniel Scioli, quien durante la campaña electoral se presentaba como un Vicepresidente no limitado a tocar la campanilla, pues participaría de algunas decisiones y manejaría áreas en las que venía trabajando tales como deporte y turismo, reflotó los viejos recelos. Scioli no renunció y se quedó tocando la campanilla, lo cual fue bueno para la República, pero concluido el mandato terminó asimilado al kirchnerismo, convalidando así las humillaciones y el maltrato con una vocación de felpudo que más que hablar de lealtad, compromiso republicano y ánimo conciliador (virtudes que muchos creímos y quisimos ver en él) denuncian falta de personalidad.

Kirchner, rompiendo lo que ya era una tradición de los presidentes peronistas iniciada por Perón y ratificada por Menem, no se presentó a la reelección inmediata, pero eligió e impuso como delfín a su propia esposa. Cristina Fernández de Kirchner es la primera mujer que llega a la Presidencia encabezando la fórmula, y es notorio que su trayectoria demuestra capacidades que desestiman cualquier comparación con Isabel Perón. Pero, a diferencia de Juárez Celman, de Alvear, y del propio Néstor Kirchner, ella convive con el ex Presidente. Ese es otro dato inédito de la política argentina, que me lleva a concluir con esta pregunta cuya respuesta encomiendo al lector: ¿Se dará cuenta que es por ella, y sólo por ella, que suenan los tacos de nuestros granaderos?


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha.
http://www.plumaderecha.blogspot.com
Estado Libre Asociado de Vicente López.

martes, 8 de julio de 2008

"EXPANSIÓN", un cuento de Ariel Corbat.



Las oficinas del cuarto piso fueron producto de la remodelación emprendida años atrás. Como casi toda remodelación aquella se hizo a las apuradas y procurando evitar gastos. No podía ser bueno el resultado de la improvisación y la tacañería, características que la gerencia de la empresa se empeña en disfrazar con el simple recurso de adosarle a los hechos alguna etiqueta elegante. Es parte de la política empresarial, mala copia de las costumbres japonesas, aturdir a los empleados con discursos de fidelidad a la firma en los que impostando palabras se repiten frases de acústica positiva, tipo: “flexibilidad frente a los cambios”, “racional austeridad de recursos”, “inversión emergente planificada” y –esta es mi preferida, aunque por lo que voy a narrar resulte tristemente profética- “proyecto de crecimiento sostenido que no se detiene frente a las estrecheces de la coyuntura”.

Antes de lo que se denominó “el boom productivo del sector” trabajábamos en el piso solamente ocho empleados administrativos, y dábamos abasto con sobrada eficiencia. Con la apertura del mercado asiático las cosas cambiaron radicalmente, ingresó nuevo personal y en la dinámica de la expansión los jóvenes no tardaron en pasarnos por encima. Literalmente. Nos relegaron a tareas de archivo en los pequeños, incómodos y mal ventilados gabinetes del fondo. Quedamos acorralados. Para hacerla completa estancaron nuestros sueldos y retaceándonos tareas impusieron férreos controles de horarios. La idea de echarnos a la calle rondaba por la gerencia; pero no querían pagar abultadas indemnizaciones a tipos que ya tenían pie en el umbral de la edad jubilatoria, por ello apostaban al abandono. Un abandono que era algo más que indiferencia, la oleada joven no iba a respetar canas ni tradiciones, esa generación del fast food lo quiere todo ya, venían a comerse el mundo sin importar cuanta basura quedase en el camino. Éramos grasosos envoltorios de hamburguesas hechos bollo sobre la bandeja con las sobras. Ellos querían ocupar esa mesa y que nos fuéramos dejándosela limpia. La tácita orden de degradarnos para forzarnos a renunciar se hacía sentir cada día más. Las miradas de los otros empleados nos caían encima desplegando una mezcla de sorna y desafío, como si cualquiera de ellos puesto en nuestros zapatos estuviera seguro de poder responder orgullosamente frente a los agravios. De haber podido hubiéramos dado el portazo, acaso si hubiésemos creído tener alguna chance fuera, revivir algunos altivos bríos de juventud. Ya cincuentones desesperanzados no guardábamos ni resabios de dignidad. Nos amoldamos a leer el diario, hablar de fútbol y dormitar con disimulo decreciente a intervalos más o menos largos en las ocho horas diarias de labor, que es un decir.

El Gordo lo tenía claro, lo repetía cada vez que se daba la oportunidad: “¿Dónde mierda vamos a ir? No quiero cagarme de hambre, por eso me quedo. Por eso”. Vencidos, sí, totalmente entregados a las crueldades del destino. A veces pasaban quince días sin que ningún personal de higiene viniera a limpiar el sector, bautizado “Egipto” en alusión a las momias enterradas que veníamos a ser nosotros. Esa dejadez incluía, desde luego, a nuestro baño “de uso exclusivo”. Debíamos traer jabón, toallas, papel higiénico y hasta lavandina para mantenerlo limpio. También las lamparitas cuando alguna se quemaba. Si hay algo realmente deprimente es tener que defecar a oscuras y destapar luego el retrete a fuerza de sopapa. Para usar otro baño se nos exigía pedir permiso por escrito, humillación en la que nunca caímos. Y esa resistencia nos hacía sentir muy rebeldes, indomables. Aunque nos supiéramos ocho viejos reblandecidos. De algún extraño modo reivindicábamos nuestra devaluada autoestima al no abandonar el baño. Un baño de remodelación pensado por algún arquitecto enano, que logró meter dos mingitorios, inodoro, ducha y lavabo apoyándose en regulaciones de construcción que únicamente podrían tener racionalidad en la Ciudad de los Niños.

