miércoles, 13 de septiembre de 2023

JAVIER MILEI, EL VOLCÁN POLÍTICO




A modo de preámbulo dejen que les cuente una historia real. Había una vez un muchacho al que en determinadas ocasiones la sangre italiana le ardía en las venas y ante un conflicto cualquiera vociferaba, gesticulaba e incluso se iba a las manos. Pero ese tano flaco y calentón en determinados momentos no parecía ser él, se tornaba medido, responsable, condescendiente, un pacificador. La explicación de aquel notable cambio en su conducta sonará extraña para muchos, pero era que por su trabajo en determinadas circunstancias debía llevar una pistola en la cintura y entendía la responsabilidad de portarla. Era loco, tal vez, pero seguro no comía vidrio.

Dicho esto, lo primero que debo dejar claro para consideración de quien lea es que en las elecciones presidenciales voy a votar la fórmula de La Libertad Avanza integrada por Javier Milei y Victoria Villarruel.

No fue así en las PASO, cuando voté nulo por las razones que expuse en su momento formulando a Milei críticas que sostengo. A pesar de esos y otros reparos, que no son menores, voy a votar a Milei/Villarruel en la elección de Octubre porque en la encrucijada no me es indistinto quien gobierne los próximos cuatro años.

La degradación constante de la política, que en lo que va del siglo ha sellado como intento fallido de democracia al período iniciado en 1983 -con la cierta y riesgosa proyección hacia un Estado fallido-, no fue obra de un solo partido. Más allá de ocasionales resistencias, la decadencia fue consensuada en los hechos por todos los actores relevantes de la política. Y por aquello de que quien calla otorga, de algún modo convalidaron el rumbo decadente quienes durante mucho tiempo se mantuvieron esquivos a participar de la cosa pública. Porque la indiferencia aportó impunidad. Por acción o por omisión, algunos por intereses espurios, otros por incapacidad, entre tantas otras motivaciones que sería largo desmenuzar en este artículo, la sociedad entera contempló sin reacción como la clase dirigente (política, económica, social) se confundía en un entramado de complicidades hasta convertirse en una casta privilegiada.

Hay una muy obvia diferencia entre "clase dirigente" y "casta política", la dirigencia dirige, la casta parasita. La gloriosa Generación del 80 aportó al progreso del país con una clase dirigente. Por supuesto, se pueden criticar muchas cosas sobre aquellos nombres, que ni remotamente eran perfectos, pero en las circunstancias de su tiempo sirvieron a la Nación Argentina: la hicieron mejor organizada y más fuerte. 

Una simple mirada al presente marca el contraste entre aquella clase dirigente y esta casta política. Hoy el nuestro es un país que no deja de empobrecerse, indefenso, inseguro, sin credibilidad internacional ni crédito, dañado en sus instituciones y degradado en su cultura hasta la miseria intelectual.

La República y la democracia fueron enviciadas por la casta política de modo que el sistema representativo se convirtió en una trampa filtro para asegurar su permanencia. Pero la trampa no podía funcionar en el fracaso sin generar presión, por lo que las dispersas voces que denunciaban desde los subsuelos del sistema lo inviable del asunto fueron cobrando fuerza. 

Claro que esa fuerza necesitaba un catalizador para salir de los subsuelos, entonces creció Javier Milei con su histrionismo captando en primera instancia la rebeldía de los jóvenes. Y desde allí el fenómeno se propagó sin distinciones de edad o clase social, rompiendo incluso barreras partidarias, para poner fin desde la reacción cívica al régimen kirchnerista y la casta política. Reacción cívica, subrayo, porque los abusos descarados del kirchnerismo bien pudieron decantar la reacción violenta a la que tientan constantemente. 

Y por muy cívica que sea la reacción no hay manera que sea prolija, porque cuando una fuerza largamente contenida se libera venciendo la presión que la contiene ocurre lo que con cualquier volcán en erupción, estalla en lava, escombros, vapores, cenizas que cubren de oscuridad el cielo hasta que el viento la despeja y todo es necesariamente caótico antes que el sol exhiba un nuevo y pacífico paisaje. 

Puede asustar la analogía del estallido de un volcán con la situación política argentina, pero no nos engañemos: todos sabemos que estamos al borde, que la piña inexorablemente viene y que va a doler. No es Milei quien puso el país al límite del estallido, más aún: muy posiblemente esté siendo el mayor sustento de la endeble paz social.

Nadie debe olvidar la opereta con saqueos que montó el kirchnerismo para demonizar a Milei y aterrar a la población, algo que quedó evidenciado por las rápidas y falsas acusaciones que vomitó contra Milei y los libertarios la vocera presidencial. Por primera vez los saqueos no buscaron hacer caer al gobierno sino que, impulsados por el propio gobierno, pretendieron asustar a la población con que sería peor si se votara un gobierno de alternancia. 

Pero la opereta falló, por burda, porque el kirchnerismo dejó hace mucho de entender e interpretar a gran parte de la población. Y de los saqueos no se habló más, ningún intento por indagar quien los organizaba, silenzio stampa, y hasta un fantasma como Raúl Castells apareciendo para desviar las sospechas hacia el gobierno buscando figuración.

De no existir en el horizonte ciudadano la posibilidad de vencer al régimen de casta por el voto, sobrevendría en algún punto el hartazgo por la constante resignación, pero ese hartazgo encontró un cauce a través de Milei. 

Ahora bien, Javier Milei como todo aquel que construye un personaje público corre el riesgo de ser devorado por su propio personaje: Donde está la fortaleza suele encontrarse la debilidad y es el caso. El punto es que la viene piloteando y si lejos está de ser el candidato ideal en el espacio ideal, dos cosas imposibles de encontrar y a lo que sería iluso aspirar sobre la patética realidad política argentina, con toda claridad representa lo posible. 

En estas circunstancias donde lo existente está gastado y puesto sobre una vía muerta, lo nuevo más que planificarse erupciona, es de modo inevitable desprolijo, por momentos confuso o contradictorio, genera dudas aunque señale un norte, pero tiene una característica definitoria: es la aspiración de algo mejor que la resignación; y está por suceder. 

La Nación Argentina aspira a recuperar su identidad y ser un país serio, y no puede serlo con los que hicieron del país una broma de mal gusto. De aquellas tantas marchas cívicas reclamando el imperio de la Constitución Nacional sobrevinieron muchas decepciones, Milei es un emergente de todo ese desencantado fervor republicano de Patria y Libertad.

Acaso, hermosa palabra la palabra "acaso", si quienes lo votamos no caemos en los vicios de la obsecuencia de kirchneristas y cambiemitas,  si no olvidamos que no lo votamos por sí sino por la esperanza que representa, si no resignamos la crítica, si nos mantenemos firmes exigiendo que el timón no desvíe el curso, tal vez, para bien de todos, logremos que con toda responsabilidad su histrionismo sepa interpretar a un estadista.

Voto a Milei, sin esperar todo de Milei y sabiendo lo difícil que será. 


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía.