martes, 8 de abril de 2014

HORACIO GONZÁLEZ Y LA TORVA FIGURA DEL LINCHADOR


Horacio González, Director de la Biblioteca Nacional.

Director de la Biblioteca Nacional desde el 2005, Horacio González publica un artículo de opinión titulado "El linchador" en el oficialista Página/12. Con prosa rebuscada y para ratificar que es kirchnerista hasta la médula, González arranca mintiendo. 

Parte del supuesto que los medios de comunicación y los partidos de la oposición no hicieron condena de los casos de linchamiento. Mentira. Todos los medios de comunicación, incluso los que a la par del embrutecimiento que promueve el gobierno generan histeria colectiva, condenaron la pretensión justiciera de cualquier turba; entre los nombres de la prensa no surgen ensayos a favor de los linchadores, y lo mismo hicieron la totalidad de los políticos de renombre, entre otros: Sergio Massa (Frente Renovador), Mauricio Macri (PRO), Ernesto Sanz (UCR), Elisa Carrió (UNEN) y Antonio Bonfatti (Partido Socialista). 

Lo divertido de González es que en el afán de mentir termina confesando las aberraciones del kirchnerismo. A él, funcionario kirchnerista, no le interesa entender las razones por las que ocurren estos hechos; no le conviene. Su razón para censurar los linchamientos es una sola, y la dice: "Repudiarlos forma parte de un necesario intento de autoeximición". 

Reconociendo su lugar de pertenencia, Horacio González considera "buchona" la figura del que persigue al ladrón. Sigue en ello la misma lógica de Carta Abierta en "Los justos", documento demostrativo que la sátira swiftiana de los intelectuales que logra Orwell en 1984 le cabe como descripción al doblepensar de la intelectualidad kirchnerista. Ese panfleto, que bien podría ser un escrito del cerdo Squealer para justificar la leche, las manzanas, la cerveza o cualquier otro privilegio apropiado por los cerdos, apologiza el totalitarismo al sostener que el gobierno no es solamente el partido que controla el Estado, es la política misma, y todo el que no comulga es enemigo de la política, de la democracia, de lo justo, entonces minimizan la corrupción gubernamental por suponer una corrupción mayor en el capitalismo.

Horacio González del colectivo oficialista "Carta Abierta".

"Se trabajó largamente en la sociedad argentina para crear la grieta que llamó a algunas gentes que rellenaron el arquetipo que los reclamaba", dice González para explicar la aparición del linchador. 

Claro que como González no puede poner en evidencia que el embrutecimiento es política oficial de gobierno en la Argentina desde 2003, intenta explicar la proliferación de linchamientos por la sola repetición de esas imágenes a través de los medios; y más aún, en un acto de caradurez notable parece escandalizarse cuando les atribuye la intención de responsabilizar al Estado. No hay culpables a la vista, dice González, pero su dedo acusador apunta a los medios, a la oposición, al capitalismo informático, a la industria de la seguridad, a todos menos al gobierno. 

El linchador es un espectro evanescente y escurridizo que recorre la sociedad argentina, argumenta el sociólogo González, pretendiendo que es obra de todos y de nadie, producto de millones de conversaciones "dichas al azar con sus vaguedades". Miente. 


La figura del linchador ha surgido a imagen y semejanza de Néstor Kirchner, aunque menos vil. Al fin de cuentas, la cobardía del que en un arrebato de furia, por circunstancias que lo sorprenden sin haberlas buscado, termina pateando la cabeza de un caído al que cree delincuente, es irreflexiva; en cambio es premeditada la del que siendo Presidente descolgó un cuadro, con la patética participación de un generalito, fingiendo tener aquella valentía que notoriamente no tuvo cuando el retratado en el cuadro era en efecto dictador. En la precisión del término, el linchador obra premeditadamente.

Bronca hacia todo disidente, semilla de totalitarismo

El kirchnerismo no puede sorprenderse por los linchamientos si viene linchando a la República, por propia mano y sin piedad; pero necesita prevenirse, poner un límite a su propia barbarie antes que (cual consecuencia no deseada para una acción planificada) los alcance como víctimas en lugar de victimarios. La grieta de la que habla González la abrieron los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández a fuerza de intolerancia para exacerbar odios de todas clases, incluyendo los de clase. Si con Luis D'Elía se pretendió revivir a La Mazorca, la patota tuvo Ministerio desde que Guillermo Moreno le dio salida a Martín Lousteau: por el gráfico y expeditivo gesto de pasar la mano por debajo de la barbilla, indicando degüello. "Ni lo piensen", pintaban por cuanta pared tuvieron a su alcance encomendando a Cobos saludos a Vandor. Abundan los ejemplos de actitudes con las que el kirchnerismo ha degradado las condiciones de convivencia social, retrocediendo el país a la discusión de cuestiones preconstitucionales. 

El kirchnerista Luis D'Elía, odiador oficial. 

El linchador que busca González no arrastra la sombra de ningún político opositor, tiene la torva silueta de Néstor Kirchner, y se abalanza sobre el indefenso con su mismo éxtasis de caer sobre las cajas fuertes. Lo mismo lleva a los niños a escupir los retratos de quienes piensan distinto, que se agarra ostensiblemente un testículo para tratar de mufa a otro ex Presidente; el linchamiento moral antecede al físico. Así la doble vara de la justicia kirchnerista encarcela a acusados de "no poder no saber" lo que ocurría en los años de plomo, pero hace Ministro de la CSJN al Juez del Proceso Eugenio Zaffaroni. Es la misma vara que exige al ciudadano todo aquello de lo que dispensa al delincuente. La vara de un gobierno corrupto.


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
Estado Libre Asociado de Vicente López


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Ariel Corbat

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