Abriendo la puerta se encontraba una suerte de recibidor con el lavabo. Al costadito, por la derecha, un pasillito angosto con dos mingitorios adosados a la pared. Si se meaba en el primero se tenía el final de la espalda rozando la puerta del gabinete con el inodoro, por eso se prefería usar el segundo enfrentado con la cortina de la ducha. Pronto hicimos desaparecer la cortina, al fin de cuentas nadie iba a bañarse. La puerta del inodoro se abría para dentro y la hoja, aunque angosta, pasaba a menos de un centímetro del sagrado trono, si la tapa estaba baja golpeaba en ella. Defecar con privacidad exigía seguir procedimientos de manual: abrir a medias la puerta, levantar la tapa si estaba baja, abrir del todo la puerta, pararse colocando las piernas a los costados del inodoro, entornar la puerta, bajar la tapa, sentarse y desde allí darle “ocupado” a la cerradura.

El problema lo tenía El Gordo. Al principio le costaba horrores cerrar la puerta del bañito, pero lo conseguía. Claro que con todo el desgaste psicológico que implicaba nuestro estatus de sobras administrativas, empezó a comer con mayor voracidad. Los nervios, la ansiedad, el aburrimiento, la incertidumbre, acentuaron su natural gula haciéndolo ejercitar la mandíbula tanto como a García se le daba por la bebida, al Tano, lo mismo que a Gutiérrez por fumar, y al Negro Biglia por salir de putas. Bueno, el Negro siempre fue putañero, pero con esto de los nervios, la ansiedad y el aburrimiento cayó en el descontrol, sus niveles de selectividad cayeron bajo, a tono con la medida del respeto por sí mismo, realmente muy bajo. Le bastaba cualquier cachivache con tres agujeros penetrables, y si al comienzo exigía pelo y dientes propios comenzó a dar por buenos los postizos flojos. Chezzo andaba violento, se agarraba a piñas por la calle con pretexto ridículos y cobraba casi siempre. Era de puro masoca que se peleaba, buscaba que fuera otro el que le diera los cachetazos que sentía merecer. El Toto Ferberg se mataba con ansiolíticos y torraba la mayor parte del tiempo. ¿Yo? Yo me puse más pelotudo que nunca y se me dio por las bromas pesadas. Cuando noté que El Gordo ya no podía entrar al bañito y sentarse sin dejar la puerta abierta lo agarré de punto. El Gordo había dejado de ser gordo para ser obeso, pero ninguno de los demás vimos crecer en ese espejo nuestras propias debilidades. La joda la inicié yo yendo a mear en el mingitorio frente al bañito mientras el gordo cagaba ahí sentado en exhibición, el chiste era tirarle pedos en la cara. Pedos estrambóticos, largos, ruidosos, denigrantes. Se ofuscó, puteó y amagó con levantarse –no podía hacerlo sin gran esfuerzo y nunca rápidamente-. “¡Que los disfrutes, Gordo!”, le dije entre risas tras subir la bragueta y previo lavado de manos salir del baño. El Gordo seguía puteando. A los demás les pareció una genialidad, no solamente celebraron mi ocurrencia sino que nos pusimos al acecho: cuando El Gordo cagaba los pedorreábamos de lo lindo. Era bueno tener alguien a quien maltratar, aunque fuera uno de los nuestros. Ni bien el Rey Momo entronizaba sus reales, uno detrás de otro íbamos a mear y tirarnos pedos en su cara. El último solía apagarle la luz. “Es una muestra de cariño, Gordo”, dijo cierta vez García mientras mitad por la mamúa consuetudinaria, mitad por las risas, se meaba los zapatos y palometeaba fiero los calzoncillos. “¡Huy!… Me salieron pedos líquidos Gordo. Pasame el papel higiénico que me tengo que limpiar el culo”. El Gordo le dio el papel, el borracho se secó el traste frente al lavabo y se fue del biorsi dejando bollos de papel usado sobre la mesada y el rollo arriba de la canilla. Celebramos esa turrada de obligarlo al pobre Gordo a salir del inodoro con los pantalones bajos para buscar el rollo de papel. Ese mismo día El Gordo lloró. Dejaba caer enormes, pesadas, tristes lágrimas contando que después de limpiarse había quitado de arriba de la mesada los papeles usados por García y limpiado todo. Suplicó que no siguiéramos con esa broma. Aflojamos después de eso. Tampoco éramos tan malvados. En el fondo pensábamos que esos gastes lo ayudaban a cuidarse con el peso, que si le hacíamos notar lo gordo que se estaba viniendo iba a dejar de manducar. Nunca dejó de engordar. Ni García de tomar.

El miércoles de Semana Santa entré al baño y lo ví. Ocupaba el espacio de pared a pared, tenía en el rostro sudado esa expresión de apretado, como que hacía fuerza y le costaba respirar. Gruñía. El hedor era terrible, lo que sea que haya comido se descompuso a lo largo de sus tripas. Vaya a saberse cuanto tardaba en salir de ese laberinto lo mucho que entraba por la boca. Sentí el picante olor a mierda pasada, a descuidada letrina de batallón en campaña. Un batallón asustado por la inminencia de marchar al frente. Ah, sí, hasta el más valiente se caga en las vísperas. Pasé a mear en el mingitorio del fondo y salí sin mirarlo. Me daba impresión. Ya era casi la hora de salida. Me fui.

Lo encontraron el lunes. Llegué tarde a la oficina y me paró el Tano en la puerta:

- El Gordo cagó la fruta- así me dijo.

Los bomberos llegaron después. Para sacar el mórbido corpachón usaron pico y masa. Lo puteaban. Pobre Gordo, ni muerto escapó al maltrato.

Ahora vuelven a remodelar el piso, por el “proyecto de crecimiento sostenido que no se detiene frente a las estrecheces de la coyuntura”.