jueves, 26 de junio de 2025

VICTORIA VILLARRUEL, ENTRE EL "CISNE NEGRO" Y EL ADIÓS A LAS ARMAS.



En política, puedo decir por experiencia propia, no logra avanzar quien quiere sino quien puede. Nunca en unos cuantos intentos he podido ir más allá de algunos primeros pasos antes que lo pretendido se desvaneciera. Por eso admiro a aquellos que, por ejemplo, son capaces de lograr que un partido político por testimonial que sea obtenga y conserve su personería. Son muchos los factores que dan o niegan posibilidad de colocar a un partido político o a un candidato en condiciones de competir electoralmente. El sistema, además, está desvirtuado por una representatividad ficticia que hace de los partidos instrumentos de camarillas.

De cara a las legislativas de este año y con la insoslayable proyección a la presidencial del 2027, el escenario político tal como se presenta hoy se ofrece favorable al oficialismo. 

El gobierno del Presidente Javier Milei conserva intacto el apoyo de sus votantes puros, esto es el 30% que en la primera vuelta presidencial le permitió clasificar para el balotaje. Ello así porque el desgaste del gobierno ha sido insignificante en relación a las expectativas golpistas del kirchnerismo, como así también porque si alguna pérdida se ha dado entre quienes conformaron ese núcleo inicial, se compensa por conservar un apoyo significativo por parte del 26% que sumó en el balotaje y que es un voto esencialmente antikirchnerista. 

Ocurre que para esa porción del electorado, más allá de las críticas que puedan formularse al gobierno, como así también del desagrado por algunas conductas de Milei, impedir el regreso del kirchnerismo al poder es un objetivo innegociable. Que no lo lograra el Presidente Mauricio Macri y que en consecuencia volvieran los kirchneristas al poder en 2019 con la dupla Fernández y Fernández, resultando que fueran peores de lo que eran, es un activo político sustancial para Milei que en tanto mantenga una expectativa de acierto económico lo va a acompañar a la hora de las urnas. Vale decir que los ex presidentes no son una amenaza para el actual presidente, son casi figuras decorativas cuyo poderío político ha sido mutilado de manera irreversible y sólo tiene erosión por delante. Olvido, al fin del camino. En el caso de Cristina Fernández los ruidos por su reciente prisión domiciliaria son meros estertores de agonía. Ya fue.

Tanto la crisis del kirchnerismo donde disputan la continuidad del legado el Gobernador Axel Kicillof y el "hijo de próceres" Máximo Kirchner, que quedó desatada a cielo abierto con la prisión de Cristina Fernández condenada por defraudación al Estado, como la debilidad del PRO a partir de la fractura provocada por Patricia Bullrich en perjuicio de Mauricio Macri, refuerzan las chances electorales del gobierno. Más aún, de todos los que fueron candidatos a presidente en la elección del 2023 ninguno está en condiciones serias de volver a postularse en 2027 para impedir la reelección de Milei. Ni Bullrich que fue absorbida por el gobierno, ni Sergio Massa que diluyó una porción grande de su capital político cuando tomó el riesgo de ser un "ministro/presidente" para hacer su campaña como sustituto de Alberto Fernández en la reelección imposible. 

El resto de los jugadores, satelitales o aislados, que no cuentan con bloques importantes en el Congreso sólo pueden tener aspiraciones secundarias. Como mucho retener u obtener alguna banca, o simplemente hacer campaña testimonial. Esta será una elección de fuerzas en declive, gran oportunidad para el gobierno si arma listas que entusiasmen con algo más que influencers y otros levantamanos que vayan al Congreso a dar fe de obsecuencia al líder.

Un caso particular son los partidos de izquierda que al subordinarse abiertamente al kirchnerismo expresando su rechazo a la condena de Cristina Fernández, tal vez con intención de un neoentrismo sobre las ruinas corrompidas de lo que alguna vez fue el peronismo, demolieron para siempre lo poco que quedaba del mito de la izquierda honesta que algunos progres todavía creían.

Al margen de la oposición y los desacreditados partidos de izquierda, los armados que pueden ensayarse como alternativa a las listas que vaya a presentar el gobierno también carecen de chances porque no hay organización ni nombres convocantes para algo más que lo testimonial. 

En este contexto, solamente hay una figura política que por su posición podría capitalizar al oficialismo crítico en un armado electoral. Pero lamentablemente esa figura parece guiar sus pasos al ostracismo político a partir del 10 de Diciembre de 2027. 

El 2 de Marzo de 2025 publiqué en este blog un artículo titulado: "SOBRE EL FUTURO POLÍTICO DE VICTORIA VILLARRUEL". De entonces a hoy, cuatro meses cruciales en un año electoral, no ha dado Villarruel ningún paso que demuestre voluntad política de liderar una alternativa para votantes que apoyan al gobierno sin brindarle obsecuencia. Como mucho ha intentado cuidar su imagen positiva personal, tratando de diferenciarse al mismo tiempo tanto del Presidente como de la oposición. Acaso, hermosa palabra la palabra "acaso", crea así estar jugando a la alta política, pero la política es una construcción colectiva, un juego de equipo. Y ella no ha demostrado ser una jugadora de equipo.

La posición de un vicepresidente en relación al poder siempre es única y acapara poder desde la expectativa aunque no lo pretenda. Por ello, y tal como escribí en 2008 mediante un artículo titulado BREVE ANECDOTARIO DE PRESIDENTES Y VICES (que próximamente republicaré actualizado con lo que sobre esa materia ha ocurrido del 2008 a hoy, que no es poco ni irrelevante), es el de vicepresidente un cargo sumamente ingrato.

Al fin de cuentas es quien encarna la respuesta constitucional a la acefalía. Por lo tanto, cualquier "cisne negro" que impidiera al presidente completar mandato determina la inmediata sucesión por parte del vicepresidente. Esa expectativa es en sí misma un poder. Un poder que puede llegar a materializarse sin que sea necesariamente consecuencia de una crisis política, sino por fortuitas causas naturales como enfermedad o muerte.  

Desde esa posición de poder expectante, contribuye al vigor de la República que el vicepresidente esté preparado para esa eventualidad. 

Eso se da inicialmente de dos maneras, la primera y lógica es que comulgando con el presidente en un mismo espacio político el vicepresidente, sin importar en demasía que tenga o no peso político propio, asuma el reemplazo como plena continuidad: mismas ideas, mismo sentido de la gestión, mismo equipo de colaboradores. Desde luego, con los cambios y matices en puestos de confianza que hacen a la impronta de todo presidente que asume el cargo. 

Esa traspaso con continuidad plena ya no podría darse en la eventualidad que Villarruel debiera asumir la Presidencia de la Nación, puesto que las diferencias con el Presidente Milei son escandalosamente públicas y los agravios vertidos en ese contexto absurdo incluyen a buena parte del Gabinete. 

Lo cual lleva a considerar la segunda manera de relevo que es la continuidad condicionada a las imposiciones del nuevo presidente, algo que inexorablemente requiere que el reemplazante tenga peso político propio para marcar y sostener sus diferencias con el anterior. 

Cuando en un sistema republicano y presidencialista el vicepresidente tiene peso político propio las crisis por acefalía presidencial no surgidas de la política son mucho menos graves que cuando el vicepresidente es tan simplemente un "Bell Tilín" (alguien que sólo toca la campanita en el Senado).  

Supongamos ahora que se presentara durante el mandato de Javier Milei una situación de acefalía presidencial producto de un hecho ajeno a la política (causas naturales o accidente) y Victoria Villarruel debiera asumir en su reemplazo. La crisis personal se haría política porque la relación con el Presidente está rota y porque al carecer Villarruel de una estructura política que revindique su liderazgo no tiene peso político propio más allá de conservar un alto nivel de imagen positiva.

Desde luego pese a las falencias de los individuos el poder institucionalizado tiende a ordenarse por sí mismo, por lo que son varias las formas en que esa crisis finalmente podría resolverse, pero las elecciones del 2027 vendrían envueltas en una incertidumbre de la clase que afecta la vida diaria de los argentinos. 

La única forma en que Victoria Villarruel frente a esa eventualidad (que se analiza como un mero caso de laboratorio) pudiera liderar un traspaso de mando que rápidamente supere la crisis evitando incertidumbres, incluida la electoral, sería contando con lo que hoy no tiene ni aparece dispuesta a construir: poder político propio. 

Es un hecho que Victoria Villarruel, quien ha sido bastante torpe en sus acercamientos a partidos políticos y en su paso por el Partido Demócrata, no mueve fichas en el tablero electoral del 2025, razón por la cual difícilmente pueda posicionarse en 2027. Cuando Milei vaya por la reelección (que muy posiblemente obtenga si todo sigue como se perfila ahora), quien le acompañará en la fórmula no será Villarruel y ya hay una lotería de nombres por los que se hacen apuestas.  

Así las cosas, Victoria Villarruel, que está en una posición única en relación al resto de los políticos, estaría resignando con su pasividad un futuro político protagónico. Desperdicia (o desprecia según cual sea su íntimo anhelo de futuro político, algo que sólo sabrán ella y su almohada) las posibilidades que le brinda su actual posición y el contexto que la envuelve. En política el conflicto es un motor importante, por lo que lejos de disminuirla el distanciamiento con el Presidente Milei potencia sus oportunidades que, de saber aprovecharlas, paradojalmente fortalecerían al oficialismo restando centralidad a la oposición.

Hay una gran cantidad de ciudadanos y agrupaciones políticas que habiendo votado al gobierno y apoyando al Presidente quisieran (me incluyo) votar una alternativa racional y decente a la obsecuencia de los fanáticos mileistas y a las contradicciones del propio Milei. Pero si alguien está trabajando para ello todavía no se nota y el reloj sigue contando.

El tiempo, que todo ve pasar, se acorta con su rigurosidad implacable acrecentando en función de ello los riesgos de la urgencia que convierten a las listas tardías de los armados políticos en un rejunte de advenedizos e impresentables, como muchos de los que ocupan bancas en el Congreso Nacional. 

No es un panorama alentador para quienes a más de oponernos al régimen kirchnerista pretendemos que el gobierno al que votamos contribuya a una República fuerte. 

Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía.