sábado, 19 de julio de 2008

BREVE ANECDOTARIO DE PRESIDENTES Y VICES.

BREVE ANECDOTARIO:

SOBRE LA FIGURA DEL VICEPRESIDENTE
Y CIERTAS AMBICIONES PRESIDENCIALES.

Mi voto no es positivo”. Jornada histórica la del 17 de Julio de 2008, propicia para intentar algunas reflexiones sobre el rol institucional de la Vicepresidencia de la Nación y las ambiciones presidenciales.

La figura del Vicepresidente contribuye a dar expectativa de continuidad a la gobernabilidad del sistema presidencialista, es un cargo de la mayor responsabilidad que cobra relevancia en situaciones de crisis, por ende sumamente ingrato.

Acaso haya quedado en evidencia tempranamente, cuando el Presidente de la Confederación Argentina Santiago Derqui, jaqueado por Buenos Aires y la deserción de Urquiza, se vio obligado a abandonar el país el 08 de Noviembre de 1861. En ese contexto le tocó al Vicepresidente Juan Esteban Pedernera, en acuerdo de Ministros, firmar el acta de defunción del Gobierno Nacional declarándolo en receso “hasta que la Nación reunida en Congreso, o en la forma que estime más conveniente” pudiera salir del atolladero.

Sin embargo nadie arrojó suspicacias sobre segundas intenciones en Pedernera. No correspondían.

El Presidente Bartolomé Mitre (1862-1868) depositó la mayor de las confianzas en el Vicepresidente Marcos Paz, en quien delegó la Presidencia para dedicarse a la conducción militar de la Guerra del Paraguay. La lealtad y el honor seguían sin estar en duda, y eso que por aquellos años ya se fabricaban unas roscas de maestro panadero. Curiosamente, siendo dable suponer que por su rol de reserva el Vicepresidente debería tener una expectativa de vida mayor a la del Presidente, Marcos Paz falleció el 02 de Enero de 1868.

La aprehensión cultural hacia el Vicepresidente parece haber sido iniciada por el Presidente Domingo Faustino Sarmiento (1868-1874), quien miraba con recelo al Vicepresidente Adolfo Alsina. La única ocasión en que Sarmiento delegó el mando en el Vicepresidente tuvo lugar durante su visita a Justo José de Urquiza en Febrero de 1870. Desde antes de asumir la Presidencia Sarmiento evidenció antipatía por Alsina, dejando trascender que la función que le reservaba a su compañero de fórmula, al que calificaba de “compadrito porteño” era la de “Presidente del Senado para tocar la campanilla”. Consecuencia de ese ninguneo sarmientino, el diario La Nación satirizando con el jocoso verso “Vida del famoso moro Al Ben Razín” a Sarmiento, propenso a jactarse del origen árabe de su apellido, apodó a Alsina con el ingenioso apodo de “Alí Sinah Ben Tilín”. Desde entonces muchos presidentes argentinos han querido limitar al Vicepresidente a sacudir la campanita del Senado para llamar a sesiones.

El curso de la historia, antes de ahondar las desconfianzas de los presidentes hacia sus vices, iba a evidenciar otra arista institucional que, probablemente, también sea importante tratar de comprender: la pretensión de todo presidente que cumple mandato de encontrar en su sucesor mecanismos de continuidad de lo que –legítimamente- considera su obra. El Presidente que se va quiere, desea, aspira a que su influencia no se diluya. Así, Julio Argentino Roca pretendió en 1886 que Miguel Juárez Celman –su cuñado y delfín- actuara guardándole cierta subordinación moral. Pero ocurre también, que todo Presidente que llega a la Casa Rosada percibe de inmediato que es por él, y sólo por él, que suenan los tacos de los granaderos. Muy pronto Juárez Celman, para desazón de Roca, decidió ser el Presidente Juárez Celman. Ciertamente no fue un intento exitoso, su estilo de roquismo sin Roca quedó definido como “el unicato” y concluyó desastrosamente en 1890 tras la fallida Revolución del Parque, aquella comedia de enredos magistralmente sintetizada en la famosa frase acuñada por el Senador Manuel Pizarro: “La revolución está vencida, pero el gobierno está muerto”.

