jueves, 28 de febrero de 2013

CRÓNICA DE UNA JURA EN EL CPACF



María Inés Calvo y Ariel Corbat
Por causas de “fuerza mayor”, sin ninguna otra explicación, el Colegio Público de Abogados de la Capital Federal (CPACF) omitió la clase informativa sobre Ley 23.187 previa a la jura del miércoles 27 de Febrero de 2013.

Tenía toda la intención de participar de esa clase confrontando la posición oficial con los mismos argumentos que, junto a la Dra. María Inés Calvo, expusimos en 1994 con la publicación de “USO Y ABUSO DE LAS CORBATAS”. Pero no pudo ser, vaya uno a saber porque…

Entonces pasamos directamente al audiorio para el acto de juramento. Ordenaditos en grupos por fórmula de jura, fuimos acomodados cual rebaño manso al arreo del vengan por acá, vayan por allá, hagan esto, hagan aquello. Así se dio inicio al acto cantando el Himno Nacional, y no sé cuántos de los presentes entendían el significado de “Libertad, Libertad, Libertad”. ¿Cuántos lo entienden en los distintos ámbitos en que nos movemos?

Juré por la Patria y por mi Honor defender la Constitución Nacional y la ética profesional. Un juramento redudante luego de haber jurado al egresar de la Facultad de Derecho de la UBA. Enseguida, subiendo al escenario, te dan un pin del CPACF (para marcar pertenencia), un certificado (como para que lo encuadres) y la credencial de la matrícula (por la que te cobran).

-          ¡Felicidades, Doctor! –me dijo quien creo era el Gerente de Matrícula del CPACF, Dr. Javier Ezequiel Álvarez Cachés.

Sentí que me estaba cachando. Le pregunté:

-          ¿Felicidades por qué?
-          Por esto –respondió.
-          Es un trámite legal, no significa nada –dije.
-         Felicidades, Doctor –volvió a decir, como una letanía del entusiasmo.

Para mí aquello era como ver la escena de The Wall en que el Colegio masifica las individualidades sin piedad. Claro que la película, acaso por la música de Pink Floyd, y por ser una obra de ficción no tenía la espeluznante realidad de esa jura en el Colegio Público de Abogados de la Capital Federal. De terror. 

¿The Wall o CPACF?
Luego del trámite propiamente dicho, soporté la continuidad del acto tanto como pude, pero el tono de los discursos con que se pretende adoctrinar a los nuevos matriculados sobre las bondades del CPACF me cayó pesado.

Primero fue escuchar a la Vicepresidente 1° Dra. Laura Calógero jactándose del crecimiento del Colegio… ¿Y cómo no va a crecer? ¡Si por imperio de la Ley 23.187 todo abogado que quiera ejercer en la Capital Federal está obligado a matricularse!

Después habló el Secretario General Dr. Guillermo Fanego, aludiendo al CPACF como la casa de todos los abogados. Hablaba igual que si el “todos” de los abogados matriculados en el CPACF fuera la convencida suma de voluntades libres. No pude tolerarlo y la necesidad de reaccionar fue más fuerte que la previa intención de permanecer indiferente. Pedí la palabra y, ante la negativa de hecho, sentí que ya no tenía nada que hacer en ese ámbito lesivo para la libertad y dignidad de la profesión de abogado.

Me levanté, y al grito de: "¡DEFENDER LA CONSTITUCIÓN NACIONAL ES ESTAR EN CONTRA DE LA 23.187!", me retiré por donde había entrado.

Pasado el mal momento, y tal como estaba previsto, algunos de los abogados del Bloque Constitucional -que preside Daniel Rybnik- y otros amigos nos reunimos para dar cumplimiento a la celebración que dimos en llamar “En las entrañas del monstruo”, que en el bar del CPACF incluyó un homenaje a Enrique Pinedo.  
   
Plantando bandera del Bloque Constitucional en las entrañas del monstruo
  
Estas son las palabras dedicadas al Dr. Enrique Pinedo:


HOMENAJE AL DR. ENRIQUE PINEDO


Hay dos razones por las que al matricularme en este Colegio Público de Abogados siento la necesidad de rendir un tributo a la memoria del Dr. Enrique Pinedo.

En primer lugar porque como jurista defendió la colegiación libre y voluntaria, y fue en defensa de esas ideas que escribió el prólogo de “Uso y abuso de las corbatas”. De ese prólogo se dijo que iba a hacer historia; y acá estamos, 20 años después, recordando a su autor.

Considero que esa, por sí sola, es una buena razón. Pero acaso, y es una hermosa palabra la palabra acaso, el segundo motivo sea el más importante. Es que el Dr. Enrique Pinedo tenía un gran sentido del humor. Con la Dra. María Inés Calvo lo conocimos en 1993 por intermedio de Juan Salinas Bohil, y ya en la primera reunión escuchamos su risa, una risa franca, distintiva, personal, imposible de imitar y, felizmente, imposible de olvidar.

Me parece escucharla ahora que estamos reunidos en las entrañas del monstruo. Esto lo hubiera divertido muchísimo. Y es que no recuerdo una sola conversación con él, en la que, sin importar la cuestión de la que habláramos, no aflorara su risa al menos un par de veces.

