jueves, 16 de abril de 2015

UN PEQUEÑO LIBRO PARA EL GRAN PLACER DE LEER.


Los buenos libros de historia tienen el mérito de acercarnos al conocimiento del pasado. Algunos, además, terminan dando un involuntario testimonio del momento en que fueron editados. Ese doble mérito le cabe a "La pequeña historia de la Revolución de Mayo", obra de José Luis Lanuza publicada por Editorial Perrot en la Buenos Aires de 1957. Un pequeño libro para el gran placer de leer.

José Luis Lanuza
"La pequeña historia de la Revolución de mayo"
Editorial Perrot, Buenos Aires, 1957.

En apenas 76 páginas, Lanuza describe hechos y personajes relativos a la Revolución de Mayo que, lejos de ser meramente anecdóticos, explican la profundidad entusiasta del amor a la Libertad en la fundación de la identidad argentina. 

Para entender la diferencia entre el orden virreinal y el impulso liberal de los revolucionarios, nada mejor que ver ejemplos cotidianos del modo opuesto en que lo viejo y lo nuevo entendían la vida. Algo tan simple como fundar una familia podía dejar expuestos los distintos valores, así nos cuenta Lanuza, -dedicando un capítulo a las "Mujeres en la Revolución"- que:

Las hermanas de Rivadavia se pasan los mejores años de su vida pleiteando contra sus padres que les niegan autorización para sus bodas. El padre, apelando ante la Real Audiencia, explica su derecho de pater familiae:
"Sustraerme mis hijas -dice- es cosa nula; me deben estar más sujetas aún que el criado respecto de su amo, por razón de la patria potestad que me compete y me da facultad para enajenarlas o venderlas en caso de necesidad, por la especie de dominio que ejerzo sobre ellas, como cosa nacida y proveniente de mí mismo".

Era mucho más que la dependencia de España lo que se estaba en discusión. Es conocido que Mariquita Sánchez se había opuesto a la voluntad de sus padres para casarse con Jacobo Thompson, pero no fue la única. Cuando la Patria necesitó fusiles para sus soldados, las damas se apresuran a donarlas y en nota al Triunvirato, que puede reconocer como autor intelectual a Bernardo de Monteagudo, manifiestan: 

"Cuando el alborozo público lleva hasta el seno de sus familias la nueva de una victoria, podrán decir en la exaltación de su entusiasmo: 'Yo armé el brazo de ese valiente que aseguró su gloria y nuestra libertad'.
Dominadas de esa ambición honrosa, suplican las suscritoras a V.E. se sirva mandar se graben sus nombres en los fusiles que costean. Si el amor de la Patria deja algún vacío en el corazón de los guerreros, la consideración al sexo será un nuevo estímulo que les obligue a sostener en su arma una prenda del afecto de sus compatriotas, cuyo honor y libertad defienden".
Firman aquel escrito, fechado el 30 de Mayo de 1812: Tomasa de la Quintana, Remedios de Escalada, Nieves de Escalada, María de la Quintana, María Eugenia de Escalada, Ramona Esquivel y Aldao, María S. de Thompson, Petrona Cárdenas, Rufina de Orma, Isabel Cavilmontes de Agrelo, María de la Encarnación Andonegui, Magdalena  de Castro, Ángela Castelli de Igarzábal y Carmen Quintanilla de Alvear. 

Angelita Castelli.
(1794 - 1876)

Destaca Lanuza que "Ese día se ha celebrado la boda, con misa de esponsales en la catedral, de Angelita Castelli, hija del ex delegado de la Junta en el Ejército del Norte, con el Capitán Francisco Javier Igarzábal, edecán del Triunvirato y en ese documento Angelita estampa por primera vez su nombre completo. ¡Tan mezclados se ven la Patria y el amor en aquellos días apasionados de la Revolución!". En nota al pie, añade que la firma de Angelita Castelli es sugestiva porque su matrimonio, realizado por sorpresa y contra la voluntad de sus padres, había constituido una de las comidillas sociales en los tiempos de la Revolución y le valió ser internada en la Casa de Ejercicios Espirituales de la que salió, para casarse definitivamente, el mismo 30 de Mayo de 1812. 

Como puede apreciarse, en el conflicto generacional hasta el jacobino de la Revolución podía obrar como el más conservador de los españoles cuando de su hija se trataba. 

Entre las postales cotidianas que pinta Lanuza destaco dos. La primera la semblanza del Dr Juan José Paso, el salvador de la Revolución, hombre de exterior pequeñísimo, bajito, delgaducho, atiborrado de argumentos y de doctrina jurídica, a quien "ni la actuación política ni la profesional le habían granjeado fortuna. El doctor Paso era un abogado pobre que solía pasar largos ratos en el café de Marcos, sentado cerca de las mesas de los billares. Allí, entre el ruido seco de las carambolas, comentaba la actualidad política con todo el que se le acercaba".

La segunda la del Dr Francisco "Pancho" Planes, tío de Vicente Fidel López. Lanuza lo presenta desde un interrogante siempre vigente: "¿Qué destino caprichoso distribuye las glorias póstumas? De los personajes que actuaron en episodios culminantes de la historia, la memoria colectiva retiene los nombres de algunos y olvida los de otros". Pancho Planes fue uno de los primeros en hablar abiertamente de Independencia, combatiente contra el invasor inglés y revolucionario de Mayo era un "patriota a lo macho", con carácter bullicioso para ganarse fama de "loco" y capaz de arengar al pueblo subido a una mesa de la Fonda de las Naciones. Apoyó el partido de Pueyrredón y luego fue de los federalistas de Dorrego. Murió en 1835 y decía odiar tres cosas: a España, a Rivadavia y a Rosas, pues según entendía "los desatinos de ese loco (Rivadavia) eran la causa de las maldades de este perverso (Rosas)".

José Luis Lanuza.

Esto y más nos cuenta José Luis Lanuza sobre la Revolución de Mayo, uno de los primeros hechos históricos que todo argentino aprende a querer en sus primeros años de escuela. Pero en las solapas del libro, en el perfil del autor trazado por alguien que firma como A.M., hay también testimonio de la vida de Lanuza y su propio contexto histórico. Así, en un párrafo de marcado antiperonismo, que bien calzaría para entrar en la biografía de Perón que acaba de publicar Nicolás Márquez, se pinta la época de la edición: "En mérito a la enorme y valiosa labor que ha realizado, José Luis Lanuza fue llevado a la presidencia de la Sociedad Argentina de Escritores, que ejerció durante los dos últimos años de la dictadura (1953-1955). En esa difícil función tuvo que enfrentarse más de una vez con un régimen de fuerza que consideraba la cultura como una mala palabra y perseguía a la inteligencia como a un enemigo personal y peligroso. Y Lanuza supo afrontar esa situación de riesgo con energía y con carácter, pues no iba a desertar de la lucha quien se consagró siempre a la defensa de los mejores valores de la cultura y del espíritu y rindió siempre un culto permanente a los fueros de la democracia y de la libertad".


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
Estado Libre Asociado de Vicente López.



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Ariel Corbat

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