martes, 18 de marzo de 2014

ACERCA DE LA VEJEZ, reflexiones de cine y café


Manuel Romero
El cine ha dedicado mucho celuloide a celebrar los tiempos idos. Es lógico que así sea porque el sentimiento de añoranza por el pasado, con su consecuente idealización, es naturalmente universal. Mientras el futuro siempre es incertidumbre, lo ya vivido es lo único de lo que se cree poder estar seguro. No importa que los recuerdos resulten ser de dudosa fidelidad. Cualquier persona nota frente al espejo el lento irse de la juventud, cuando al paso de los años la imagen confirma lo irreversible del asunto se entiende que en el futuro inexorablemente aguarda la muerte, y en el pasado, en cambio, una vitalidad vigorosa. Entonces, ¿cómo no embellecer la sola idea de los días de la propia juventud? Incluso teniendo conciencia de no haber entendido en su momento el valor de la juventud, aquellos días se tornan encantadores. Acaso haberlo sabido...  Y envejecer es penoso. Nada más triste que un anciano intentando trasmitir su experiencia de vida frente a la indiferencia, el desprecio o el fastidio, de los jóvenes del momento. 

La sabiduría del Tango está en sus letras. En 1926 Manuel Romero escribió el tango "Tiempos viejos", musicalizado por Francisco Canaro, y en pocas palabras pulsó ese sentimiento universal:

¿Te acordás, hermano? ¡Qué tiempos aquéllos!
 Eran otros hombres más hombres los nuestros.
 No se conocían cocó ni morfina, 
los muchachos de antes no usaban gomina.
 ¿Te acordás, hermano? ¡Qué tiempos aquéllos!
 ¡Veinticinco abriles que no volverán!
 Veinticinco abriles, volver a tenerlos,
 si cuando me acuerdo me pongo a llorar.

¿Dónde están los muchachos de entonces?
 Barra antigua de ayer ¿dónde está?
 Yo y vos solos quedamos, hermano,
 yo y vos solos para recordar...
 ¿Dónde están las mujeres aquéllas,
 minas fieles, de gran corazón,
 que en los bailes de Laura peleaban
 cada cual defendiendo su amor?

¿Te acordás, hermano, la rubia Mireya,
 que quité en lo de Hansen al loco Cepeda?
 Casi me suicido una noche por ella
 y hoy es una pobre mendiga harapienta.
 ¿Te acordás, hermano, lo linda que era?
 Se formaba rueda pa' verla bailar...
 Cuando por la calle la veo tan viejado
y vuelta la cara y me pongo a llorar.


Romero era un gran observador de la realidad, se había formado en el oficio del periodismo cuando no había más aula para ser periodista que manyar tinta en una redacción, y por consiguiente detectaba la síntesis esencial de la vida cotidiana. Volcando al arte ese poder de observación, hizo de su tango la película "Los muchachos de antes no usaban gomina" en 1937. Un clásico instantáneo que ratificó su condición de tal en 1969, cuando volvió a ser filmada por Enrique Carreras.

Susana Campos y Rodolfo Bebán en
"Los muchachos de antes no usaban gomina", 1969.

En los últimos años, a tono con el aumento del tiempo de expectativa de vida, la vejez está siendo revalorada más allá de la antigua, y dudosa, sabiduría atribuida a los ancianos. Paralelamente el conocimiento ha dejado de estar circunscrito a la experiencia, los avances tecnológicos imponen un constante aprendizaje que va superando desde lo teórico el valor de la repetición. Mañana no se podrá seguir haciendo lo mismo que hoy, sencillamente porque será obsoleto. Acompañando estos procesos, el cine viene insinuando una nueva conceptualización del úlitmo tramo de la vida. Sin pretender hacer de esta nota un ensayo sobre la vejez en la cinematografía, recuerdo haberlo notado viendo a Kirk Douglas y Burt Lancaster en "Dos tipos duros" (1986). En esa película, el Tango de Romero bien podría haber sido parte de la banda de sonido. 

Burt Lancaster y Kirk Douglas en "Dos tipos duros", 1986.

Ciertamente la reflexión sobre la vejez está, explícita o implícita, en prácticamente toda la literatura y el cine. "El viejo y el mar" del insoportable Ernesto Hemigway, por caso. Pero hay algo distinto que se viene dando desde el tono de comedia, a través del humor audiovisual el impulso vital del hombre en la última etapa de la vida está siendo revalorado y redefinido. Así, la diferencia entre "estar" y "sentirse" vivo acaso esté en la capacidad de darse desafíos. En Nebraska (2013), un extraordinario Bruce Dern logra interpretar a un viejo que en el callejón final de su vida se inventa un desafío, y esa es la diferencia con quienes sólo atinan a esperar la muerte. Aunque diferente, algo parecido a lo que Jack Nicholson actuó en "Las confesiones del Sr. Schmidt" (2002), demostrativo que en esos diez años que separan una película de otra es posible suponer que la edad de la vejez haya subido algunos años. 

Bruce Dern, de gran actuación en "Nebraska", 2013.

Decidamente cómica, "Ajuste de cuentas" con Sylvester Stallone, Robert de Niro y Kim Basinger, viene emparentada con "Dos tipos duros" en eso de ser viejos que se disponen a saldar los asuntos pendientes del pasado. Sin ser ancianos, como boxeadores son viejos; y en tanto viejos hay un "ahora o nunca" en el desafío que aflora como una suerte de santo grial o fuente de la eterna juventud. Claro que el cine elige historias de conflictos, y de tanto mostrar rarezas se suele asumir que lo anormal es regla; por suerte en la vida real hay otras vidas, más sencillas, ordenadas y plenas; pero eso no quita que envejecer sea un problema. 

Robert De Niro y Sylvester Stallone en "Ajuste de cuentas", 2013.

Me sirvo un café, miró mis manos que aunque parecidas ya no son las mismas, y me pregunto cuánto tiempo faltará para que la vejez sea mi problema. 


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
Estado Libre Asociado de Vicente López