viernes, 25 de octubre de 2013

YO SOY IDIOTA ¿Y USTED?






Para que quede claro desde el vamos: Yo soy idiota. Tras pretender negarlo durante mucho tiempo, lo acepté a fuerza de tropezar una y otra vez contra mis limitaciones. No es fácil clarificarse al respecto, es un proceso que transcurre acumulando experiencias. La clave del asunto está en esas situaciones que uno afronta desde el optimismo diciendo: “no puedo ser tan idiota”, y saliendo de ellas con la certeza de serlo.  Tiempo atrás, ante cada episodio confirmando mi idiotez, sentía cierta desazón angustiante que a fuerza de reiteración ha dejado de parecerme tan terrible.

Mi propia idiotez me supera a diario en las cosas más triviales, y no puedo escapar de ella; por mucho cuidado o empeño que ponga en contenerla siempre me desborda. ¿Cuántas veces se me va a hervir la leche volcándose sobre la hornalla? A lo sumo, y esfuerzo descomunal mediante, puedo pasar alguna temporada que nunca es muy larga manteniéndola contenida. Pero no es vida vivir reprimiendo el florecimiento de la propia idiotitud.   

No todo el mundo sobrelleva bien su idiotez, por eso hay muchas clases de idiotas. Están los que entristecen por serlo, los que intentan rebelarse contra su condición, los que la niegan, los que la minimizan, los felices de serlo, los que ignoran ser idiotas y los dispuestos a superarse, en fin, un sinfín de idiotas imposible de catalogar sin que sea otra idiotez.

Si bien conceptualmente la contrapartida de la idiotez es la lucidez, no hay correlación de fuerzas. La supremacía de lo idiota es tan evidente que hasta un idiota como yo puede notar que si bien hay extremos de absoluta idiotez, encarnados por esas personas que son idiotas totales, no hay como contrapartida extremos de falta total de idiotez.  El extremo de la lucidez, la genialidad, no está exenta de algún grado de idiotez. Albert Einsten, igual que cualquier otro genio, decía o hacía alguna que otra cosa idiota a lo largo de su vida, sin embargo millones de idiotas no han hecho nada genial en ningún momento.

Desde luego algunos casos se prestan a la confusión, yo mismo creía ser un genio no reconocido y tener mayor lucidez que el resto; pero ¿qué idiota no se cree genial en algún momento? En cualquier caso el tiempo al poner las cosas en perspectiva obra implacable despejando dudas. La humanidad es esencialmente idiota y todo rasgo distinto es meramente accidental, acaso una deformación que con el tiempo irá desapareciendo.

Ante tanta evidencia, idiota es pensar que la lucidez tiene alguna oportunidad de imponerse a la idiotez; ni en lo individual, ni en lo social. Toda la historia de la humanidad se reduce a esa lucha de final anunciado. Pueblos enteros han sucumbido antaño ante la idiotez, cierto que recobrando de tanto en tanto algún rasgo lúcido; pero llegará el día en que no habrá retorno posible y todo el planeta vivirá en la más absoluta idiotez.  La paradoja de la lucidez indica que idiota sería no ser idiota en un mundo idiota. Pobres los lúcidos, impedidos de entregarse al dominio de la idiotez, y por ello mismo condenados a la soledad y el entendimiento amargo de la derrota.

La idiotez es la marea incontenible que se alza por oleadas evolutivas. Cuando George Orwell escribió “1984” tuvo alguna lucidez parcial, por eso no alcanzó a entender la profundidad de lo que inspiraba su pensamiento. Orwell vislumbraba la idiotez, pero no la asimilaba; de allí que incluyera como pasaje central de la novela el horror del cuarto 101, porque creía que la coacción física sería necesaria para doblegar la conciencia racional del hombre. Se equivocó radicalmente. El poder de lo idiota es más que absoluto o totalitario, más aún que maxitotalitario, no hay lucidez suficiente para abarcar el concepto de lo idiota por lo idiota. De vivir en nuestros días, Orwell leería que Nicolás Maduro, Presidente de Venezuela, acaba de crear un “Viceministerio para la Suprema Felicidad Social”, y comprendería que no hay nada más idiota que una revolución liderada por idiotas, sobre un pueblo idiota y con finalidades declaradamente idiotas. Imposible detenerla.  

Tan pero tan idiota, que no entiende el chavismo ni Maduro, un muchacho que pese al pajarito todavía se muestra algo lúcido, sin duda falto de toda la idiotez que la hora exige, que para que el pueblo venezolano o cualquier otro sea realmente feliz, no alcanza con erigir un Viceministerio, que es una repartición de segunda, sino que debe ser lisa y llanamente un Ministerio, o mejor aún, para estar más seguros del éxito, un Súper Ministerio.  La idiotez está en marcha como un alud imposible de detener.

Entonces digo, yo soy idiota. ¿Y usted?


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
Estado Libre Asociado de Vicente López

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Ariel Corbat

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