viernes, 27 de marzo de 2026

TESTIMONIO DE LA CÁRCEL DE EZEIZA, por Alberto R. Casey



Ya muy próximo a cumplir siete años de mi primera visita, y a modo de introducción, no puedo soslayar comentar cómo alguien sin ningún vínculo con la familia militar o policial, como es mi caso, llega hasta allí.

Mis ansias de agradecer a quienes salvaron a la Argentina de ser Cuba o Corea del Norte en los años ‘70 pudieron más que mi temor de ingresar en ese ámbito desconocido.

Gracias a una amistad que me presentó a la Asociación de Abogados por la Justicia y Concordia, encontré (siendo un hombre de campo) la oportunidad buscada, ya que ellos no solo han realizado una titánica tarea durante muchos años en aras de una justicia objetiva, sino también la noble y patriótica labor de acompañar a los presos políticos.

Ya pasando a los hechos, ingresé acompañado por un abogado de la mencionada asociación al laberinto del penal, desprovisto de todo menos de mi vestimenta, con destino al área denominada Enfermería.

Control tras control, rejas que abren y cierran, saludos a presos comunes acompañados por guardias aquí y allá, largos y oscuros pasillos, hasta por fin llegar a “la Enfermería” (dos tubos de oxígeno oxidados, al igual que una camilla próxima al desguace, y nada más). A modo de anexo, subiendo un piso, atravesamos el último control para poder encontrarnos luego con quienes pusieron el cuerpo contra la subversión marxista, hoy presos y con dolencias de todo tipo.

El lugar era realmente siniestro, sobre todo por la falta de luz solar y la opresión que se manifestaba en cada rincón. Las celdas se ubicaban a los lados largos de ese rectángulo, con una pared central.
Mientras los presos por causas políticas aún permanecían en sus camarotes (como dicen los marinos), tuve tiempo de leer una hoja de cuaderno pegada en la pared, escrita en birome, referida al reciente 9 de Julio:

8:00 hs: Formación
8:05 hs: Himno Nacional
8:10 hs: Brindis por la Patria
8:30 hs: Santa Misa

Y, como si hubiera sido impactado por un rayo, me dije: “Mi Patria y mi Religión están acá cautivas”, quedando profundamente conmovido. Explicaré al final por qué sigo pensando esto, aunque parezca fruto de una ensoñación.

De a poco se fueron abriendo las celdas y, a la distancia, observaba banderas nacionales, imágenes de Cristo o de la Virgen María, recortes de diarios de luchas pasadas, etc. Mientras tanto, un marino organizaba la colocación de la mesa de plástico y de las endebles sillas que dieron marco a una amplia ronda.

Fue asombroso descubrir que, tras muchos años de cárcel y persecución penal y mediática, mantenían intacto su señorío militar. Tenía frente a mí el ideal del soldado y también del policía argentino: estoicos, educados y, en muchos casos, muy cultos. Aun en sillas de ruedas, algunos ya octogenarios, con su gestualidad derramaban dignidad, no obstante la pobreza material reinante.

Fueron horas de visita que marcaron a fuego mi alma y mi corazón.

¿Por qué este relato autorreferencial?

Porque, a través de estos años, no solo yo sino también amigos (casi todos del ámbito campero) nos hemos imbuido, en las cárceles de Ezeiza y Campo de Mayo, del significado y el sentir profundo de la palabra Patria. Y también, en mi caso, respecto de la Religión: ya que, si bien una cárcel no es un ámbito sagrado, el comportamiento de tantos uniformados allí condice más con mi religión católica que el despreciable comunicado de la Conferencia Episcopal en su documento “Nunca más a la violencia de la dictadura”, que fue la “frutilla del postre” para revalidar aquel (quizás irracional) “rayo” esclarecedor de 2019.   

Alberto R. Casey

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