sábado, 9 de septiembre de 2023

HOMBRE MIRANDO AL CUADRO




Miles de pinturas pasaron frente a sus ojos, nunca con indiferencia. El silencio de los museos, infinitas veces surcado por sus pasos, acreditaba kilómetros de paredes admirando en ellas el talento en los pinceles. Tenía tanto o más conocimiento que cualquier crítico de arte, pero no lo era. Como tampoco, aunque pudiera parecerlo, una de esas personas cuya sensibilidad por la pintura los lleva a padecer el Síndrome de Stendhal. 

Cada tanto alguna pintura captaba su especial atención. En esas circunstancias cobraba conciencia de estar buscando un enigma muy en el fondo de las pinceladas, un secreto que no pudiera ser enteramente revelado. Los pintores suelen jugar con el misterio, ocultando bajo sutiles velos mensajes de distintas clases y valía. Los más talentosos dejan adivinanzas complejas y también las respuestas en los lienzos que pintan. 

Gozaba de una gran habilidad para encontrar esos acertijos y resolverlos. Sus preferidos eran aquellos que finalmente compartían una pregunta romántica, esas que no pueden nunca contestarse con una afirmación concreta. Le hacían sentir así la compañía del artista de un modo que a veces burlaba los siglos entre ambos. Tan así como leer a Petronio y sentirlo un amigo con el que conversar en la mesa del café.

Aquel museo exhibía cientos de pinturas en sus paredes. Sus pasos se detuvieron frente a una. No ostentaba una gran firma, ni un afamado título, pero la escena plasmada reunía todos los misterios del romanticismo. Las sombras más que las luces acentuaban la visión borrosa de un recuerdo con trazos nítidos de inconfundible pasión. Describía el momento efímero de un suceso sublime, cuando la magia de lo único subraya lo común. 

A cada mirada encontraba nuevos detalles que hacían a su corazón latir. Desde todos los ángulos contempló la belleza, percibió el movimiento, escuchó los sonidos, se estremeció hasta marearse sintiendo que esa imagen giraba alrededor suyo para abrazarlo e incluirlo.

Pudo, entre el miedo y la fascinación, alejarse unos pasos. Respiró profundo buscando serenarse y se sentó en el banco frente al cuadro. Todos los misterios y sensaciones arremetían al fijar la mirada. Se quedó allí, obnubilado, deseando ser de mármol, sabiendo que le demandaría la eternidad abarcar lo inabarcable de esas emociones. 

Cientos de pinturas y una sola escultura.


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha