martes, 25 de agosto de 2009

ENSAYO AL PASO SOBRE EL ANDAR DE LAS PALABRAS

ENSAYO AL PASO SOBRE EL ANDAR DE LAS PALABRAS

ESAS COSAS QUE SE DICEN Y PORQUE SE DICEN




Canal Encuentro ofrece algunos pasajes rescatables en su programación. A pesar de lo mucho que me desagrada el desafortunado o malintencionado logo en el vértice superior del televisor (un espejo con dos rayas de cocaína), no me niego, por ejemplo, el disfrute de “Geografías”. Y en eso estaba que viendo el paisaje tranquilo de Tamberías, mientras fantaseaba con largar todo e irme a un lugar así, me surgió exclamar:

- ¡De fábula!

Con esa expresión y merced a la voz del doblaje, que acierta en darle el tono admirado y celebratorio que corresponde a ojos abiertos de par en par, Bart Simpson en su eterna niñez festeja cualquier circunstancia que logra maravillarlo.

Desde siempre la necesidad coloquial de comunicar a los otros que se está frente a un evento extraordinario agudiza el ingenio hilvanando palabras en la construcción de frases destinadas a graficar el entusiasmo. Incluso con un amplio margen de exageración, aceptado por convención, esas formas del habla llevan al entendimiento de los demás para compartir vivencias. No es tanto el hecho concreto en sí lo que reflejan, sino la impresión positiva que experimenta el narrador.

Decir “De fábula” es reconocer lo que hay de engañoso en la realidad ensalzada y darle patente de licencia poética o mentirilla inocente. Sé que no dejaría el Estado Libre Asociado de Vicente López para mudarme a Tamberías, ni a ningún otro lugar por encantador que fuera, pero aún así festejé la ocurrencia.

- ¡De fábula!

Me pregunto cuánto más que un pasaje de programación del cable estará siendo descripto por esas dos palabras, porque en definitiva la aceptación masiva de una frase implica cierto consenso general sobre el contexto en que nos desenvolvemos. Es increíble, por lo sutil, la manera en que el lenguaje refleja un tiempo social y simultáneamente proyecta futuro.


De hecho, el “¡De fábula!” simpsoniano nos podría estar refiriendo un mundo globalizado con acelerados cambios tecnológicos y plagado de paradigmas huecos como el del fin de la historia.

Antes, mucho antes de Los Simpson’s, en Argentina y allá por los ‘60 el término carcelario “pincheto” aludía al drogadicto endovenoso. Por aquel entonces las drogas estaban reducidas en su consumo a una pretendida elite de clase pudiente, básicamente nenes de papá buscando emociones artificiales para sus abúlicas vidas. Los que se pinchaban recibían ese calificativo que en boca del hampa o del efectivo policial se pronunciaba despectivamente, con la carga negativa de ser sinónimo de pusilánime, débil, inservible.

Muy curiosamente, al acelerarse la violencia política en la década del ‘70 el término “pincheto” se acortó perdiendo la primera sílaba y mejorando su fonética, así logró trasponer los barrotes del pabellón penitenciario para ser receptado, con alguna mutación aparente de su significado, por la sociedad extramuros. El “Cheto” seguía siendo alguien cercano al “Pincheto” que cayó en gayola, pero era más vivo que aquel y su éxito se mostraba en un estilo de vida que provocaba ser emulado más allá de su círculo social. La música que escuchaba, la ropa que vestía, la tecnología a la que accedía, los lugares que frecuentaba y sus formas de hablar generaron una nueva categoría social: el chetaje. Frente al afán de parecer y, si se podía, pertenecer, además de estigmatizar al que fracasaba en el intento por mersa o por grasa, brotó “el pardo” como exponente antagónico. El “pardaje”, con menores recursos económicos, revistaba no obstante con códigos muy similares a los del chetaje; pero en definitiva la reivindicación del pardo se agotaba en sí misma por ser disfraz de la resignación, no sedujo al mayoritario social y cayó en el olvido sin pena ni gloria antes de llegar a generar un vocabulario reconocible.

Del léxico cheto, en cambio, el uso cotidiano receptó diversos modismos. De allí rescato dos frases hoy en desuso pero que sirven como registro de época por el implacable subtexto. Frivolizada por la copia, caricaturizada y necesariamente desvirtuada, la primera de ellas es la emblemática “tirame las agujas”, usada para preguntar la hora. Una nimiedad que a la ingenuidad alegre y divertida de la mayoría le pasaba desapercibida en su doble sentido. Otros muchos advertían el juego en las palabras sin concederle relevancia y algunos, los menos, descifraban el código advirtiendo la complicidad en la transgresión. A su través, lo cheto como derivado de pincheto suavizaba el sórdido vicio con una picaresca que sigue vigente, por caso en Andrés Calamaro cuando canta “se ve que para algo usé la cuchara”. Por lograr mayor efectividad, las apologías del consumo de drogas procuran manifestarse solapadamente, desde lo burdo hasta el blindaje críptico siempre resguardan el gancho de lo prohibido insinuando que el acceso es sólo para entendidos.


De aquellos años a hoy Argentina dejó de ser un país de tránsito para, tristemente, convertirse en el país de consumo que nos toca padecer. Con esto no quiero decir que este presente se deba a una campaña de publicistas narcos montada en torno a la frase “tirame las agujas”, simplemente -y sin olvidar que el adicto busca compartir su adicción- lo traigo aquí para señalar como desde su origen la evolución de una palabra puede ir en paralelo con los cambios sociales.



La segunda frase que tomo del chetaje, también es muy gráfica en ese sentido. Se trata de “Mató mil”, que en la cúspide de la violencia política alcanzó a convertirse en el demostrativo de admiración por excelencia. Si la izquierda y las organizaciones de derechos humanos pregonan infatigablemente que el país era entonces un matadero sangriento, esta muletilla reflejaría el beneplácito de la sociedad por esa matanza. Todo lo que era genial, súper, buenísimo, aquello capaz de procurar un deleite paróxico, merecía ser coronado con un efusivo “Mató mil”. Este concepto que en dos palabras brinda una versión elogiosa del paso de La Muerte, subsiste todavía hoy en la ambigüedad de la expresión “¡Mortal!”, que si bien puede cumplir la misma finalidad de “Mató mil”, también se aplica para calificar algo desastroso. “Mató mil”, en cambio, era una expresión específica de significado unívoco, no por casualidad su apogeo y auge coincidió con la derrota de las organizaciones armadas Montoneros y ERP. Avalando ello, recuerdo el chiste -que escuché por primera vez después de 1983- según el cual Ramón Camps era el más cheto de los jerarcas del Proceso porque “mató mil”.

En orden a trazar curiosas coincidencias, al declive de la expresión “Mató mil” se lo puede relacionar con la denuncia sistemática por parte de los organismos de derechos humanos repitiendo la existencia de 30.000 desaparecidos. Ante ese discurso trágico, y como un reflejo piadoso para evitar ahondar el dolor, “Mató mil” se fue relegando en el uso tanto por una cuestión que podríamos llamar de buen gusto, como así también para contribuir a dejar atrás el pasado dando vuelta esa página de la historia. De algún modo, a la celebración de la muerte le siguió un tiempo de duelo, y de autocrítica por parte de la sociedad. Pero el duelo no es viable como situación permanente en ninguna sociedad, y los rituales funerarios incluso ante la ausencia del cadáver tienen por finalidad el volver a la vida de quienes los realizan, que justamente lo hacen para seguir adelante.



A esa cifra de 30.000, lanzada en los últimos años del Proceso para magnificar los alcances y desbordes de la represión contra las organizaciones guerrilleras buscando sensibilizar a la opinión pública internacional, se la ha seguido machacando sobre la sociedad argentina contra toda evidencia de ser una grosera exageración. Con fervor religioso los izquierdistas hablan de “30.000 compañeros desaparecidos”, y se aferran a su repetición cual si esa mentira debiera ser aceptada por todos como una verdad revelada imposible de cuestionar. Por aquello de que es posible engañar a uno todo el tiempo y a muchos por mucho tiempo, pero no a todos todo el tiempo, también el uso de los 30.000 desaparecidos parece haber alcanzado su cúspide y estar doblando para desmoronarse cuesta abajo.

Quizá el atrevimiento de Graciela Fernández Meijide, madre de un desaparecido, al querer sincerar la cifra y por ser alguien del riñón de los derechos humanos pueda haber marcado la bisagra hacia el desuso, pero dada la dinámica del lenguaje es muy posible que esa debacle vaya acompañada de algún giro que termine por desacralizar el número emblemático mediante la sátira política. Y es que el uso abusivo de cualquier etiqueta, la insistencia recurrente a meter en cualquier lado el bocadillo que la incluya, tarde o temprano provoca hartazgo y volviéndose disparatado se ahoga en las profundas aguas del ridículo. Así, que la propia Presidente de la Nación Argentina, haya recurrido a la figura de los desaparecidos, reafirmando que deben ser 30.000, para compararlos con la exclusividad en la trasmisión de los goles del futbol por televisión es algo que llama a burla, algo que difícilmente vaya a ser dejado pasar por el llamado ingenio popular.

No sería de extrañar que al andar de las palabras siguiendo la evolución social, en el futuro, cuando se quiera hacer notar que algo es escandalosamente exagerado, se escuche decir con mordacidad paródica:

- ¡30.000 desaparecidos!


Ariel Corbat, La Pluma de la Derechahttp://www.plumaderecha.blogspot.com/
Estado Libre Asociado de Vicente López.

Esta nota fue editada el 15 de Mayo de 2015, al simple efecto de añadir imágenes ilustrativas. 

miércoles, 19 de agosto de 2009

EL PODER, LAS IDEAS, Y UNA VELA SOBRE LA MESA.




LA DERECHA POR LA DERECHA.
Apuntes para el debate que viene II.




EL PODER, LAS IDEAS, Y UNA VELA SOBRE LA MESA.


Sobre la faz de América, cruzando umbral al Bicentenario de la Patria, que nos escupirá en la cara un presente a contramano de los sueños ayer soñados tras la máscara de Fernando VII, la sombra, apenas la sombra de la República Argentina deambula errante, condicionados sus reflejos a seguir impulsos ajenos, sin ambición de grandeza y amnésica de su destino.

Acaso, podrá decirse, el sueño de alzar en el Plata un faro que alumbre buena parte del mundo confundió el orgullo con la arrogancia, pero los contemporáneos de Don Vicente López y Planes vencieron dos veces al invasor inglés en las calles de Buenos Ayres, se rebelaron contra España y formaron el glorioso Ejército que desafiando Los Andes cruzó las fronteras de las Provincias Unidas haciendo replicar el grito sagrado de ¡Libertad!. Para ellos el sueño era realizable, habían sentido en la cara la felicidad del viento épico y sus ojos vislumbraban el futuro con hazañoso fervor.

Aunque nacidos de gestas heróicas, la fundación de la nueva nacionalidad se enmarañó en la complejidad de nuestras contradicciones, quedando para el registro de la historia –historia de hombres, no de dioses, ni demonios- que la pasión y la razón se han cruzado infinitas veces con fortuna dispar y consecuencias retrógradas. Así ha sido Facundo Quiroga la inspiración que llevó a Domingo Faustino Sarmiento a sintetizar en una sola disyuntiva universal la esencia de toda la energía consumida en las luchas internas: Civilización o Barbarie. Lo curioso es que el Tigre de los Llanos, caudillo del federalismo, era “por convicción” unitario. Decía Quiroga que el sentimiento de los pueblos estaba en la causa del federalismo y que a esa voluntad sometía la suya.

Considerando el tiempo y la sangre del país que consumieron las guerras civiles entre federales y unitarios, con el principal resultado de postergar estérilmente la organización constitucional, la decisión del riojano, por más que según se quiera puede ser elogiada o denostada, evidencia cierta incongruencia ética que a la postre se emparienta con la hipocresía del federalismo proclamado en los papeles y los discursos pero desmentido, igual que sus supuestos beneficios, por la implacable realidad del territorio, población y recursos.

El debate sobre la forma de gobierno, unitaria o federal, aunque convertido en tabú por la corrección política de la unidad nacional, dista mucho de haber sido clausurado. Desde el vamos se acepta que la proclamada fe federal de la Constitución Nacional tiene los atenuantes impuestos tanto por el reconocimiento de luchas encarnizadas como por otras convicciones no confesadas; por eso, ya se trate de Mitre, Sarmiento, Roca, Yrigoyen, Perón, Alfonsín, Ménem o Kirchner, ningún Presidente ha tenido por premisa fáctica ahondar el federalismo. Es que la historia argentina registra el privilegio de los nombres por sobre las ideas. De haber sido consecuente con sus ideas, seguramente Facundo Quiroga no hubiese sido el caudillo mítico que montaba un caballo con poderes sobrenaturales; pero él, igual que muchos, prefirió entregarse en cuerpo y alma a la demagogia, al culto a la personalidad según el capricho hecho necesidad de las masas.

El ejercicio del poder difumina las ideas seduciendo egos. Esa es la principal corrupción del poder, y la humildad su primera víctima. No existe el líder cuya personalidad sea inmune a las caricias del poder, y es obvio que sin ambición de poder no es posible llevar ninguna idea adelante. Ese es justamente el riesgoso filo del cuchillo. En detrimento de cualquier ideario, con menor o mayor velocidad, toda conducción política tiende a concentrar sobre sí la mayor cantidad de facultades, cosa que va acentuándose en forma directamente proporcional con la persistencia en los cargos, al punto que la frase “el poder total corrompe totalmente” resulta una verdad irrefutable pero que comienza mucho antes de los actos específicamente corruptos. El gran mérito de la República, el antídoto contra la corrupción de las ideas es, además de la separación de las funciones del poder, la imposición de plazos estrictos para la permanencia de los individuos en los cargos políticos. La dinámica democrática de renovación periódica y constante en los cargos electivos del Poder Ejecutivo y Legislativo, garantizan que las ideas y los proyectos en ellas fundadas se mantengan por encima de los nombres.

Por eso, sostengo que ningún cargo electivo debe ser susceptible de prolongarse más allá de dos períodos consecutivos. Graficando a lo Sarmiento: Ningún sillón republicano puede servir para el engorde de asentaderas por causa del quietismo. La práctica democrática es enemiga de la permanencia y el estancamiento que llevan al conformismo y el desinterés. El recambio de nombres, la posible rotación entre partidos, son síntomas de salud institucional que ayudan a mantener el enfoque de la cosa pública sobre los asuntos concretos que hacen a la calidad de vida de los ciudadanos.

Aquella aguda sentencia de José Ortega y Gasset “argentinos a las cosas”, no ha perdido actualidad. Pero mientras discutamos nombres en lugar de ideas seguiremos siendo una sombra que deambula errante por la faz de América Latina, entre la envidia al Brasil, una envidia perezosa incapaz de emular su determinación de orden y progreso, y la expectativa boba por andar de comparsa para la cantinela de impulsos comunistas que desde la tiranía perpetua de Cuba se propaga -en perjuicio de la América democrática- merced al petróleo que alimenta el personalismo disfrazado de “Revolución Bolivariana” del venezolano Hugo Chávez.


En esa misma faz de América Latina, Colombia, la incomprendida Colombia jaqueada por el narco y las guerrillas, tiene frente a sí la oportunidad de mostrar al mundo un claro ejemplo de no subordinar las ideas a los nombres. El Presidente Álvaro Uribe, quien supo darle a la conducción del Estado la valentía para dejar atrás años de inmovilidad y fracaso en la lucha contra las FARC, pasando de las resignaciones de Pastrana a la más decidida ofensiva, se encuentra ahora a un paso de la gloria o el escarnio. Una decisión, nos dirá en breve si se trata de un auténtico patriota colombiano y estadista de la democracia al que vale la pena escuchar, o apenas otro ambicioso creído de ser irremplazable. Si cuestionamos a Mel Zelaya por intentar pisotear la Constitución de Honduras en el afán de reelegirse, no podemos cambiar de vara para medir a otro Presidente de la región. Desde la derecha esperamos, por el bien de Colombia y de América toda, que el Presidente Uribe no se lance a un tercer mandato. Su misión está cumplida, y lo que resta por hacer debe poder realizarlo otro patriota colombiano aportando nueva vitalidad para el mismo proyecto. El estado de cosas en la Patria Grande exige de Álvaro Uribe demostrar cabalmente que las ideas están por encima de los hombres. En el Continente Americano necesitamos su voz, la de un estadista exitoso, que desde la humildad del llano haga sentir a los enemigos de la democracia la infamia de sus nombres y denuncie sus atropellos contra la libertad.

Propio de la democracia, poner las ideas en primer plano es asegurar lo cristalino de las acciones desenredando la confusión. Si Argentina está lejos de ser aquel faro del Plata que soñaron los patriotas de Mayo, es justamente porque no hemos sabido a lo largo del tiempo poner ideas sobre la mesa. Y poner ideas sobre la mesa es tener la convicción de someterlas a examen en una discusión a fondo. Obsérvese la realidad del movimiento peronista de cara al 2011, en el partido de los pragmáticos del poder -que eso es lo que es- no se discuten ideas sino exclusivamente poder, por eso es hoy maraña de nombres amontonados al amparo del nombre fundador con una amplitud de espectro que abarca a la vez tanto el si, como el no y el tal vez de cualquier idea. Todo y nada es el significado del peronismo de Ménem a Kirchner pasando por Duhalde. Quien sea puede ponerse el rótulo de peronista, o recibirlo sin proponérselo. De allí que permanentemente estén negociando; en ocasiones tumultuosamente con cascotazos y tiros, festejando la filosofía del choque, traición y reparto con la folclórica sonrisa de Antonio Cafiero para explicar que las peleas entre peronistas inevitablemente confluirán en algún tipo de acuerdo porque son como los gatos que chillan al reproducirse.

Ser peronista es permanecer en el poder comprando discursos de ocasión; eternos intendentes y funcionarios dan prueba cabal de ello. Menemistas, que fueron luego furiosos duhaldistas, se convirtieron en rencorosos kirchneristas que hoy miden los vientos calculando el próximo salto. Esa cercanía enamoradiza del peronismo con el poder, es lo que le ha permitido fagocitarse sin empacho distintos proyectos de terceras fuerzas, Ucede, Modín, Partido Intransigente, Movimiento de Integración y Desarrollo, todos diluidos directa o indirectamente dentro del insaciable Movimiento Peronista. Hay que asumir, cual dato de la realidad, que el peronismo muy probablemente seguirá estando en el poder iniciando lo que se percibe como el post kirchnerismo. Son parte del problema y también de la solución. Son peronistas, incorregibles según Borges.

Menos apegados al poder, los radicales -con la identidad peligrosamente desdibujada- rifaron la chance de un país de alternancia bipartidista porque les falta eso que sobra entre los peronistas y que tuvieron la ingenuidad de pedirles prestado cuando se aliaron con el Frepaso o se sometieron al kirchnerismo. El poder es como las bayonetas, sirve para cualquier cosa menos para sentarse encima.

El difícil desafío del Bicentenario es poner las ideas sobre la mesa, pero por ahora sobre la mesa no hay nada más que una vieja y persistente vela de los tiempos de Vieytes, soñando, pese a todo, erguirse algún día en el faro del Plata.

Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
http://www.plumaderecha.blogspot.com/
Estado Libre Asociado de Vicente López.

martes, 4 de agosto de 2009

TIGRE MC LAREN: ¡ERAS VOS! - El Tango del soldado que no quiso morir sin antes ser amado.

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Veterano, de los nuestros, el tipo conoció en carne propia el significado de la palabra incomprensión. La batalla por Malvinas le resultó a la postre una vivencia mucho menos dolorosa que el regreso entre sombras, silencios y estigmas. No le costó perdonar, su corazón nació grande, pero entenderlo hasta poder digerirlo le llevó un tiempo largo. Aquellas experiencias lo hicieron más reservado aún de lo que la naturaleza social y genética tenía predestinado, así el muchacho se hizo hombre de pocas palabras, con la mirada limpia y la conducta recta. Cualquiera que no lo conociera por su nombre, se vería tentado de aventurar la respuesta del cifrado borgeano. Y sí, bien podría llamarse Jacinto Chiclana.

Pero para Tigre Mc Laren, Julián es simplemente “El Negro”. Y aunque el invierno aplique su rigor no abandonan la costumbre de llevar la sobremesa junto a los restos del fogón. Noche fresca y estrellada que se disfruta en el patio, donde lentamente se van haciendo cenizas las brasas que ardieron por el sagrado ritual del asado y la amistad. En la parrilla yace una última molleja olvidada adrede por la graciosa decisión del asador. Es que de fondo, en orden aleatorio de temas, suena “¿Trajiste la guitarra?” el disco de Lucio Arce y Los del Zaguán. Son cinco amigos alargando la sobremesa en la botella del whisky. Sentir pasando por la garganta la aspereza berreta de Los Criadores -The Breeders Choice- es tradición antes que gusto. Hay etiquetas de mayor jerarquía en la bodeguita del anfitrión, pero no es el paladar lo que buscan satisfacer sino la recordación de los padres. Alguna otra noche de asado descubrieron en la charla cargada de anécdotas que ese era el whisky que tomaban sus respectivos viejos, y por reverencia al alma pater hicieron de esa coincidencia el sello de las reuniones.

Al crepitar del último leño, el enorme dogo masca un hueso con la vista fija en las llamas. Echado en medio de los amigos, Ranquel parece percatarse del silencio de los hombres alzando la cabeza en una pausa antes de volver a ejercitar la mandíbula. Julián arremolina los hielos con el índice. Tigre Mc Laren juega con el vaso entre sus palmas, haciéndolo rodar. Ariel intenta vaciar el vaso en rápidos y sucesivos tragos, como tomando jarabe con gusto feo, modo riesgoso de beber para el abstemio en la excepción que confirma la regla. Santiago deja el vaso vacío en el piso y Carrerita, despatarrado con las manos entrelazadas a la nuca, espera que el hielo se disuelva en su boca. Desde el interior de la casa llega el murmullo y risas de las mujeres.

Entre amigos, los silencios tienen el significado de la confirmación. No es necesario decir nada para justificar el hecho de estar. Cualquier palabra sería redundante, y no es que sean ajenos al ejercicio de parlotear nada más que por decir algo. Acaso, -hermosa palabra la palabra “acaso”- desde el semicírculo alrededor del fuego se remonten al comienzo de la amistad, allá en el clan primigenio donde otros hombres habrán compartido esa misma sensación de estar entre pares, sabiendo todo lo que había que saber.

Y en medio del silencio, ya cumplido el ritual de beber el whisky de los padres, mientras Ranquel se rasca la oreja abandonando el hueso limpio, Julián, muy serio dice aquello que desata las carcajadas:

- Hoy me siento locuaz.
- Se nota, se nota, por eso no parás de hablar.
- No se rían boludos, lo digo en serio.

Pero no dice nada más y al rato vuelven a reír. Basta mirarse unos a otros para reír. Saliendo al patio la esposa de Santiago anuncia con un “¿Vamos?” que es la hora del taza taza y cada cual a su casa. Tigre, el único del grupo en soltería, antes de atravesar la puerta de salida estrecha en un abrazo al Negro y a modo de cachada afectuosa le besa la mejilla diciendo jodón:

- Chau, locuaz…

Tigre vuelve a reír, se aleja tres pasos en busca de su moto y jugando a estar borracho se da vuelta gritando:

- ¿Sabés cuánto te quiero, hermano? Pero vos no podés estar locuaz, como mucho podrás ser un secuaz.

Ranquel gana la calle cuando la moto se aleja, y a Julián no le queda más remedio que acompañarlo a regar árboles en su vuelta a la manzana. Es noche camino a la madrugada, nadie en la calle. Y aunque sus amigos se rían, y él con ellos, Julián se siente locuaz. Por eso apura sus pasos y los del perro. Al volver va directo a la cocina, cierra el grifo del agua indicándole a su mujer que deje todo para mañana, y abrazándola por la cintura le dice que hay algo que lo ronda hace tiempo, algo que siempre quiso decirle y que no sabía cómo, pero que esta noche se siente capaz de decir y hasta cantarlo con forma de Tango. Julián, el de guardarse las cosas, la mirada franca y la conducta recta, se siente locuaz.

- Eras vos, siempre fuiste vos.
- ¿Qué cosa? –dice ella entre emocionada y sorprendida.
- Eras vos –repite él, e inmediatamente canta para ella:


Sabés bien que cuando yo digo “Te amo”,
no lo digo nada más por decir.
Es lo más profundo que vive en mí,
como esas locas euforias de Abril,
la angustia de Mayo, el dolor de Junio,
la mezcla de alegría y de infortunio
me hace ser lo que soy, que es mi sentir.

Eras vos…
Allá lejos, y tan cerca,
a los jirones de mi alma
los unía una esperanza…
Y eras vos.

Porque yo, mi vida, yo te soñé,
fuiste el cielo del más dulce anhelo
en la vigilia de las armas,
cada noche iluminada
por el fuego del inglés.
Yo te soñé
y al soñarte me salvé.
Sí, te soñé
desde el frío y el cansancio,
donde el miedo, harto ya del miedo,
a la locura le sacó bravura
para sentirme fuerte y no caer.

Eras vos…
Allá lejos, y tan cerca,
a los jirones de mi alma
los unía una esperanza…
Y eras vos.

En humos de mi aliento quise ver,
una bella silueta de mujer,
una tibia razón para volver,
supe, mucho antes de saberte quién,
la cálida textura de tu piel,
la suave sombra de tu desnudez,
aquella vez, mi amuleto de la suerte,
talismán contra la muerte,
fue la idea de encontrarte, alguna vez…

Eras vos…
Allá lejos, y tan cerca,
a los jirones de mi alma
los unía una esperanza…
Y eras vos.

¡Estoy tan pleno cuando estoy con vos!
Que si no existiera el amor,
lo habría inventado…
para nosotros dos
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Y luego, claro, ahí va el beso y triunfa el amor.


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
http://www.plumaderecha.blogspot.com/
Estado Libre Asociado de Vicente López.