Esa vez, frente a la crisis, le tocó al Vicepresidente Carlos Pellegrini asumir la Presidencia de la Nación, ganándose para la historia el título de “Piloto de tormenta”. No iba a ser el último.

José Evaristo Uriburu se hizo cargo de la Presidencia el 22 de Enero de 1895 con la renuncia del débil Luis Sáenz Peña, caricaturizado como un pavo por los dibujantes de la época, y cuya postulación presidencial había sido una argucia fomentada por Roca y Mitre para lograr que su hijo, Roque Sáenz Peña, declinara de competir por la presidencia en representación de la corriente modernista.

El 12 de Octubre de 1898 Roca asumió su segundo mandato presidencial, llevando como Vice a Norberto Quirno Costa. Seis años después lo sucedía Manuel Quintana, quien por motivos de salud iba a entregar el cargo a su Vicepresidente José Figueroa Alcorta.

El 12 de Octubre de 1910 llega a la Presidencia de la Nación Argentina Roque Sáenz Peña. Este Presidente, que al decir de Octavio Amadeo: “No se incrustaba en los cargos públicos; los aceptaba con elegancia y los devolvía con dignidad”, es de entre todos los presidentes de la historia argentina el que mayor simpatía me despierta. Lamentablemente, su salud le impidió completar mandato, y tras pedir licencia sin término el 04 de Febrero de 1914 fallece el 09 de Agosto del mismo año, por lo que el Vicepresidente en ejercicio de la Presidencia Victorino de la Plaza asumió la Presidencia hasta cumplir mandato.

Como vemos en esta breve reseña, el Vicepresidente ejerce un cargo de expectativa que merece una mayor consideración que la pobre idea sarmientina de restringir su función al tintineo de la campanilla. Enfermedad o muerte del Presidente, crisis de toda índole, guerra, son circunstancias probables que como tales han sido previstas por los constituyentes para la entrada al juego de ese hombre sentado en el banco de los suplentes. Pesada responsabilidad la de ser Vicepresidente.

Ya dando saltos al presente, me parece oportuno ahondar en esa inercia por perpetuarse que experimentan los presidentes al dejar la función. Así como no le fue bien a Roca con Juárez Celman, tampoco logró jugar al titiritero Hipólito Yrigoyen con Marcelo Torcuato de Alvear, del que esperaba al menos un rol de consulta y obtuvo en cambio total independencia. Según palabras de Manuel Gálvez “Alvear sabe que, si nombra ministros a los fieles de Yrigoyen, no gobernará él sino Yrigoyen. Tiene el sentido de su deber, y entre la amistad o el agradecimiento, por una parte, y el deber, por otra, no vacila. Sus ministros son viejos radicales, aunque no pertenezcan al círculo hipolitista. Él admira y quiere a Yrigoyen, pero su dignidad le impide entregarse a su dominación”.

De 1930 a 1983 la lógica institucional de la política quedó profundamente acotada por la irrupción de los golpes militares y el surgimiento en la década del cuarenta del liderazgo de masas de Juan Domingo Perón. A diferencia de los presidentes del Siglo XIX, Perón no buscó prolongar su mandato mediante un delfín, sino que directamente y reforma constitucional mediante logró la reelección inmediata. Los vicepresidentes no fueron un problema para Perón en sus dos primeras presidencias, el problema lo tuvo el país cuando a la tercera en 1973 se concretó la fórmula Perón-Perón. El fallecimiento del viejo líder dejó el país en las incapaces manos de Isabel Martínez de Perón, con los resultados por todos conocidos.

Reinstaurada la democracia en 1983, Víctor Martínez fue algo así como el Vicepresidente de las campanillas, el ideal de la concepción sarmientina. El Dr. Raúl Alfonsín no experimentó ningún sobresalto por ese lado, ese cuarto de la casa siempre estuvo en orden. Con el Dr. Carlos Saúl Menem resurge la idea de la reelección inmediata y en esos juegos de poderes la figura del Vicepresidente vuelve a ser vista con desconfianza por lo que rápidamente Eduardo Duhalde renuncia a ella para postularse a la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires. Malo para la República. Tras cumplir su primer período sin reemplazar al Vicepresidente, como si fuera aquella una autoridad innecesaria, Menem inicia su segunda presidencia acompañado por Carlos Ruckauf. Tras diez años de menemismo, durante la Presidencia de Fernando De La Rúa el escándalo de los sobornos por la Ley de Trabajo en el Senado de la Nación provoca el enfrentamiento entre el Presidente y el Vicepresidente Carlos Álvarez, quien con gran daño para el país presentó su renuncia. Los constantes desaciertos del Presidente De La Rúa y sus pescados crudos (esos inútiles despreciables del Grupo Sushi) concluyó en la violenta crisis del 2001 que nos acercó peligrosamente a la anarquía del Año XX, con una acefalía de tal ingobernabilidad que costará olvidar las risas de Arnold Schwarzenegger preguntando a Marley -en medio de una entrevista por cosas del cine- cómo se llamaba el Presidente argentino de ese día.

Frente al desbande social el entonces Senador Eduardo Duhalde, ungido Presidente de la Nación por la Asamblea Legislativa, condujo el país a la normalización institucional, promoviendo la candidatura presidencial de Néstor Kirchner. La creencia popular es que esperaba, igual que Roca con Juárez Celman e Yrigoyen con Alvear, mantener una gran cuota del poder detrás del llamado Sillón de Rivadavia. Pero Kirchner entendió que los tacos de los granaderos (milicos, mal que le pese) sonaban por él, y una vez más un Presidente decidió ser Presidente (mal que me pese, para ser franco).

Se me ocurre que las líneas que a continuación transcribo, escritas por Roca en relación a Juárez Celman, bien podrían pasar por una descripción de Duhalde refiriéndose a Kirchner:

No tengo nada que esperar sino que continúe con sus maldades y bajezas conmigo. Las viles y ruines pasiones que nuestro presidente tenía en germen y medio ocultas, han florecido espléndidamente en el poder. No en balde en Córdoba el instinto público lo repulsaba y lo repulsa siempre. Sólo yo he sido el cándido que no he sospechado el egoísmo sin límites, la avidez y la falta absoluta de instintos nobles y hasta el sentido moral de Juárez. No hablaré de su ignorancia porque he podido suplirlo con un poco de sentido común (…) Pero mi pesar más grande es la responsabilidad que tengo ante el país por tanta torpeza que he cometido al servir de puente y barrer el camino a tanta inmundicia, así, todo lo que a mí me hagan es merecido por bruto”.

El notorio maltrato al que como Presidente sometió Néstor Kirchner a Daniel Scioli, quien durante la campaña electoral se presentaba como un Vicepresidente no limitado a tocar la campanilla, pues participaría de algunas decisiones y manejaría áreas en las que venía trabajando tales como deporte y turismo, reflotó los viejos recelos. Scioli no renunció y se quedó tocando la campanilla, lo cual fue bueno para la República, pero concluido el mandato terminó asimilado al kirchnerismo, convalidando así las humillaciones y el maltrato con una vocación de felpudo que más que hablar de lealtad, compromiso republicano y ánimo conciliador (virtudes que muchos creímos y quisimos ver en él) denuncian falta de personalidad.

Kirchner, rompiendo lo que ya era una tradición de los presidentes peronistas iniciada por Perón y ratificada por Menem, no se presentó a la reelección inmediata, pero eligió e impuso como delfín a su propia esposa. Cristina Fernández de Kirchner es la primera mujer que llega a la Presidencia encabezando la fórmula, y es notorio que su trayectoria demuestra capacidades que desestiman cualquier comparación con Isabel Perón. Pero, a diferencia de Juárez Celman, de Alvear, y del propio Néstor Kirchner, ella convive con el ex Presidente. Ese es otro dato inédito de la política argentina, que me lleva a concluir con esta pregunta cuya respuesta encomiendo al lector: ¿Se dará cuenta que es por ella, y sólo por ella, que suenan los tacos de nuestros granaderos?


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha.
http://www.plumaderecha.blogspot.com
Estado Libre Asociado de Vicente López.

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