sábado, 6 de diciembre de 2025

SÍNTOMA DE SEXAGENARIO: ¡NO ME ROMPAN LAS PELOTAS!! (humor, o no tanto)



Cada vez con mayor frecuencia me sucede que se habla de gente que no tengo idea quienes son ni que hacen. En todos los órdenes hay cosos que no sé si son los de "al lao", los de enfrente o vienen de Marte.

Alimento así la liviana impresión que la fama ya no es lo que era. Antaño los famosos eran famosos y su fama se nos imponía al resto de los mortales por el curso de la vida misma más allá de nuestros círculos sociales. Casi nadie era inmune a la fama de los famosos. Hoy hay famosos que no lo son para todos, ni siquiera para muchos. Tal vez porque la variedad de medios de comunicación, como nunca antes, ha fragmentado al público por intereses específicos. Los que son famosos para unos no lo son para otros.

Hace poco una multitud de jóvenes mujeres impedían transitar por la vereda y parte de la calle por la que caminaba. Pensé abrirme paso gritando: "A ver si despejan larvas de mierda que a esta hora deberían estar estudiando o trabajando, haciendo algo útil", pero hacía demasiado calor para andar a los gritos. Me enteré luego que eran las fans de un cantante de algo que suponen música aguardando su salida. Jamás había escuchado el nombre del fulano, tampoco alguna de sus canciones. Ningún registro de su existencia, esa misma existencia que alborotaba a sus fanáticas aguardando celulares en mano tomarse alguna foto con él.

Curiosamente, ni siquiera la existencia de Google hizo que me interesara saber algo más del "famoso" en cuestión. Me bastó saber que no era un beatle, ni Gardel, era un coso de tantos cosos que no pasan de ser cosos. De algún modo la pregunta del momento fue: "¿Quién carajo es?" y la respuesta inmediata y definitiva: "Alguien que no me importa ni un carajo".

Asumo esto como un síntoma de la edad. Estoy envejecido y envejeciendo. Se dirá con escepticismo que soy un sexagenario reciente, que los síntomas no debieran ser tan inmediatos. Bueno, quizás, pero soy viejo por vocación. Hace años que me siento viejo. De hecho tenía 16 años cuando comencé a usar pantalones de cintura alta con tiradores, a los 17 compré mi primer bastón y a los 18 fui al geriatra por primera vez. No quiso atenderme. Mi cuerpo encerraba bajo la fortaleza de su edad cronológica mi alma de vejete. 

Por caso, con tantas películas y series nuevas en las plataformas, prefiero ver clásicos del tiempo en el que el cine era cine y la televisión televisión, donde las comedias no buscaban cumplir ningún código de corrección política. 

Al contrario, en esos bellos viejos tiempos la idea era burlarse de la censura, no reclamarla a través de indignaciones y cancelaciones. A veces viendo tanta juventud de cristal indignándose por lo que le dicen que corresponde indignarse, me pregunto si la solución a esa debilidad mental y moral no sería implantar un ente de censura a ver si bajo presión empiezan a pensar por sí y se rebelan. 

Sí, soy un sexagenario y sin ninguna originalidad experimento desagrado con sonido de puteada virulenta cuando me cambian el formato de cualquier aplicación. ¡Dejen funcionando lo que me funciona!

Uno se vuelve reaccionario frente a los cambios más insignificantes, porque sencillamente ya no te bancás que nadie ni nada te venga a romper las pelotas. ¿Interesarme por novedades? ¿Entender a las nuevas generaciones? ¿Parecerme a esos blandos a los que les pega el viejazo y pretenden revivir una juventud que acaso no supieron vivir?, por favor...

- ¡No me rompan las pelotas! 


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía.
Estado Libre Asociado de Vicente López.



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