Pedro Benegas, Ezequiel Caffarini y Ricardo Mihura Estrada
Ese buen humor iba de la mano de otra gran virtud que redondeaba su don de gente. Una virtud que últimamente, y para desgracia de nuestro civismo, escasea, o por decirlo en términos optimistas ha sido momentáneamente corrida de la superficie cultural de los argentinos. Con el Dr. Enrique Pinedo se podía conversar amablemente sin ponerse de acuerdo. En su estudio, con mudanza por expropiación mediante pero siempre cerca de la calle Libertad, discutir era pensar, tratar de entender las razones del otro para en definitiva poner a prueba las propias convicciones. Creo que realmente aprendí a escuchar siendo escuchado por él, sólo por eso le debo gratitud. Y hoy, cuando desde el kirchnerismo montado en el progresismo se hacen de los caprichos verdades absolutas, y cualquier disenso despierta agravios y amenazas, dicho esto sin ignorar que siempre hay excepciones incluso entre los kirchneristas, pero sabiendo que hay familias donde no se puede hablar de política, o amigos que han dejado de saludarse por la misma manía de catalogar como enemigo o traidor al que sin engañarse con el relato ve la realidad con sus propios ojos, valoro mucho más aquellos diálogos en los que nos dejamos en claro que no estábamos de acuerdo. “Los temas hay que discutirlos abiertamente”, decía el Dr. Pinedo. Una frase tan simple y hoy tan cargada de significado. Pienso que para mostrar ese respeto por el disenso, tan propio de Enrique Pinedo, se necesita tener la sinceridad de las convicciones, porque el farsante sabe que la subsistencia del engaño se sostiene en la falta de pensamiento, de ahí que niegue al otro la posibilidad de ser escuchado y rompa en agravios.

En sus propias palabras Enrique Pinedo se definió así: “Soy un ciudadano argentino residente toda mi vida en la Argentina. Provengo de una familia argentina de siempre. Soy abogado, y por tanto el derecho es mi oficio. Nunca formé parte de ningún gobierno militar y mi único cargo público ha sido ocupar una banca en la Cámara de Diputados de Buenos Aires, donde lideré la oposición conservadora”. 

Juan Ángel Salinas Bohil, Mariano Rovatti y Ariel Corbat
Porque tenía un profundo sentimiento patriótico, Enrique Pinedo escribió esta dedicatoria en uno de sus libros sobre historia “A los que dejaron sus vidas en el suelo que sabían argentino de las Islas Malvinas, en el mar austral, o en el cielo de mi Patria, de rodillas ante su memoria”.

Y era por ese sentir la Patria con intensidad que pensaba cosas como esta, que pueden leerse con renovada actualidad: “Así como la tierra no deja de existir cuando se oculta la luz por efecto del giro del planeta sobre su eje, así tampoco deja de existir la vida libre de un pueblo cuando se ocultan algunas de sus facetas. Hubo notoria vida libre en la Argentina, aún bajo regímenes no electos, y hubo notoria falta de libertad bajo regímenes electos. No es la forma de gobierno la que por sí misma determina la libertad de un pueblo, sino que es el contenido de la vida que en él se desarrolla lo que lleva a calificarla como libre o no. Una de las pocas cosas que se supo hacer bien en el pasado inmediato fue buscar en otros la culpa del propio fracaso. Fracaso que se percibió desde el principio. Dar la sensación de procurar la estabilidad sin disminuir en nada los gastos del Estado, tan innecesariamente abultados, no fue una verdadera solución, como el país lo tiene comprobado”.

Cerrando este tributo a la memoria de Enrique Pinedo, si tuviera que definirlo en las mínimas palabras de un breve diccionario histórico, pondría algo así: Enrique Pinedo: 1927 – 2011 Patriota, jurista, político e historiador argentino. Señor y Doctor, siempre un caballero. 

Postal de un grato momento

Permítanme ahora una breve reflexión sobre la jura de hoy.

Esta credencial que hoy puedo exhibir es la prueba de una intermediación tan innecesaria como onerosa. Por sí misma no significa nada. De movida no garantiza idoneidad, nadie me preguntó si en estos 20 años me tomé la molestia de mantenerme actualizado, ni pidió que otros abogados den garantía de mi aptitud, simplemente el Colegio Público de Abogados se limitó a constatar la autenticidad de mi título y, por supuesto, cobrar la matrícula. Es evidente así que estamos frente a un mero ente recaudador. Una corporación que masifica la profesión, a la cual hay que inscribirse por coerción legal, es imposible que pueda velar por la ética de la abogacía desde que parte del desprecio por la Libertad. Se explica entonces que estar inscripto en la matrícula del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal, la bolsa en la que nos meten a todos, no aporta ningún prestigio profesional. A falta de prestigio, los defensores de la colegiación obligatoria buscan justificar esta corporación con los beneficios de pertenecer, y así cuando uno clickea en la página del Colegio Público sobre el específico ítem “programa de beneficios”, a falta de prestigio se ofrecen descuentos en vinos y restaurantes…

Desde mis principios de ferviente marxista, obviamente Línea Groucho, me disculpó entonces por estar justamente aquí, ya que como dijo el pensador de los anteojos y el habano: “Nunca sería socio de un club que me aceptara a mí como miembro”.


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
Estado Libre Asociado de Vicente López