viernes, 4 de junio de 2021

CARTA ABIERTA AL DUEÑO DE UN SUPERMERCADO


Por el Dr Marcelo Gobbi




Distinguido señor Shi:


Supe de usted al leer un fallo de la Corte Suprema. Cuando el municipio de Arroyito dictó una depravada ordenanza que obligaba a los supermercados a cerrar los domingos con la excusa del derecho al descanso y a estar con la familia (solamente a los supermercados, no al almacenero de la esquina, al bicicletero ni al ferretero), usted la impugnó por inconstitucional y el Superior Tribunal de la Provincia de Córdoba le dio la razón. Pero el municipio llegó hasta la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

En Supermercadismo y religión yo me había dedicado a bromear sobre su caso. Le pido disculpas. Había que tomárselo en serio.

Quiero expresarle mi admiración por haber perdido ese juicio. Me lo imagino a usted recibiendo explicaciones de sus abogados, que hicieron (igual que los del otro bando) un puchero algo excéntrico con el asunto de la libertad de culto. Unos alegaban que la actividad de los supermercados impedía la concurrencia a los templos, otros decían que las misas se hacían sin problemas y hasta apareció un adventista entrerriano que sostuvo que la norma discriminaba a los que, como él, guardan el sábado. La cuestión de si la gente podía aprovisionarse un domingo en Arroyito de pronto empezó a parecerse a los enfrentamientos entre presbiterianos y episcopales en la Escocia posterior a la Reforma. Yo creía que la libertad de culto requería que los municipios no molestaran a los feligreses de cualquier confesión, no que estuvieran obligados a contribuir con la organización de las ceremonias.

Todo eso ocurrió bajo jueces que hasta parecían interesarse en semejante conexión entre el dulce de batata y la liturgia. Como escribió Thomas Sowell en un artículo fenomenal, el problema de los jueces suele ser su excesiva inteligencia: se aburren con las cosas simples y construyen argumentos retorcidos para pensar cosas que no se le ocurrirían a ninguna persona sensata que no hubiera pasado por una escuela de Derecho.

Por mayoría, la Corte le dio la razón al municipio. Esos abogados que nadie votó de manera directa y que no son políticamente responsables por lo que deciden entendieron que les correspondía hacer ingeniería social y mejorar las relaciones familiares de la gente de Arroyito. No se les movió una pestaña cuando opinaron que cierto acuerdo que las fuerzas vivas del lugar (sobre todo eso, “vivas”) manifestaron en una especie de asamblea ateniense bastaba para que la comuna interpretara la voluntad popular que, se sabe, es infalible. Eso lo explicó bien Juan Javier Negri en este artículo con cita del italiano Loris Zanatta (un hallazgo de Javier).

En la calle Talcahuano de la lejana ciudad de Buenos Aires hay tres jueces provincianos que ganan un salario inusual que sale de lo que deja bajo la forma de impuestos la gente productiva como usted; y los clientes del supermercado cuando compran polenta. Esos tres necesitaron cincuenta fatigosas páginas para que su decisión apareciera fundada... en Max Weber. Los otros dos, porteños, votaron por darle la razón a usted en pocos renglones y aplicando la Constitución. Dijeron lo único que, me parece, tenían que decir: que ese asunto tiene que ver con la legislación del trabajo y está reservado, más que al municipio de Arroyito, al Congreso Nacional.

Usted ya no puede trabajar ni dar trabajo los domingos a algunos chicos que con eso podían estudiar en Córdoba de lunes a viernes. Nací en un pueblo y sé que las cosas ocurren así.

En usted veo a mi abuelo inmigrante, que no pedía que le dieran nada, sólo que le respetaran su derecho de trabajar en paz para ganarse la vida. Personas como él y como usted prosperaron, enviaron a sus hijos a la universidad y fundaron escuelas, templos, hospitales, clubes, bibliotecas, teatros. Todo eso salió de negocios como el suyo, cuando los poderes judiciales los cuidaban sin tantas vueltas, aplicando la Constitución, y todavía no habían decidido meterse a cambiar lo que pasa en cocinas y dormitorios a golpes de sentencias.

Reciba el premio “Ciudadano Ilustre de Arroyito” (nadie lo conoce porque lo acabo de instituir). En cuanto me dejen lo voy a ir a visitar para dárselo personalmente.
Atentamente.

Marcelo