No fueron pocos los filósofos de la antigüedad que analizaron las implicancias de lo ridículo. Platón, por caso, consideraba que "es imposible entender el lado serio de las cosas en aislamiento de su aspecto ridículo". Y en ello, a más de subrayar la humana coexistencia de lo racional con lo absurdo se asienta la idea de una necesaria funcionalidad en lo ridículo. Acaso, hermosa palabra la palabra "acaso", esa utilidad sea un saber popular que alguna vez expresó Domingo Faustino Sarmiento: "del ridículo no se vuelve". Cosa a la que, curiosamente pese a su enfermizo personalismo (una de las tantas formas del ridículo), temía Juan Domingo Perón.
En esa corriente de pensamiento, ya a comienzos de la década del sesenta, el Marqués de Tarradellas supo advertir que "en política se puede hacer de todo menos el ridículo". Si aquella máxima siguiera funcionando como una ley de hierro España como Argentina hubieran ahorrado infinidad de padecimientos, o por decirlo en mis palabras repetidas sin hartazgo: evitado daño institucional, degradación cultural y miseria intelectual.
Ciertamente el político catalán español, quien falleció en 1988, no llegó a conocer la España de Pedro Sánchez ni el paroxismo de la estupidez vivido en Argentina durante el kirchnerismo. Dos experiencias que tornan relativa su célebre sentencia en tanto certifican la capacidad de lo ridículo para sostenerse en política sin siquiera disimular su ridiculez. Y con un agravante: en ciertos momentos históricos cualquier sociedad puede perder conciencia de los ridículo, prácticamente todas las experiencias totalitarias han dado ejemplo de ello a lo largo de la historia. Si aquello es terrible y brutal no lo es menos cuando una sociedad "democrática" (así entre comillas), teniendo noción del ridículo en tiempo presente, finalmente tolera o acepta que el ridículo sea parte cotidiana de la política.
En términos ideales, el humor político, ese que surge de la observación satírica de los comunes antes que de los profesionales de la comicidad, es el "darse cuenta" por el que una sociedad tiende a corregir sus males riendo. La burla señala el error y reclama su reparación, tal como en el cuento de Andersen "El rey desnudo".
Y en esa exposición, el miedo del poder a la sátira. Pero para que ese miedo no sea solamente vanidad herida, se requiere en el poder una cierta noción de la dignidad, ya sea monárquica, republicana, democrática o como se la quiera llamar de acuerdo a la identidad de cada sociedad.
De todo lo expuesto podría aventurarse una sentencia: cuando el humor político hace mofa de lo ridículo y quien gobierna no corrige su absurdo pierde la dignidad.
Manuel Adorni, el antaño ingenioso tuitero, que luego de haber sido vocero presidencial llegó a Jefe de Gabinete de Ministros para terminar convirtiéndose en mil y un memes, pone a prueba a través del humor que levantan sus constantes absurdos la dignidad del Presidente.
Sucede que Adorni, otrora chispeante, picante señalando las inmoralidades del kirchnerismo y la casta política, ahora hace un gol en contra cada vez que habla: "Yo soy un pedazo de Milei y en ese pedazo de Milei es pegarle el cinturón abajo del cinturón a Milei", dijo Adorni (textual). Una metáfora desagradable. A juzgar por esas palabras y para graficarlo sin caer en otra grosería, lo que Adorni está diciendo es que sin él el Presidente se reduce a la impotencia.
Sorprende en todo este asunto como Javier Milei se empecina en defender a Adorni. Como si no fuera el Jefe de Gabinete o cualquier otro ministro un mero fusible de los que se queman y reemplazan para preservar al Presidente. Quien también debe ser preservado de quedar en ridículo.
Por supuesto, no solamente el gobierno muestra no tener noción del ridículo al que se somete sosteniendo a Adorni. Tampoco tienen noción del ridículo los kirchneristas que siendo el partido de, por y para la delincuencia, con su jefa condenada por corrupta, pretenden erigirse en faros morales. Ni ellos, ni sus cómplices progres y de izquierda, ni todos esos otros tibios que durante años callaron frente el régimen por miedo a que los zurdos les dijeran fachos. Hoy habla cualquiera, pero algunos sólo hablan para potenciar su propio ridículo.
Mientras tanto la nave va y se juega el mundial de fútbol con un Messi que arrancó encendido. O sea, para la política, algo así como la pausa de hidratación...
Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía.
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